Atrevimientos

"Las costumbres de los ecuatorianos"

Así se titula un libro que he encontrado en mi búsqueda de fuentes para inspirar una investigación sobre la manera en que los tapatíos se relacionan con las oportunidades y complicaciones de la vida moderna. El autor es Osvaldo Hurtado, quien, además de ser estudioso de las ciencias sociales y promotor del desarrollo, fue presidente del Ecuador entre 1981 y 1984.

El trabajo de Hurtado descansa sobre una premisa fundamental: a la hora de explicar el atraso o el avance de los países hay que tomar en cuenta las costumbres, la mentalidad, las actitudes, los valores y los modos de ser de la gente.

Durante mucho tiempo, algunos sociólogos y economistas latinoamericanos prestaron atención al imperialismo que ejercen los países centrales sobre los países periféricos o dependientes, lo que se tradujo en un desigual intercambio económico entre ellos: nuestros países no salen de su atraso porque venden productos baratos y poco elaborados, y compran manufacturas caras y procesadas. Otros autores explicaron que las oligarquías locales y las corporaciones empresariales internacionales usan su poder para impedir que surjan gobiernos comprometidos con un desarrollo social equitativo y una mayor distribución de la riqueza.

Hurtado no desestima estos puntos de vista que han nutrido la imaginación política de muchos activistas, partidos y gobernantes latinoamericanos. Más bien, considera necesario complementar el análisis de tales factores “estructurales” con la visión que él nos ofrece. Sus tesis se inscriben en una larga tradición de autores que se remontan a Alexis de Tocqueville con su Democracia en América, y a Max Weber con La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

La tesis básica de esta tradición intelectual es que las creencias, las actitudes y la conducta cotidiana de la mayoría de la población provocan consecuencias en el modo en que ésta trabaja, se organiza políticamente y se relaciona con la legalidad; también influyen en la forma en que las personas llenan el ocio, dirimen sus conflictos, distribuyen las oportunidades y asignan los beneficios del esfuerzo colectivo.

Hurtado asume que no puede haber desarrollo sin individuos y grupos comprometidos con el trabajo responsable, dotados de iniciativa, con ambición de progreso, disposición a la innovación, y capacidad de asumir riesgos y asociarse para emprender proyectos productivos exitosos.

La sociedad ecuatoriana ha heredado de su pasado colonial una estructura social con rígidas jerarquías y distinciones de casta y clase, desigual, discriminativa, irrespetuosa de la ley, paternalista, clientelar, con proclividad a la corrupción, la irresponsabilidad y la holgazanería. A esto se sumó el aislamiento geográfico del Ecuador, la acción conservadora de la Iglesia Católica, la explotación de una abundante mano de obra indígena, así como la tendencia de las clases altas a vivir de las ventajas que procura el poder político, y su escasa disposición para defender el interés público y emprender actividades productivas.

Un factor adicional, según Hurtado, es la prodigalidad de la naturaleza ecuatoriana: a diferencia de otras latitudes, en ese país no se hizo necesario el trabajo previsor e ingenioso para arrancarle satisfactores a la tierra. 

El análisis de Hurtado es interesante porque se atreve a la crítica de su propio país y rompe con visiones reduccionistas y excesivamente estructuralistas. Sin embargo, Hurtado no responde una pregunta crucial: asumiendo que las creencias y los comportamientos de los ecuatorianos tienen las características que él señala, ¿quién, a lo largo de la historia, ha tenido una mayor responsabilidad en el atraso del Ecuador, las clases populares o las élites?

Es necesario analizar qué sectores se benefician de un orden social sustentado en la creencia generalizada de que es imposible modificar el status quo. ¿No serían las élites más responsables de la situación de un país en la medida en que ellas concentran los recursos, las oportunidades y la capacidad de tomar decisiones? En última instancia, los factores culturales, con todo y su importancia, también son influidos por los intereses políticos y económicos.

El tema viene a cuento no sólo como una preocupación académica, sino porque México, ahora mismo, busca nuevas claves para impulsar su crecimiento económico y su desarrollo social. Las reformas impulsadas por el gobierno se están acompañando de un renacimiento de la discusión sobre las causas del mediocre desempeño económico del país y la incapacidad para recuperar la esperanza en la mejora de las condiciones de vida de la mayoría de los mexicanos.

Los mexicanos nos podemos mirar en el espejo de las tesis de Hurtado. Por eso, son un recurso intelectual para pensar nuestros problemas. Nos hará bien ocuparnos en impulsar la modernización de las costumbres. Las más obligadas, en mi opinión, son nuestras élites políticas y económicas.

 

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