Atrevimientos

¿Ha llegado a su fin la transición democrática?

El PRI ha sido consciente de que sin poder real no sólo no se puede gobernar, sino que no se puede permanecer en los cargos. Por consiguiente, se ha dedicado a la única tarea útil para conseguir y mantener el poder: hacer política.

El pasado 9 de abril, al asistir a una reunión en Monterrey con empresarios de la Cámara de la Industria de la Transformación, el presidente Enrique Peña Nieto pronunció un discurso que sintetiza mucho de lo que se propone su gobierno: “…estamos trabajando para que México tenga un crecimiento económico elevado, sostenido y sustentable en los siguientes años y décadas. Y congruente con ello, en 2013, con el apoyo de los señores legisladores… hicimos realidad importantes reformas transformadoras que ayudarán a incrementar la productividad y competitividad de nuestra economía”.

Más adelante, después de resumir los cambios legales que está impulsando, remató: “La reforma energética significará el cambio económico más importante de los últimos 50 años en el país”. Luego, se refirió a su empeño de firmar más acuerdos comerciales con otros países para ampliar las oportunidades de las empresas mexicanas; señaló que agilizará la inversión en infraestructura: puertos, carreteras, vías férreas, gasoductos, etc.; y, por último, mencionó otras de sus políticas clave: apoyo a la innovación y la capacitación, así como crédito a los emprendedores.

Como se puede ver, el gobierno de Peña Nieto se ha propuesto transformaciones de gran calado. Sin embargo, eso no es lo único que lo distingue; también intenta recuperar algo que se perdió en los años del panismo: la capacidad para ordenar la vida política y social desde el gobierno federal, las facultades de la presidencia para arbitrar conflictos y armonizar intereses.

Así podríamos calificar los sexenios de Fox y de Calderón: los años de la fragmentación del poder presidencial a expensas de gobernadores que se convirtieron en virreyes locales; de policías y mafias violentas enquistadas en estados y municipios; de líderes y organizaciones sindicales desafiantes; de monopolios económicos y capitales sin freno; de partidos entregados a la rapacidad política; de ciudadanos desencantados y desafectos de la política; de instituciones públicas ineficaces.

Cuando fue oposición, el PRI participó del desafío a los presidentes de la república y contribuyó a minar su autoridad; jugó hábilmente sus cartas: se convirtió en un factor favorable a los panistas, pero sin comprometerse con el éxito de las políticas impulsadas por el presidente. Por otro lado, superó el riesgo de su propio colapso terminal y mantuvo la cohesión interna. Ante el semicaos foxista y calderonista, y ante la falta de mesura política de Andrés Manuel López Obrador, mostró a los votantes, y a los poderes fácticos, una cara de pragmatismo, profesionalismo y confiabilidad.

Ya de nuevo en la presidencia, el PRI ha sido consciente de que sin poder real no sólo no se puede gobernar, sino que no se puede permanecer en los cargos. Por consiguiente, se ha dedicado a la única tarea útil para conseguir y mantener el poder: hacer política. ¿Qué significa esto? Todo lo que hace Enrique Peña Nieto, su equipo y su partido: acordar con posibles aliados, nulificar a los adversarios, tomar decisiones con sentido del tiempo, conceder en lo secundario para ganar en lo prioritario.

El punto de partida fue el pacto por México: ha permitido que las cúpulas partidistas obtengan dividendos políticos con los cambios legislativos impulsados; ha sido un medio para revertir la ingobernabilidad. Así, el gobierno gana la iniciativa. En medio de todo esto vino la detención de Elba Esther Gordillo, y ahora la intervención en Michoacán para recuperar la paz. No se puede decir que, hasta el momento, los resultados de esto último sean negativos; más bien, se advierte que las cosas le están saliendo al gobierno razonablemente bien.

¿Hacia dónde se dirige Enrique Peña Nieto? En el discurso de Monterrey, el gobierno conduce a la sociedad hacia una transformación que la hará más productiva y eficiente, pero no queda claro si también más justa y más democrática (por lo menos, las palabras justicia y democracia no aparecen). No estoy seguro de que, al paso del tiempo, la estrategia actual sea suficiente y adecuada; podría resultar urgente que el gobierno incluya a grupos que no tienen acceso al juego político: sectores populares, organizaciones sindicales independientes, movimientos sociales, ciudadanos desencantados…

Por el contrario, si el gobierno es eficaz y la economía mexicana vuelve a crecer consistentemente, entonces la transición democrática habrá llegado a su fin. No se trata de profundizar la democracia; se trata de controlarla. Por lo tanto, la creación del Instituto Nacional Electoral ha tenido razón de ser. Lo que necesitamos es un gobierno central eficaz, un gobierno que consiga las cosas que hacen falta: orden público, gobernadores disciplinados y respetuosos de la ley, productividad, educación, infraestructura, inversión extranjera, sindicatos ordenados. ¿Será suficiente? ¿Vendrá una nueva lucha por abrir el juego democrático?

raulso@hotmail.com