Atrevimientos

Cuidar a los niños

Irónica vecindad de celebraciones y ámbitos contrapuestos: ayer, 30 de abril, Día del Niño; hoy, primero de mayo, Día del Trabajo.

Debería impresionarnos el contraste entre el niño y el adulto, el abismo que aleja sus maneras de percibir y estar en el mundo, el tiempo y la vida. En una parte, la inocencia, la alegría y la despreocupación, el juego y la fantasía. En la otra, el realismo, la seria solemnidad y el darse importancia, las ambiciones y las responsabilidades sin fin.

El niño habita el presente y en cada pequeñez que observa descubre un universo. El adulto se sitúa entre el ayer y el mañana: no mira a su alrededor porque está ocupado planificando sus actos futuros o porque busca explicaciones que lo ayuden a reconciliarse con un pasado que lo aflige.

No sugiero que los niños deban ser un poco como adultos, sino que éstos consideren con más frecuencia la mirada infantil de las cosas, la forma de sentir de los pequeños. Una vez que dejamos de ser niños, por el paso de los años, abandonamos completamente ese reino, como si estuviéramos condenados a perder toda espontaneidad y cualquier forma de sinceridad de espíritu y confianza en la vida.

Creemos que la perspectiva adulta tiene que deshacerse de la más mínima representación infantil de la vida: el candor y la pureza de alma se desechan porque no tienen utilidad, sólo sirven para dar ventajas a nuestros rivales. La consecuencia: nos volvemos planos, asumimos que en todo momento debemos negociar y calcular, manipular y vencer a los demás; así, terminamos desconectados de una parte fundamental de nosotros mismos.

¿No seríamos mejores seres humanos si mantuviéramos interiormente la generosa sensibilidad y la grandeza de corazón de la niñez? No promuevo a Peter Pan y el arquetipo de todos los que se niegan a crecer porque el mundo de los adultos es horrible. El País de Nunca Jamás es una bella invención inhabitable. Tampoco clamo por un mundo en el que no tengamos responsabilidades ni deberes, y en el que no asumamos compromisos con los demás y con nosotros.

El mundo es real y sus problemas nos exigen capacidad para valernos por nosotros mismos. Frecuentemente, nos confronta con contradicciones morales sin solución. Pero sería mejor si los adultos fuésemos más creativos y conscientes de lo que íntimamente necesitamos. Tal vez haríamos menos locuras contra nosotros y contra la naturaleza, si pusiéramos más atención a lo que nos hace verdaderamente felices. Y en la identificación de lo que satisface nuestra necesidad de genuino bienestar interior nuestra sensibilidad infantil desempeña un papel fundamental.

El Día del Niño debería hacernos reflexionar sobre el abandono en el que tenemos a esa recóndita parte de nosotros que quedó acallada cuando nos convertimos en adultos. Si rescatáramos ese niño que fuimos, es probable que tendríamos una mejor disposición para dejar el rencor y las ambiciones que nos enloquecen y consumen.

No creo que sea casual el hecho de que en la niñez se forja nuestra capacidad para la fantasía y la imaginación. Los sueños y los mitos, las representaciones de la vida a través de los cuentos y los poemas que alguna vez escuchamos, son componentes fundamentales de la sensibilidad humana. Por eso, la niñez está más cerca de la parte de nosotros de la que depende la creatividad, la compasión y la comprensión de los aspectos más profundos de la vida.

Cuidar a los niños, procurar que lleven una vida digna en el plano emocional, material y educativo, conduce a construir una sociedad menos centrada en las ambiciones egoístas y más dispuesta a ejercer la solidaridad y el afecto. Lograrlo es la suma de muchas cosas, entre ellas, el compromiso de los mayores con los seres más delicados y vulnerables que existen. No se trata sólo de respetarlos, sino de saber encontrar satisfacción profunda en el acto de acompañarlos a cada instante, en la labor de conducirlos con amor y dedicación por el camino de vivir.

Y puede resultar menos difícil de lo que parece si sabemos nutrirnos cotidianamente con lo que los niños nos regalan cuando estamos con ellos: la alegría de vivir el instante, la posesión del universo en una mirada, el despliegue inesperado de la imaginación más fantasiosa, la creación de un momento y un espacio en el que podemos ser como ellos: libres, genuinos y espontáneos.

Recordemos cuando muere Don Vito Corleone en la película El Padrino. Está en el huerto de hortalizas que cultiva en el jardín de su casa. Su pequeño nieto juega a regar las plantas. El gozo de Don Vito es indescriptible. Acalorado, se pone de pie para jugar con él: lo asusta y lo abraza; nada existe sino ellos dos. Corretea y grita como un niño para que el nieto lo persiga. La felicidad es absoluta. Un instante después, cae ante la despedida de las milpas que se agitan al no poder sostenerlo. Don Vito, el hombre más frío, el más temible, terminó sus días aferrado al entusiasmo de su nieto, o, mejor dicho, de su propio niño.