Atrevimientos

La crisis de los intelectuales mexicanos (segunda parte)

La semana pasada definí la crisis de los intelectuales mexicanos a partir de dos carencias:

1) Su incapacidad para pensar a la democracia como algo más que la celebración periódica de elecciones. 

2) Su falta de crítica a la democracia realmente existente, lo que favoreció que tecnócratas y expertos le imprimieran una visión unilateral a la conducción política del país y al tono general de la vida pública.

Por un lado, tuvimos una democracia trunca, restringida a la competencia entre partidos apropiados del espacio público. Y, por otro, padecimos gobiernos que conciben su quehacer como la dirección de una empresa cuyo objetivo es generar dividendos a determinados sectores sociales en detrimento de otros.

A la transición le faltó imaginación teórica, sentido crítico e inteligencia práctica para darle una auténtica perspectiva política a la marcha de los asuntos públicos. No todo es atribuible a los intelectuales, por supuesto; pero ellos, sin duda, pusieron su parte. ¿Cómo explicar y entender sus fallas? Apunto una vía de investigación: no tuvimos una teoría fuerte de la democracia en México, entre otras cosas, por la fragmentación que separa a los intelectuales públicos, de abordaje más bien ensayístico, de los científicos sociales “duros”, cuyo lenguaje suele ser abstruso y alienado de la esfera pública.

Los ensayistas tienen mirada histórica y capacidad de juicio moral, pero no suelen sustentar sus afirmaciones en hipótesis informadas teóricamente y contrastadas con los hechos; por su parte, los científicos sociales explican fenómenos políticos e institucionales específicos, aunque raramente de manera clara para que puedan aplicarse a los asuntos públicos.

Pero hay algo tal vez más importante y que revela una crisis más profunda de los intelectuales y científicos sociales mexicanos: su escasa disposición para poner a dialogar sus respectivas visiones y para comprometerse con la argumentación racional antes que con sus filias políticas e ideológicas.

¿Qué habría pasado, por ejemplo, si en la coyuntura del 6 de julio de 1988 los intelectuales de todo el espectro político e ideológico hubiesen coincidido en una defensa firme de la imparcialidad y la certeza del proceso electoral? Imaginemos la fuerza moral que habría significado que marcharan juntos Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Fernando Benítez, Rolando Cordera, Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze, Víctor Flores Olea y Roger Bartra, entre otros, exigiendo la anulación de las elecciones y la realización de nuevos comicios.

Es poco probable que el gobierno de aquel momento hubiera decidido celebrar nuevas elecciones, pero la historia hubiera sido diferente porque habríamos tenido una clase intelectual unida alrededor de un propósito incuestionable para todas las tendencias ideológicas. Eso, a la postre, hubiera contribuido a profundizar el cambio político en el país: la defensa de la democracia podría haber sido la primera coincidencia de muchas alrededor de la construcción de un nuevo régimen institucional, un nuevo estado.

Había un hombre con la estatura moral para llamar a los intelectuales a cerrar filas: Octavio Paz. Sin embargo, en vez de hacerlo y reconocer las insuficiencias del proceso electoral, la “caída del sistema” y la escasez de legitimidad de los resultados, descalificó a Cárdenas y Clouthier acusándolos de caer en la lógica del todo o nada.

En “Entre luz: ¿alba o crepúsculo?”, publicado en agosto de 1988 en La Jornada, y también El País, Paz describe a Cárdenas y a Clouthier como dos actores políticos insensatos. Al primero por negarse a reconocer el resultado oficial de las elecciones y proclamar su triunfo, y al segundo por pedir la anulación de las elecciones y la repetición del proceso.

Paz afirma: “Lo que piden los dos candidatos, en verdad, es la rendición incondicional de sus adversarios. En un abrir y cerrar de ojos quieren desmantelar al PRI y poner de rodillas al gobierno. Otra vez: todo o nada… No son partidarios de una transición… sino de un cambio brusco, instantáneo. Lo más curioso… es que ninguno de los dos puede afirmar seriamente que la mayoría de los mexicanos apoya su pretensión. Pedir la rendición incondicional del enemigo es muy arriesgado y puede ser suicida cuando, como en este caso, el contendiente es fuerte y está decidido a combatir. Esto que digo es aplicable lo mismo al gobierno que a la oposición…”

Veinte años antes, en Posdata, Paz interpretó el movimiento del 68 como reformista y resumió su propósito en una palabra: democratización.

Ahora bien, ¿no es esto lo que también pedían Cárdenas y Clouthier luego de un resultado electoral que fue puesto en duda en todo el mundo? ¿Por qué prefirió descalificarlos en vez de reconocer que sólo estaban pidiendo el respeto a las reglas del juego democrático?

Lamentablemente, Paz prefirió ser fiel a sus preferencias partidarias y no a los valores democráticos.