Atrevimientos

Las fosas comunes clandestinas y la anestesia navideña

Ya están aquí las fiestas que anuncian la Navidad. La vida normal se desvanece y se dispone al paréntesis del fin y principio de año. Ataviadas con las luces y la decoración de la época, las plazas comerciales de Guadalajara reciben a miles de personas que se arremolinan entregadas a la necesidad de comprar. Por todas partes se organizan reuniones, cenas, pre-posadas y posadas. Santa Claus recorre la ciudad en un bello camión de bomberos y los niños desesperan por la hora en que abrirán sus regalos. El aire se llena de villancicos y canciones alusivas. Un ejército de restauranteros, meseros, cantineros, músicos, acomodadores de autos, franeleros, cocineros y vendedores de todas clases, atienden a una clientela ávida de satisfacciones. Hay presagio de buenos momentos. Durante algunos días muchas personas olvidarán sus dificultades y preocupaciones. Es probable que los buenos sentimientos provoquen la suspensión de las rencillas familiares y de trabajo. Nos sentiremos felices.

Mientras todo esto sucede, en Jalisco se han descubierto decenas de cadáveres enterrados de manera clandestina en fosas comunes. En noviembre fueron encontrados unos setenta cuerpos en el municipio de La Barca. Luego, los primeros días de diciembre, en Zapopan, se exhumaron restos de diecisiete personas. Esto se suma a que en abril y junio de este año se habían encontrado cuerpos en el Bosque de La Primavera y en el municipio de Ejutla. No se trata de algo nuevo ni exclusivo de Jalisco; es una realidad que desde hace varios años se ha presentado, por lo menos en Chihuahua, Coahuila, Sinaloa, Guerrero, Durango, Baja California, Nuevo León, Zacatecas, Quintana Roo, Nayarit, Colima y Michoacán.

Son inciertas las cifras publicadas sobre el número de cadáveres de personas desaparecidas en el país durante los últimos seis años. Según el diario MILENIO, en dicho periodo se han encontrado, en toda la república, por lo menos 785 restos humanos. Este dato contrasta con el que ofrece la Comisión Nacional de Derechos Humanos, de acuerdo con la cual, entre 2007 y 2011, se han encontrado mil 230 cadáveres en 310 fosas clandestinas. En cualquier caso, Jalisco no sale bien librado. Algunas fuentes oficiales, que pidieron no ser identificadas, afirmaron ante el periodista Óscar Balderas que lo exhumado recientemente en el estado es tan sólo la punta del iceberg: esos más de 70 cadáveres no representan ni el 10 por ciento de lo que se va a encontrar en Jalisco en los próximos años.

Y es la punta del iceberg. No es difícil colegir todo lo que está detrás como oscura y helada realidad: verdaderos ejércitos ilegales dedicados a la captura, confinamiento, vejación, tortura y asesinato de seres humanos que no tienen la más mínima protección de las instituciones del estado mexicano. ¿Cuántas casas de seguridad y sitios de confinamiento existen en el país y en Jalisco? No es difícil imaginar que estos lugares son verdaderos infiernos de humillación y dolor sin calificativos para personas inocentes. Se ha informado que muchos cuerpos han sido depositados en recipientes que contienen ácido para precipitar su descomposición, y que otros han sido descuartizados y arrojados a cerdos para que sean consumidos por éstos.

Lo que sí resulta difícil es captar qué significa que todo esto exista; mientras estas líneas están siendo escritas y leídas, muchas madres están sufriendo lo indecible: muertas en vida, casi sin esperanza de volverlos a ver, buscan como pueden a sus hijos desparecidos. Todo esto resulta difícil de comprender porque el mal infligido por seres humanos a otros seres humanos, esa crueldad tan monstruosa como injustificable, es algo con lo que uno no se puede reconciliar. O Dios permite todo esto porque así lo ha decidido, y entonces es indiferente e insensible pues pudiendo evitar el mal no lo hace; o quiere evitarlo pero no puede y quizás sufre, inútil consuelo, por dejar en el abandono a quienes le guardan fidelidad y esperanza. Qué prueba tan inmensa resulta todo esto para los creyentes que se ven en esta situación. ¿Cómo puede volver a tener alegría una madre que se encuentre en la circunstancia de tener un hijo desparecido?

Lo que importa frente a este mal que nos avasalla no es ni la indiferencia ni la impotencia de Dios, sino qué hagamos nosotros, seres finitos e imperfectos pero reales. Lo que podemos hacer, lo único que nos va a sacar adelante, es superar la indiferencia y dejar de creer que somos impotentes. Seamos compasivos ante el sufrimiento y actuemos en el mundo. Estamos obligados a reconstruir nuestras instituciones y a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para propiciar que el estado mexicano garantice la observancia de la ley. Ojalá que lo entendamos antes de que todos nos convirtamos en monstruos. Disfrutemos las fiestas de Navidad y fin de año, pero sin dejarnos anestesiar por la violencia y el mal, y tampoco por las deslumbrantes luces de los árboles.