Atrevimientos

La crisis de las ciencias sociales (última parte)

En lo general, las decisiones de los gobiernos no toman en cuenta los resultados de investigación obtenidos por los científicos sociales o los esfuerzos de los intelectuales comprometidos con el avance del conocimiento, la crítica y la construcción de utopías. Suele considerarse mucho más la opinión de consultores administrativos, asesores técnicos y expertos en mercadotecnia política; también la de algunos periodistas que sin profundizar atraen la atención de la clase política, muchas veces motivados por agendas e intereses asociados al poder.

En el diseño de las políticas federales de educación superior, por ejemplo, hace varias décadas se impuso una visión cuyos contenidos se derivan, en gran proporción, del discurso de las ciencias empresariales. Al definir la buena formación profesional y diseñar las estrategias para alcanzarla, se consideran indiscutibles nociones como el logro de la calidad, la adquisición de competencias, la mejora continua, y otras por el estilo que no se examinan y se esgrimen con el propósito de lograr la eficiencia de las instituciones educativas. Esto no es malo en sí; lo grave es que transmiten una visión general, una orientación intelectual total, como diría Richard J. Bernstein, que concibe a la universidad más como una empresa o una fábrica, y menos como un ámbito de libertad intelectual, búsqueda rigurosa de conocimiento y desarrollo de la imaginación moral y política.

La dominación del lenguaje tecnocrático ha empobrecido las ideas que deberían vigorizar la vida pública. El desencanto de los ciudadanos con respecto a los políticos y los funcionarios tiene que ver con que aquellos no se reconocen en las palabras de éstos; vamos, la gente ni siquiera se entusiasma para discutir sus propuestas, ya no digamos para sumarse a ellas. En suma, en el ambiente social y público no circulan ni se discuten ideas, aspiraciones y proyectos, que les permitan a los ciudadanos sentirse artífices de su destino o concebir la manera en que puedan tomar parte en la solución de los problemas que todos los días los abruman.

Cuando hay crítica hacia el gobierno y sus políticas, sostenida por los ciudadanos más desfavorecidos o a nombre de ellos, se suele hacer a partir de sentimientos de indefensión e injusticia, los cuales, aunque legítimos, no se acompañan de puntos de vista argumentados con consistencia lógica, es decir, mediante hechos y evidencias relacionados con explicaciones y razones. Los sentimientos de descontento e injusticia, pues, no son suficientes para provocar discusiones y debates sobre las políticas gubernamentales y sus consecuencias. El resultado: la tecnocracia puede seguirse dando el lujo de ignorar una crítica que no tiene dientes, lo que a su vez alimenta el desencanto y, de paso, fortalece a los demagogos. 

En el origen de esta situación, las ciencias sociales y las humanidades tienen su parte de responsabilidad. No es sólo que la perspectiva tecnocrática y empresarial se ha propuesto nulificar las visiones que aquellas pueden proyectar. Algo hemos hecho, o dejado de hacer, pero el caso es que faltan debates públicos impulsados por los hallazgos empíricos, el buen juicio y la consistencia argumentativa de la ciencia social bien practicada.

No pretendo transmitir la idea de que los cultivadores de la investigación social y humanística son ángeles inmaculados, y tampoco que necesariamente producen brillantes ideas y ofrecen las soluciones que el mundo está esperando. Estamos lejos de eso. La semana pasada me referí al descrédito en el que cayeron las ciencias sociales a partir del último tercio del Siglo XX. Fue resultado, por lo menos, de dos factores concurrentes: los trastornos sociales de la época –movilizaciones, inconformidades con los sistemas políticos y económicos imperantes– y el fracaso de los enfoques de las ciencias sociales inspirados en las ciencias naturales.

Sin embargo, a pesar de sus problemas, las ciencias sociales y las humanidades deben cumplir una misión de ilustración, crítica, comprensión y explicación de la realidad social que ninguna otra disciplina o enfoque puede llevar a cabo de manera similar. A ellas les toca analizar los valores y los proyectos que orientan la labor de políticos y partidos, juzgándolos en sí mismos. Pero también les toca examinar la congruencia entre la acción de los políticos y los compromisos que públicamente han adquirido. Y no debe dejarse de lado que, además, la reflexión científico-social debe ayudar a mantener vivas las aspiraciones utópicas de la sociedad.

No se trata de que las disciplinas humanísticas se conviertan en la última palabra o en la fuente de verdades absolutas. Ésa no es su labor y mucho menos la de servir a propósitos ideológicos. Pero sí la de impulsar un debate profundo, real, y sensible sobre el destino de México, y sobre la mejor manera de imaginarlo.