Atrevimientos

La ley mordaza de Sinaloa y el silencio de Hiroshima

Qué pasa en México que de pronto se promulgan leyes que atentan contra las libertades más elementales, y que, por consiguiente, erosionan nuestra vida democrática? No admite otro análisis la iniciativa de reforma legal presentada en días pasados por el poder ejecutivo de Sinaloa, que pretende poner límites al trabajo de los periodistas cuando reporten episodios de violencia criminal. La legislación, aprobada hasta el momento por el Congreso del Estado de Sinaloa, establece que los periodistas no pueden generar información de manera directa en los sitios donde ésta se produzca: sólo transmitirán los boletines procedentes de la Procuraduría Estatal de Justicia.

Inmediatamente sobrevino una reacción en varias ciudades de Sinaloa con el propósito de dar marcha atrás a la pretendida modificación legal. Hubo manifestaciones en Culiacán, Los Mochis, Guasave, Guamúchil y Mazatlán. A las expresiones de protesta encabezadas por los periodistas sinaloenses, se ha sumado el Presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Raúl Plascencia, quien considera que la llamada ley mordaza atenta contra la Constitución y contraviene los instrumentos internaciones de protección a los derechos humanos.

Para los periodistas, la nueva legislación coarta la libertad de expresión y el derecho a la información; constituye una regresión autoritaria. Es lógico que interpreten de esa manera los efectos de la ley mordaza, porque ésta “prohíbe a los periodistas el acceso a los lugares donde se cometan hechos delictivos, así como la toma de audio, video o fotografías a las personas involucradas en un evento delictivo, y el manejo de información relacionada con la seguridad pública o la procuración de justicia a menos que sea autorizada por el fiscal del estado”.

Las protestas han tenido eco: el Gobernador Mario López Valdez y otros legisladores han manifestado su intención de corregir las reformas a la Ley Orgánica de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Sinaloa. Se espera que a partir del 19 de agosto se discuta en el Congreso de Sinaloa el dictamen correspondiente, de manera que para fines de mes éste pueda quedar convenientemente modificado. Habrá que ver si la acción civil de protesta alcanza para dejar las cosas como estaban y se evita que la labor periodística siga estando amenazada. Lo deseable sería que la sociedad civil de todo el país hiciera del respeto a la profesión periodística un componente esencial en la profundización de la democracia.

La ley mordaza sinaloense me hace recordar las implicaciones de la falta de un régimen de libertades en materia informativa. Me permito traer a colación un hecho de otras latitudes que en este caso puede servir para aclarar esta situación. La semana pasada, los días 6 y 9, se cumplieron sesenta y nueve años de los ataques atómicos a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. La cifra de víctimas de las dos ciudades sobrepasó la de 220 mil, aunque no todas murieron en el acto, pues muchas de ellas lo hicieron después como consecuencia de las lesiones producidas por las radiaciones. La destrucción fue inconcebible y la monstruosidad del hecho inenarrable. Me pregunto si al día de hoy la sociedad japonesa ha logrado superar el trauma que significa saberse objeto de un mal de tal magnitud deliberadamente infligido. Hace unas semanas, una investigadora me comentó que todavía hay unos 90 mil sobrevivientes que llevan a cuestas su tragedia.

¿Qué tienen que ver estos hechos con el derecho a la información y la libertad de prensa? Vuelvo a la investigadora, Silvia Lidia González. El 7 de agosto de 1945, escribe en su libro Hiroshima: la noticia que nunca fue: “en los principales diarios de Japón no había titulares, ni gráficas, ni textos que destacaran el episodio por el que trascendería históricamente Hiroshima. Apenas se publicaron en un solo medio tres líneas refiriéndose a un bombardeo que había causado ‘unos cuantos daños’ en la ciudad”. Los habitantes de Hiroshima, y en general los habitantes de Japón, fueron los últimos en saber que habían sido objeto de un ataque nuclear y que en su tierra había ocurrido el que tal vez fue el acontecimiento más importante del siglo veinte. Pasaron varios meses para que la verdad fuera conocida por el público japonés.

“Quien tiene el poder sobre la prensa, lo tiene en algún momento sobre la historia”, dice Silvia Lidia. Tuvieron que pasar décadas para que la literatura, el cine y el arte hicieran el trabajo de desenterrar la experiencia de Hiroshima y Nagasaki, la cual fue silenciada a propósito. En Japón se estableció un código de prensa que prescribía qué se podía publicar y qué se prohibía. Fue así como se despojó a los habitantes de Japón del derecho a la información, la cual es un recurso de la que puede depender la dignidad de la vida humana.

 

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