Atrevimientos

7 de junio: una elección crítica pero esperanzadora

Decir que el 7 de junio arroja un balance positivo no significa negar que el país enfrenta dificultades, y tampoco implica dejar de insistir en que se requieren cambios urgentes en las instituciones y las políticas públicas. Sin embargo, el calificativo se sostiene: fracasaron quienes apostaron al boicot electoral, y fueron desoídos los que fincan la posibilidad de mejora nacional en la anulación sistemática del voto.

El INE superó los obstáculos casi extremos presentados por la CNTE en Guerrero y otros estados. En todo el territorio mexicano la gente votó en una proporción considerable si se toma en cuenta el clima de violencia que impera en muchos sitios (47 por ciento del electorado, en promedio). Lo hizo también a pesar de saber que no han sido erradicadas muchas mañas e insuficiencias del viejo sistema político.

Al final, la democracia funcionó razonablemente bien: no se presentaron complicaciones que pusieran en duda la legalidad de los procesos y la legitimidad de los resultados. El régimen electoral operó como lo que es, dentro de sus limitaciones: un mecanismo que distribuye el poder entre quienes participan en la competencia. Algunos partidos y candidatos presentaron ofertas políticas creativas, y muchos ciudadanos orientaron su voto con sentido: castigaron desempeños ineficaces de gobierno y dieron su aval a quienes lograron despertar su entusiasmo.

Entre las novedades positivas destacan tres candidaturas independientes: la de Jaime Rodríguez, El Bronco, quien obtuvo la gubernatura de Nuevo León, la de Manuel Clouthier, ganador de una diputación federal por Culiacán, y la de Pedro Kumamoto, el joven que inesperadamente triunfó en Guadalajara con recursos materiales muy escasos, pero con un proyecto diferente. El Kuma será diputado local y tendrá la responsabilidad de representar a un amplio conjunto de ciudadanos que creyeron en él y pretenden hacer valer genuinos intereses públicos.

Si faltaba un argumento para demostrar que las candidaturas independientes estuvieron a la altura de las expectativas, allí está la excepción para confirmarlo: el fracaso del payaso Lagrimita, quien contendió por la presidencia municipal de Guadalajara. Los ciudadanos comprendieron la insustancialidad de su candidatura, la cual no surgió de una auténtica intención cívica independiente. Ni siquiera logró un porcentaje digno de consideración.

Estoy de acuerdo con Soledad Loaeza cuando afirma que tuvimos una elección crítica. No lo fue porque el 7 de junio se produjeran transformaciones de fondo en el sistema político nacional: Finalmente, el PRI conservó la mayoría de escaños en el Congreso federal, recuperó algunas gubernaturas y perdió otras, lo que le permitirá seguir gobernando más o menos en la forma en que lo ha venido haciendo; el PRD salió derrotado en la Ciudad de México y el PAN en Michoacán. Morena y otros partidos pequeños crecieron. Fue una elección crítica porque el sistema político, gracias a la voluntad de los electores, superó la amenaza de la violencia y el desencanto de la democracia.

Pero también fue una elección esperanzadora, en mi opinión, porque dimos un paso adelante en la difícil construcción de la ciudadanía mexicana. Pongo como ejemplo el caso de Jalisco, donde los ciudadanos acortaron la duración del ciclo político: si el PAN retuvo la alcaldía de Guadalajara durante quince años, desde 1995 hasta 2009 con cinco periodos consecutivos de gobierno municipal, el PRI, que sucedió a los panistas, sólo permaneció en esa silla durante seis años y dos administraciones, de 2009 a 2015. Fenómenos similares ocurrieron en las alcaldías de Zapopan y Tlaquepaque. Quiere decir que ahora los votantes evalúan con más severidad el trabajo de las autoridades.

Denise Dresser tituló así su columna de Proceso del 9 de junio: “Despertamos y el sistema seguía allí”. Yo diría, primero, que más nos vale que el sistema siga allí, a no ser que estemos de acuerdo con los planteamientos de Javier Sicilia, cuyo llamado a rechazar al voto se traduce en una suerte de anarquismo sentimental sin sentido. Y, segundo, que una elección intermedia, como el caso de la que acabamos de tener, no puede transformar de tajo un sistema, pero sí puede, insisto, hacer evolucionar favorablemente a la ciudadanía.

No se trata de ilusionarnos con la idea de que los votos lo pueden todo. Es obvio que hay que ir mucho más allá. Necesitamos ciudadanos activos, participativos, vigilantes y deliberativos, capaces de incidir en la calidad de las decisiones de los gobernantes y en los resultados de sus políticas. Hay razones para contagiarse de optimismo. A partir de septiembre del año pasado, y desde antes, se cernieron sobre el horizonte mexicano muchos nubarrones. Estos siguen allí, tanto que en muchos sitios fue necesario un despliegue oficial armado para garantizar las elecciones. Sin embargo, el 7 de junio que tuvimos me hace tener esperanza.