Atrevimientos

No más lucro en Chile

La coyuntura de Chile está cargada de pasado y de futuro. De pasado, porque los chilenos están conmemorando los cuarenta años del golpe que derrocó al presidente Salvador Allende. Además, antier se cumplieron veinticinco años del plebiscito que permitió poner fin a la dictadura de Augusto Pinochet y retornar a la democracia.

De futuro, porque el 17 de noviembre habrá elecciones presidenciales y parlamentarias. Las principales contendientes son dos mujeres vinculadas por una historia dolorosa. La ex presidenta Michelle Bachelet, hija del general Alberto Bachelet, y Evelyn Matthei, hija del general Fernando Matthei, quien colaboró con la dictadura. En 1973, éste último dirigía la Academia de Guerra Aérea. El padre de la ex presidenta, que también pertenecía a la Fuerza Aérea, fue hecho prisionero por su lealtad al régimen constitucional de Allende y murió a consecuencia de las torturas que sufrió durante los primeros meses del terror dictatorial. Actualmente, existe un alegato jurídico, interpuesto por un abogado, sobre la posible responsabilidad del general Matthei en la muerte del general Bachelet.

Algo más que esa diferencia trágica entre personas estará en juego el 17 de noviembre. Se pondrá a prueba la capacidad de la democracia chilena para materializar sus promesas y mantener el entusiasmo cívico de los ciudadanos. En los años ochenta, las fuerzas de oposición integraron una coalición de partidos que propició el plebiscito sobre la finalización del régimen militar, lo ganó con el 55 por ciento de los votos, y después alcanzó la presidencia de la República a través de las urnas para retenerla durante veinte años. Así, la Concertación de Partidos por la Democracia ganó consistentemente las elecciones y llevó al poder a Patricio Aylwin (1990), Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994), Ricardo Lagos (2000) y Michelle Bachelet (2006). En 2010 el péndulo se movió y el centro-derechista Sebastián Piñera llegó a la presidencia por la llamada Coalición por el Cambio.

Según las encuestas, Bachelet aventaja a Matthei en las preferencias de los ciudadanos y todo parece indicar que regresará al poder. Lo que parece más difícil es que pueda contar con los votos suficientes para alcanzar el quórum mayoritario en el Congreso que le permita hacer los cambios legales y constitucionales que un sector crucial de la sociedad chilena le reclama.

De unos años para acá en Chile ha crecido la protesta social y el desencanto con los gobiernos democráticos. Las políticas implantadas desde la época de la dictadura y continuadas por los gobiernos de la Concertación lograron en cierto momento recuperar la viabilidad macroeconómica del país, pero no han favorecido la creación de una sociedad verdaderamente igualitaria e inclusiva.

Al gobierno de Sebastián Piñera tampoco le ha ido mejor. En la actualidad, persiste un movimiento estudiantil que cuestiona el cobro de cuotas a estudiantes de universidades públicas y privadas, y critica la condena que viven los alumnos durante los años que tardan en pagar las deudas contraídas para obtener su preparación profesional.

Además de eso, en Chile hay un fuerte malestar colectivo provocado por la percepción de injusticia en torno a la administración privada de fondos de pensiones, el precio de los planes de salud, las cuotas que pagan los automovilistas en las carreteras, el daño ambiental que provocan muchos proyectos empresariales, las políticas energéticas, el maltrato indígena, y, en fin, por la percepción de que el afán de lucro lo invade todo y, como dice el sociólogo Alberto Mayol, despolitiza lo público.

“No al lucro” y “no más lucro” son las consignas que se han elevado por estos movimientos que buscan implantar un modelo económico y social distinto al prevaleciente, y que se yerguen como serias advertencias para la clase política chilena de la necesidad de un cambio profundo.

Chile ha sido un laboratorio social y político. En unas cuantas décadas, se pasó del intento de vía pacífica al socialismo, a una descarnada implantación de medidas neoliberales y de apertura comercial, racionalización económica y disciplina financiera pública. Además, se transitó de la democracia a la dictadura y de la dictadura a la democracia, pero se mantuvo una constitución que conserva ventajas a los poderes enquistados durante el pinochetismo.

La memoria histórica de los chilenos está viva y les exige saldar cuentas con su pasado. Se requiere continuar la revelación de los excesos de la dictadura, pero también se necesita que todos los sectores sociales y políticos hagan un aporte a la confianza. Si un régimen quiere durar debe tener conciencia de sus límites y saber respetarlos. Esto aplica para quienes defienden el mercado y el afán de lucro, pero también para los promotores de una democracia más profunda y participativa. Estos últimos tienen la oportunidad de ganar el futuro; para ello, deberán tener siempre presente al pasado.