Atrevimientos

La ciudad en el siglo veintiuno

Las ciudades son los principales núcleos de la cultura y la vida social. Lo han sido desde hace miles de años. No es casual que Aristóteles las haya considerado el asiento de la política y la civilización. Ser ciudadano, vivir al amparo de las fronteras físicas y simbólicas de una urbe, significaba recibir la protección de las leyes y la posibilidad de participar de una vida en común autosuficiente y adecuada para perseguir el propósito de la vida del hombre: la búsqueda del bien supremo.

En la antigua Grecia, el orden cívico se concebía como una realidad superior al imperio de las familias y los clanes; en la ciudad, los diferentes se reconocían como iguales, conversaban libremente sobre los asuntos públicos y estaban sujetos a la autoridad de la ley racional. Fuera de ella, es decir, de los derechos que ella reconocía, estaban los extranjeros y los bárbaros, quienes no tenían la sensibilidad suficiente para concebir vínculos de autoridad que evitaran el uso arbitrario de la fuerza.

En el contexto contemporáneo, las ciudades se han vuelto aún más importantes, aunque no precisamente por haber realizado la concepción aristotélica. Hoy, alrededor del sesenta por ciento de la población mundial es considerada urbana. En México, la proporción llega al 78 por ciento; Jalisco se distingue, para bien o para mal, porque su población urbana incluso supera el 80 por ciento.

El auge de las grandes ciudades es consustancial al surgimiento de la modernidad, esa aceleración del cambio en los modos de vida que nos arrojó a la conquista de un futuro que nunca termina de llegar, aunque casi ha destruido las formas tradicionales de vida. La ciudad moderna, la metrópoli, la megalópolis, las altas concentraciones de población, infraestructura, tecnología, bienes, servicios, consumo, redes de comunicación, espectáculos, conocimiento, cultura, símbolos y capacidad de gobierno, son la sede de la modernidad contemporánea, el espacio donde la técnica se pone al servicio de la capacidad humana de soñar en que todo, o casi, es posible.

Recuerdo las palabras de Marshall Berman a quien fascinaba la modernidad que a él se le aparecía bajo la consciencia de vivir en un edificio de El Bronx. Sus palabras sobre la modernidad, entonces, podrían utilizarse para intentar lo que significa vivir en una gran ciudad: “… es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo, y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos”.

La ciudad contemporánea, Guadalajara, mejor dicho, nos provoca una inesperada impresión de ambigüedad, alegría, asombro, esperanza, temor y desconsuelo. Aquí pueden cristalizarse nuestras mejores posibilidades y también ocurrir las desgracias y las crisis más terribles.

Como tal vez lo diría el desaparecido Berman, en el suelo tapatío podemos tener una rutina diaria de felicidad, confort, satisfacción y consumo sofisticado, pero también nos abruma la sensación de que esta vida es vulnerable a muchos demonios que por aquí rondan. La desigualdad, la pobreza, el abuso de los intereses creados, la contaminación, la inseguridad y la violencia, están aquí y nos provocan una fragilidad y precariedad que a diario llevamos a cuestas.

Con todo, estamos obligados a entablar luchas heroicas, y hasta desesperadas, para mantener la mejor forma de vida posible en Guadalajara. No tenemos más opción que hacer consciencia de los problemas que afrontamos. Basta con enunciar algunos de ellos para recordarle al lector el tamaño de nuestros desafíos: la contaminación del aire y el destino del Bosque de La Primavera, el atraso de nuestra infraestructura vial y de transporte colectivo, la inseguridad pública, la falta de espacios verdes, el irrespeto a los usos del suelo y la pérdida de la tranquilidad de muchas zonas habitacionales, la inadecuación de banquetas y avenidas para ser caminadas por los ciudadanos, la fragmentación territorial y la falta de proximidad de los servicios, la insuficiencia de nuestra democracia, nuestra falta de cohesión cívica…

Esta semana, en la Biblioteca Pública del Estado, tendrá lugar una fase más del coloquio Ciudad Siglo XXI al que convocó la Universidad de Guadalajara. El proyecto responde a una iniciativa de Daniel González Romero, quien es un destacado académico y urbanista de esa casa de estudios. Su propósito es reunir a un grupo de especialistas para que discutan sobre lo que espera a las ciudades en la presente centuria.

El destino de las sociedades contemporáneas gravita alrededor de lo que ocurre en las ciudades. Sólo si estas son capaces de pensarse a sí mismas podrán controlar las fuerzas que han desencadenado por virtud de su monstruosa concentración de poder, energía e información. Más nos vale hacerlo, si no queremos que el siglo veintiuno nos empuje sin remedio al lado oscuro de la modernidad.

 

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