Atrevimientos

Los jóvenes y el destino de México

Hace unas semanas un experto en opinión pública me comentó que la juventud mexicana está madurando políticamente, a la manera de una clase social que adquiere conciencia de sí. ¿Tiene razón? ¿Podemos esperar en el futuro próximo que algunos sectores juveniles ejecuten acciones políticas de gran alcance? ¿Veremos una movilización al estilo de 1968?

Algunos datos me hacen pensar que la juventud mexicana puede convertirse en un actor de primera importancia. Durante la última campaña presidencial los integrantes del “Yo soy 132” estuvieron cerca de vencer al PRI. Se organizaron bien y conformaron un movimiento poderoso. Al final, carecieron de unidad y no todos sus simpatizantes apoyaron a López Obrador; eso contribuyó a que no pudieran descarrilar al candidato priista.

A pesar de eso han mantenido un fermento de rebeldía. La mañana en que el presidente Peña Nieto asumió su cargo, jóvenes de la capital del país manifestaron en las calles su inconformidad, y en nuestros días la protesta por los crímenes de Guerrero se alimenta, en gran medida, con el entusiasmo juvenil.

Otro episodio fue la reacción de los estudiantes del Politécnico ante algunas decisiones tomadas por esa institución. En pocos días lograron la interlocución pública con el Secretario de Gobernación, forzaron la renuncia de la Directora General del Politécnico y propiciaron una inusitada negociación con sus nuevas autoridades.

La activación de los jóvenes mexicanos no debe sorprendernos: sobre ellos se ciernen muchas amenazas. Desde la economía, por la carencia de empleos bien remunerados; esto afecta incluso a los egresados de buenas universidades privadas a quienes no les resulta rentable el dinero invertido en su educación. Desde el gobierno, porque muchos jóvenes no son bien atendidos por las políticas públicas. Me pregunto si se sienten representados por las autoridades y creen que su país les garantiza un buen porvenir.

A menos que la situación cambie, lo más probable es que la protesta juvenil se intensifique; el misterio es cómo se va a encauzar, sobre todo por el desprestigio de los políticos y porque faltan canales para el diálogo y la participación. El peso político de los jóvenes los obliga a un comportamiento responsable: anticipar las consecuencias de sus actos y buscar el mejor balance entre lo deseable y lo posible. Por otra parte, el poder juvenil no se debe desdeñar. Quienes interactúen con él, desde el gobierno y otras instituciones, están obligados a la prudencia.

¿Existen casos históricos cuyo examen sirva para que los jóvenes y el gobierno orienten su comportamiento? Una valiosa fuente de lecciones son los años sesenta. En Estados Unidos destacan los Estudiantes por una Sociedad Democrática, asociación que en 1962 suscribió el manifiesto de Port Huron. Este documento fue uno de los fundamentos ideológicos del movimiento intelectual y político conocido como la New Left. En él se inspiraron, en parte, las luchas contra la Guerra de Vietnam, las batallas en favor de los afro-americanos, y los esfuerzos por hacer más participativa la democracia en Estados Unidos.

La New Left impulsó a una generación descontenta que se asumió como revolucionaria sin acudir a una retórica socialista o marxista. Sus dirigentes fundamentaron sus ideas en la tradición pragmatista norteamericana, el existencialismo francés y la sociología de C. Wright Mills.

Aquellos jóvenes se comportaron como una clase social, es decir, actuaron de concierto para cambiar el orden social y cultural de su país. Criticaron problemas esenciales de la democracia americana: el aislamiento del individuo con respecto a la comunidad y la élite del poder. Además, un hecho clave: creyeron que podían derrotar al sistema político y hacer surgir algo nuevo, distinto, basado en la imaginación y en las virtudes inherentes a los seres humanos. Con esta base teórica radical pero heterodoxa consiguieron un apoyo tan masivo que hasta provocaron la sensación de que era inminente una guerra civil.

Lo que vino después es conocido. De las ideas filosóficas sublimes pasaron al extravío de la acción violenta e incluso autodestructiva. A la par, fueron objeto de represión y todo conspiró para que su agenda revolucionaria fracasara. Sin embargo, no lograron poco: detuvieron la Guerra de Vietnam, impidieron la reelección del presidente Johnson y ayudaron a reivindicar a la población afro-americana. Sobre todo, dejaron un herencia utópica que todavía perdura y es necesario aquilatar.

En México tuvimos el 68. Urge asimilar sus lecciones para que las iniciativas críticas de ahora combinen sabiduría y sentido de transformación. Los jóvenes que hoy protestan han heredado una enorme loza de desafíos. Antes de actuar deben pensar. Lo mismo les ocurre a quienes detentan el poder del estado. De la relación de ambos, jóvenes y autoridades, dependerá el destino político de México. Feliz 2015.

 

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