Atrevimientos

La descomposición de México

Hace unos días participé en una conversación de esas en las que brotan algunas ideas esclarecedoras. Partimos de una pregunta: ¿En qué momento y por qué se descompuso México? En el ambiente flotaba la preocupación por los hechos de Iguala. Pero no sólo eso, sino también la conciencia de que el país hace mucho tiempo que no camina hacia ninguna parte. Es cierto que las reformas impulsadas por el gobierno de Peña Nieto suponen que al fin hay una suerte de proyecto para México, pero no son suficientes ni está claro todavía cuál es su significado y qué consecuencias traerán consigo. Además, tampoco se aprecia, al día de hoy, ningún beneficio claro que permita alimentar la esperanza con hechos concretos.

El golpe moral dado por los hechos de Iguala es tan fuerte que nos ha vuelto a hacer pensar en el fracaso que somos como nación, en nuestra incapacidad para incluir a las grandes masas de compatriotas ya no digamos en un destino compartido de desarrollo material, sino en una forma de vida social con garantías de una vida tranquila y pacífica. Lo que más desalienta del asunto de Iguala es que no involucra nada más a criminales comunes u organizados, sino también a autoridades públicas legalmente constituidas; arrastra consigo la reputación moral de una buena parte de la clase política local guerrerense, incluido el gobernador de aquel estado, y de un sector de la clase política nacional. Por si fuera poco, pone a prueba el profesionalismo de sectores importantes del aparato gubernamental federal.

No debemos interpretar lo que pasa en Guerrero como un brote patológico peculiar, una falla desafortunada de una región del país históricamente conflictiva. Es eso, claro, pero es mucho más: es un signo que se suma a los que se presentan en muchos otros estados y localidades; es el reflejo de que todo un orden histórico hace mucho que se hundió en México y de que no estamos siendo capaces de sustituirlo por otro nuevo. Varios son los factores que explican la descomposición de México. Mencionaré algunos de ellos.

Primero, es claro que la cifra de mexicanos que pertenece a las filas del crimen organizado o que se dedica delinquir es inconmensurable; esto significa que ahora, en México, los beneficios de actuar fuera de la ley son mayores que los de circunscribirse a sus límites. Simplemente, las estructuras económicas convencionales son incapaces de proveer una compensación satisfactoria por el trabajo y el esfuerzo personal, y los mecanismos de disciplina social están colapsados, pues vivimos en un estado que no hace respetar la ley y no castiga la impunidad.

Segundo, la causa última de todo ello, es que la sociedad mexicana ha dejado de funcionar adecuadamente. Esto involucra muchas cosas, pero dicho de manera simple, significa que el tamaño de lo que produce no corresponde con el tamaño de lo que se necesita; luego, lo que se produce no se distribuye de una manera conveniente y mínimamente equitativa. Pero la sociedad mexicana tampoco forma y capacita de manera adecuada a las personas para que tengan éxito laboral y obtengan buenos puestos de trabajo. Es que tampoco hay empresas e infraestructura productiva suficiente como para ofrecer empleos bien remunerados y en la cantidad suficiente. No hay riqueza suficiente, pues, y la que hay está mal distribuida. Tampoco hay capacidades empresariales en el volumen que se requiere, infraestructura, empleos y habilidades laborales suficientes entre los trabajadores.

Tercero, México tiene una población demasiado numerosa, y con un sector creciente, sobre todo de jóvenes, muy hecho a la idea de grandes expectativas de consumo y de posesión de riqueza. Aquí llegamos a un punto fundamental. Nuestros empresarios, nuestros gobernantes, nuestros sectores medios, y también los populares, carecemos de un sentido cívico que nos permita entender que la posesión de riqueza se gana con esfuerzo y que a los derechos corresponden deberes y responsabilidades

Cuarto, las masas no son las principales responsables de la situación que vivimos. La responsabilidad mayor hay que achacársela a nuestras élites, y ello incluye a todos los que tienen capacidad de tomar decisiones que involucren a los demás en alguna medida. Hay de élites a élites, no es lo mismo un mediano empresario que uno que pertenezca a las familias que controlan los destinos de la economía mexicana. O quienes controlan las grandes corporaciones burocrático-estatales. ¿Qué significa todo esto? Significa que las élites nacionales en algún momento de las últimas décadas, probablemente a partir de los años sesenta y setenta, luego en distintos momentos, y de manera particular en la primera década del siglo veintiuno, dejaron de tomar las decisiones que el país requería. Significa, pues, que nuestra democracia no funciona: ni propicia buenas decisiones,  ni integra a la sociedad, y tampoco da poder a los ciudadanos.

Continuará.

 

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