Atrevimientos

Linchamientos: ¿enfermedad social o síntoma de un mal profundo?

Eran las dos y media de la tarde del viernes pasado. El sol tapatío de mayo hacía hervir la sangre y desesperar de la corbata. Felipe, a cargo del volante, y yo, en el asiento del copiloto, transitábamos en un vehículo compacto sobre la Avenida Federalismo, de sur a norte. Esperábamos el turno del semáforo para dar vuelta a la izquierda en Plan de San Luis con dirección poniente. Yo, como muchas veces, hablaba por teléfono: intentaba arreglar asuntos de mi oficina de donde acababa de salir. De pronto, sin pensarlo, dirigí los ojos a mi izquierda y miré lo que me pareció un enfrentamiento violento entre muchos hombres. Parecía una verdadera batalla campal. A diestra y siniestra se propinaban golpes.

Por un momento pensé que se harían presentes algunas armas con todo y sus macabras percusiones. Sin embargo, al poco tiempo se mostró lo evidente: los bandos eran asimétricos. De un lado, unas veinte personas, muchas de ellas con uniformes de empresas de servicios. Y del otro, un solo hombre que recibía golpes de manos empuñadas, pies y palos. Mátalo, decían algunos, te voy a matar, gritaba otro... Varios metros adelante de nosotros se detuvo una camioneta de la que alguien bajó, pero no para atemperar los ánimos, sino para contribuir al castigo del presunto delincuente. El tráfico se interrumpió hasta que la víctima fue reducida. Cuando logramos retomar la marcha vi de cerca al linchado ya completamente sometido, yaciendo sobre el piso, sin camisa y con excoriaciones en su cuerpo. Según algunas versiones de prensa, el sujeto había intentado robar a una mujer embarazada.

El mismo viernes por la tarde, a eso de las 7 y media, en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, ocurrió otro hecho similar. Según los medios, por lo menos siete personas persiguieron y golpearon a un individuo joven, de unos 25 años, que fue acusado de intento de robo. Una vez que lo capturaron y mientras lo castigaban le decían: “No ande de rata, no ande robando, póngase a trabajar”.

El domingo antepasado un ladrón que había delinquido en la zona del Templo Expiatorio fue perseguido por un grupo de personas, y sometido en la calle Rayón entre Madero y López Cotilla. Fue lastimado con tanta furia que fue imposible evitar un desenlace trágico. Dejó de gritar: había muerto. Varios transeúntes describieron lo ocurrido como una verdadera ejecución colectiva. La versión de dos visitantes europeos resulta interesante porque refleja perspectivas no insensibilizadas por la costumbre de atestiguar hechos violentos. Un ciudadano español, de nombre Cristóbal, comentó: “la muerte es parte de la vida, pero lo que pasó aquí es por falta de educación, eso quiere decir que la sociedad está enferma”.

Iug, de origen belga, miró cuando amarraron a la víctima con un cinturón y cuando lo golpeaban en la cabeza sin interrupción. El resultado lo llenó de sorpresa. Comentó así para MILENIO JALISCO: “Si están violando a tu hija en la calle quizá es distinto, te pongas loco y fuera de control, pero por qué ponerte así si alguien está robando carteras, fue muy raro para mí, porque los dos tipos y la señora, la hija que estaba ahí, estaban riéndose, le gritaban ‘ya viste perro’ y nadie se preocupaba por el tipo, en ese momento yo tampoco, no pensé que fuera a ser así”.

Quizás la expresión que mejor da cuenta de todos estos hechos, por cierto no los únicos en los últimos tiempos en Guadalajara, es el comentario del transeúnte extranjero de que la sociedad está enferma. Sí que lo está, pero de ello no se sigue que estos linchamientos se expliquen como fenómenos colectivos de descontrol emocional. Más bien, son la consecuencia lógica, la reacción natural de una sociedad que se siente amenazada, día y noche y en cualquier lugar, por todo tipo de delincuentes. Pero no sólo eso, sino que es la respuesta esperable ante un contexto institucional fallido, incapaz de hacer concebir la más mínima certeza de que los delincuentes habrán de ser sometidos a la acción de la justicia. Recordemos que unas semanas atrás, habitantes de una colonia tapatía colocaron mantas en los que se les advertía a los delincuentes que tendrían que vérselas con ellos.

La sociedad está enferma, sí, y este tipo de actos jamás deberían ocurrir. La justicia por propia mano no es justicia, sino barbarie desplegada contra la barbarie. Pero la enfermedad es más profunda y tiene un doble aspecto. Por un lado, consiste en la incapacidad de las instituciones para producir un orden social armónico capaz de hacer disminuir la delincuencia porque existen medios suficientes, legales y lícitos, para procurarse de manera legal el sustento. Por el otro, consiste en que las instituciones tampoco son capaces de castigar a los delincuentes con apego a la ley y la justicia. Se generan turbas enardecidas porque los ciudadanos están hartos, ostensiblemente, de la indefensión en la que viven, de la injusticia que padecen. La cura, desde luego, no consiste en eso.