Atrevimientos

¿Qué nos hace falta en la Universidad?

Vivimos un momento difícil. El deterioro se presenta en muchos ámbitos. La barbarie se ha instalado y deja poco espacio a la civilidad, a la virtud moral, al respeto a la ley, y a una democracia verdaderamente representativa.

Ante la caída del Muro de Berlín y el fin del totalitarismo soviético, se llegó a pensar que al mundo le esperaba una época de democracia plena, paz y prosperidad, basada en el comercio internacional y la globalización. Se habló del fin de la historia y las ideologías. El libre mercado bastaría para garantizar la estabilidad, el desarrollo y la gobernabilidad democrática.

Esos vaticinios se cayeron como castillos de arena. Las contradicciones del capitalismo, las migraciones, los contrastes entre riqueza y pobreza, la segregación de muchos grupos sociales y el sinsentido de la vida contemporánea están provocando reacciones fundamentalistas, irracionalistas y radicales en extremo. La historia está de regreso.

A los mexicanos nos invade la duda de si podremos vivir en paz: ¿tendremos tiempo y determinación moral para salvaguardar la gobernabilidad democrática en medio de tanta desigualdad, en medio de tanta desconfianza institucional y con tanto rencor social acumulado? Las dificultades del proceso electoral que se avecina en Guerrero, y la todavía insuficiente aplicación del Estado de Derecho en torno a los crímenes de Ayotzinapa, nos hacen temer por la legitimidad de las instituciones y por nuestra frágil armonía.

¿Qué debemos hacer los universitarios para contribuir a que siga viva la esperanza en que un mundo y un México mejor son posibles? ¿Cómo combatir el pesimismo?

Estamos obligados a asumir que la Universidad de Guadalajara es un actor de primer orden en el progreso cultural, moral, material y científico de Jalisco. Esto es verdad y significa muchas cosas. Significa, sobre todo, que no debemos pensarnos como víctimas de las fuerzas que gobiernan al mundo y a México.

Es cierto que a nivel global las universidades se están mercantilizando y que, cada vez más, se impone la empresarialización de las instituciones de educación superior. Es cierto que el estado mexicano no posee recursos suficientes para dotar al sistema universitario nacional con la infraestructura y el dinero que tienen las universidades en los países desarrollados.

También es verdad que los universitarios mexicanos no conformamos centros mundialmente hegemónicos productores de conocimientos, información, tecnología y saberes estratégicos. Por eso no tenemos una influencia suficiente en las agencias que toman decisiones públicas y privadas de relevancia. Debemos preguntarnos con franqueza qué nos hace falta para formar una población juvenil suficientemente educada, capaz de asimilar los beneficios de la cultura y promover la profundización de la democracia.

Todo esto, lejos de desanimarnos, debe hacernos actuar. Por nuestra parte, los académicos del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades estamos obligados a ofrecerles a los ciudadanos una comprensión profunda de la crisis que vivimos.

Para una época nihilista, que se ha quedado sin fundamentos que le den estabilidad y sentido, y en la que impera el relativismo moral, es necesaria una imaginación histórica capaz de establecer conexiones entre los hechos que nos abruman: necesitamos visiones de conjunto para testimoniar cómo el capitalismo socava la democracia y envilece la política, cómo la política desencanta a los ciudadanos y destruye el entendimiento entre los grupos sociales, cómo la sociedad deja de ofrecer vínculos de afectividad para las personas, y cómo éstas se pierden en un mundo que las obliga a convertirse en seres que no se reconocen a sí mismos, muchas veces violentos, otras veces simplemente inmorales o indiferentes.

Quizás una causa de nuestra impotencia universitaria reside en que hemos abandonado el diálogo entre disciplinas y paradigmas, y en que no nos detenemos a pensar y a recuperar el legado de las tradiciones intelectuales y morales que nos anteceden. Desde el cultivo de las ciencias humanas tenemos que crear el diálogo entre disciplinas y recoger el legado de los clásicos, para tratar de comprender la totalidad de lo que existe y que a veces nos ahoga.

En una época que duda de las posibilidades de la razón, la alternativa es afirmar la razón. Pero necesitamos una razón sensible a las necesidades más delicadas del ser humano, abierta a conocer la naturaleza y el espíritu, dispuesta a nutrirse con el arte y la vida, compasiva con las diferencias sociales, capaz de explicar el universo material, pero también de procurar empatía con las personas.

En ello, en la construcción de un conocimiento que nos reconcilie moral y políticamente, debemos participar los que formamos parte del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades. Si no lo hacemos nosotros, lo harán los que vengan después.