Atrevimientos

Una lección para los próximos candidatos

Ahora que se acerca un nuevo proceso electoral en Jalisco, y que muchos políticos se anotan para competir, vale la pena comentar a Michael Ignatieff y su nuevo libro Fuego y cenizas. Éxito y fracaso en política, publicado hace unos meses en español bajo el sello de Taurus.

Ha recibido ya, este trabajo de Ignatieff, una buena acogida por el mundo intelectual. La revista Letras Libres de agosto le dedica una reseña a través de la pluma de Ramón González Ferris, y lo mismo hizo, a fines de julio, el columnista de MILENIO, Juan Ignacio Zavala. En mi opinión, el libro está destinado a convertirse en un pequeño clásico contemporáneo, una versión actualizada de las enseñanzas de Maquiavelo y Max Weber, sobre las cualidades que debe poseer un buen político.

Me sumo a la lista de quienes lo recomiendan en la esperanza de que, entre los lectores, haya algunos políticos y ciudadanos dispuestos a tomar en serio las enseñanzas de Ignatieff, dolorosamente adquiridas, por cierto, a través de un paso por la política que le trajo, inesperadamente, el fracaso de sus aspiraciones.

Michael Ignatieff no fue, ni será, un político de carrera; es, ante todo, un intelectual canadiense y de ascendencia rusa, teórico de la política, periodista y profesor de renombre internacional. Gracias a su indiscutible talento intelectual, logró una posición confortable y exitosa.

Un buen día de 2004, en la comodidad de Cambridge, Massachusetts, el demonio del poder tocó a su puerta: Ignatieff recibió la oferta de convertirse en parlamentario del Partido Liberal de Canadá, para luego buscar ser Primer Ministro de su país. Parecía la oportunidad de su vida para realizar una aspiración que no tenía en mente, pero que, de alguna manera, llevaba en la sangre: sus ancestros estuvieron ligados a la política rusa en tiempos de los zares, y, de manera igualmente brillante, a la diplomacia canadiense de la época de la Segunda Guerra Mundial y el corazón del siglo veinte.

Ignatieff es un representante de la visión liberal, progresista y democrática, que impulsaron políticos como el prestigiado Primer Ministro canadiense Pierre Trudeau, a quien admiraba profundamente, o Martin Luther King y Robert Kennedy. Pertenece a la generación que luchó contra la guerra de Vietnam y en favor de principios como la justicia y la igualdad. ¿Quién mejor que él, persona comprometida con ideas y valores, para dirigir los destinos de Canadá?

Se dejó seducir, dejó su cátedra de Harvard y aceptó jugar. Lamentablemente, el destino iba a jugarle una mala pasada: a la hora de competir en la política real, ninguna de sus credenciales intelectuales y morales le valieron. Sucumbió frente a sus adversarios y fue derrotado electoralmente. La lección recibida, aunque no es original, tiene una fuerza indiscutible: en política pueden más la habilidad y la destreza de los políticos entrenados en la práctica del disimulo y la frialdad, que la candidez y el amor por las ideas de los intelectuales. Es tan fuerte la enseñanza de Ignatieff, que dispara un dardo de desánimo en el corazón mismo de la concepción de la política como práctica civilizada y racional.

Si un hombre de la talla moral e intelectual de Ignatieff fue derrotado, ¿eso significa que no sirve leer filosofía política, ética pública y teoría de la democracia? ¿Para qué hacerlo si en la política real triunfan los astutos, los que saben reconocer de manera inmediata a la fortuna, los que tienen intuición para saber cuándo cambian las situaciones y cómo liderar, seducir e inspirar? Estas preguntas ponen el dedo en la llaga: transmiten una duda que hiere acerca del valor de la reflexión y el análisis fundado en principios, en un mundo despiadado, salvaje y pragmático.

Ignatieff no se deja llevar por el desencanto. En lugar de entregarse a los brazos de la amargura y proclamar la estupidez de la política y los políticos, aprendió a conocerlos mejor y a respetar más su actividad. No ve a la política como la continuación de la guerra por otros medios, sino como su mejor alternativa posible. Lo esencial es que los adversarios no se conviertan en enemigos; a los primeros se les derrota o hasta se les puede convertir en aliados; a los segundos, en cambio, se les destruye, se les niega el derecho a ser escuchados. Con ello, la política deja de estar organizada alrededor de la persuasión y pierde, por tanto, su carácter democrático.

Está convencido de que, en ambientes democráticos, a la larga habrán de triunfar los buenos políticos. Que sepan leer a Ignatieff nuestros próximos candidatos a los municipios y diputaciones jaliscienses. He aquí uno de sus párrafos:

“No puedes tener éxito a menos que la gente que debe elegirte esté convencida de que estás ahí por ellos. Si este no es el caso no deberías estar en política… Su lealtad no es algo a lo que tengas derecho sino que te la tienes que ganar día a día. Te haces acreedor a esta lealtad siendo quien dices ser y demostrando que estás de su parte”.

 

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