Atrevimientos

Una charla con Boris Goldenblank sobre lo qué significa educar

En días pasados participé en una conversación con Boris Goldenblank. Él es director de cine y formador de cineastas; pero, además, hombre despierto, con ideas claras y preocupación por nuestro tiempo. No exagero. Su larga trayectoria dedicada al arte y a conocer el mundo, lo autorizan para plantearse propósitos de gran calado. ¿Algunos de ellos? Pensar en cómo contribuir a mejorar la educación; llamarnos la atención sobre este modo de vida contemporáneo en el que la felicidad se identifica con la posesión de dinero en grandes montos.

El maestro Goldenblank parte de hechos simples en apariencia, pero que son la manifestación de extravíos llenos de consecuencias negativas. ¿Cómo es posible, dice, que actualmente se construyan casas diminutas y con habitaciones que parecen celdas? ¿Por qué se desarrollan fraccionamientos sin los servicios adecuados para una vida comunitaria armónica, y que, por eso mismo, se convierten en selvas urbanas o territorios fantasmales?

Los arquitectos responsables de estos proyectos no carecen de conocimientos técnicos; seguramente, en este aspecto, son bastante competentes. El punto es que su educación no les alcanza para considerar todo lo que hace digno a un espacio habitacional. Situaciones similares se presentan en cualquier otro ámbito del quehacer humano: médicos bien informados científicamente, pero incapaces de tratar con calidez a sus pacientes; maestros dotados de conocimientos y que no tienen las cualidades para formar personas en todo el sentido de la palabra; padres que dan recursos monetarios a sus hijos y, al mismo tiempo, los dejan en el abandono emocional. La lista puede seguir y no acabar.

Todos los hombres buscamos la felicidad, pero muchos ignoramos cómo alcanzarla: dejamos de advertir que nuestras necesidades son, además de exteriores y materiales, morales y estéticas. Hay una relación entre la educación y la felicidad. Mientras la primera sea incompleta, la segunda jamás podrá ser cabal y auténtica. Es cierto: una persona educada no es sinónimo de una persona feliz; sin embargo, la falta de educación suele obstaculizar la dicha.

La educación contemporánea no nos capacita para percatarnos de quiénes somos y qué nos hace falta; tampoco nos ayuda a saber qué significa lo que nos rodea, qué esperan de nosotros los demás y qué debemos darles; por si fuera poco, en general no sabemos pensar y expresarnos correctamente. El resultado: somos inaptos para relacionarnos con nosotros mismos, y para asumir una posición consciente frente al mundo.

El maestro Goldenblank ofrece una definición de educación clara y profunda: quien está educado sabe desarrollar el intelecto, apreciar la belleza y reconocer el sufrimiento de los demás. Me surgen estas palabras: la verdad, la belleza y la bondad son el fundamento último de lo que significa ser humano. Creo que es algo anterior a cualquier consideración política e ideológica: es parte de nuestra condición buscar racionalmente la verdad, querer apreciar lo bello, y recibir y dar a los demás lo que consideramos bueno y valioso. De esto se sigue que aquel que no despliega estas disposiciones no llega a ser realmente humano.

La educación es un escudo, afirma Goldenblank, que ayuda a la sociedad a protegerse. Cuando un país carece de educación no tiene defensa ni raíces: se vuelve vulnerable a cualquier problema, a cualquier mal. A estas ideas podemos añadir que la falta de educación nos vuelve presas de la barbarie en cualquiera de sus manifestaciones.

Los seres humanos más felices que Boris Goldenblank ha visto los encontró en poblaciones pequeñas y apartadas de Siberia. Allí conoció a una mujer viuda pero plena y satisfecha con lo vivido cada día. Donde la gente no tiene demasiado pero tampoco necesita demasiado, un sitio tranquilo y seguro; esas, colijo de las palabras de Goldenblank, son las mejores tierras para hacer florecer a la felicidad.

No hay ninguna receta para diseñar instituciones educativas exitosas en el sentido en que lo define Goldenblank. Educar bien es un desafío que nunca se puede superar del todo. Una cosa es clara: no se trata de formar personas en doctrinas compuestas de dogmas inexpugnables para que actúen como autómatas y sigan instrucciones de las autoridades, cualquiera que estas sean. El fracaso de estas pedagogías está más que demostrado.

Educar implica una especie de paradoja: debemos formarnos para la libertad de manera que los seres humanos encontremos nuestra propia manera de ser personas en el marco de los compromisos que tenemos con los demás. ¿Cómo lograrlo? Todavía nadie tiene una respuesta absoluta a esta pregunta. El primer paso para andar este camino, dice Boris Goldenblank, implica incomodar, mostrar que la educación en muchas partes, en cualquiera de sus modalidades, hace mucho que ha dejado de funcionar.

 

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