Atrevimientos

Un encuentro con Carlos Fuentes (Última parte)

Silvia Lemus, periodista y entrevistadora, estuvo casada con Carlos Fuentes desde 1972 hasta la repentina muerte de éste, ocurrida en 2012.

Luego de preguntar a Villaraigosa y Castañeda sobre lo que pasa con los hijos de los inmigrantes que deportan, habló con sutileza. En la primera parte de su charla, explicó que la trashumancia fue clave en la vida de Fuentes:

Antes de ser niño Carlos fue inmigrante. Como sus padres habían ido a Panamá, nació en ese país. Nueve meses después se fueron a Ecuador y allí pasaron dos años; luego, se mudaron a Brasil: su padre era diplomático de carrera.

El embajador mexicano en Brasil era Alfonso Reyes, hombre muy importante en la trayectoria de Carlos, sobre todo durante su juventud. Carlos bromeaba: mi aprendizaje de la literatura comenzó en las rodillas de Reyes. Éste le pidió que antes de convertirse en escritor tuviera una carrera profesional. En México, aclara Silvia, para poder hacer lo que uno quiere, primero hay que ser licenciado. Por eso, Carlos fue a la UNAM y estudió Derecho.

Fuentes, continúa Silvia, fue una persona de frontera. Con cuatro años llegó a vivir a Washington. Era perfectamente bilingüe pero prefirió el español. Decía: si amas en español e insultas en español, escribes en español.

Contaba Carlos que siendo muy joven fue a una cafetería, los comensales hablaban en español; entonces, una de las meseras les prohibió seguir conversando. Allí se reveló su espíritu mexicano y su interés e impulsar la lengua y la literatura. Carlos cruzó fronteras, lenguas, amistades... Leyó los clásicos de muchos países, por ejemplo de Nigeria y de Sudáfrica... Y amó el pluralismo de la lengua y la cultura.

Es absurdo creer que odiaba los Estados Unidos, pues este país lo cautivaba. Además, tuvimos una hija que nació en Washington. Gustaba de los hotdogs, la música y el cine americanos, admiraba a Franklin Delano Roosevelt... Carlos hizo un gran esfuerzo por impulsar las buenas relaciones entre México y Estados Unidos; tal vez por eso, frecuentemente, los oficiales de migración lo confinaban varias horas en una sala especial antes de permitirle el ingreso. Por cierto, escribió un libro contra Bush que nunca fue traducido al inglés.

Les voy a leer algo de La frontera de cristal; lo primero, del cuento dedicado a Jorge Castañeda; lo segundo, del escrito para Julio Ortega:

Estoy sentado. Al aire libre. No puedo moverme. No puedo hablar. Pero puedo oír. Sólo que ahora no oigo nada. Será porque es de noche. El mundo está dormido. Sólo yo vigilo. Puedo ver. Veo la noche. Miro la oscuridad. Trato de entender por qué estoy aquí. ¿Quién me trajo aquí? Tengo la sensación de despertar de un sueño largo y artificial. Trato de saber dónde estoy. Quisiera saber quién soy. No puedo preguntar porque no puedo hablar. Soy paralítico. Soy mudo...

Juan Zamora me ha pedido que cuente este cuento de espaldas. Es decir: él va a estar de espaldas al lector todo el tiempo. Dice que siente vergüenza. O como él dice, “estoy apenado”. La “pena” como sinónimo de “vergüenza” es una particularidad del habla mexicana, igual que decir “mayor” en vez de “viejos” para no ofender a éstos, o decir “está malito” para suavizar una enfermedad mortal. La vergüenza duele; el dolor, a veces, avergüenza...

Terminando Silvia tocó el honor de hablar a quien esto cuenta, pues los organizadores me pidieron una conclusión de lo dicho. Como no escribí antes lo que iba a decir, contaré lo que recuerdo que dije, y también lo que creo que debí de haber dicho:

Castañeda, Villaraigosa, y Fuentes a través de Silvia, nos brindaron tres espléndidas versiones de la experiencia mexicana en Estados Unidos. Quien ha vivido aquí, así sea como estudiante, se encuentra con el problema de su identidad. Somos el otro del otro.

Me hubiera gustado que Castañeda se refiriera más a su experiencia vital en Estados Unidos. Dije esto porque me resultó interesante que él, un poco a la manera de Fuentes, habiendo vivido en tantos sitios, interiormente se afirme como mexicano. Me dio gusto, comenté, que Jorge preguntara a los presentes si alguien no hablaba español porque quería hablar en su propia lengua.

De Villaraigosa resalté la sinceridad de sus palabras. No es poco mérito que un político de su talla reconozca la esquizofrenia que viven los mexicoamericanos en Estados Unidos. Ahora me queda claro: él no quiere pasar por americano, no lo necesita; su causa viene de más adentro.

Entre nuestros países, dije, se juega el destino de la relación entre el Norte y el Sur. Algo nos separa, continué, como lo que impidió a Juan Zamora ser aceptado por la familia americana con la que vivía, a pesar de que ésta gustara de él, o como lo que se interpuso entre él y el amor de su vida, “Lord Jim” el estudiante de medicina de Cornell University. De allí la pena, la vergüenza. De allí el hablar de espaldas, ocultar los orígenes, la pobreza, negar la identidad, no atreverse a cruzar la frontera, aunque sea de cristal.