Atrevimientos

El "bullying" y la erosión de la autoridad

La semana pasada, en Ciudad Victoria, murió Héctor Alejandro Méndez Ramírez, un niño de doce años de edad, a consecuencia de las lesiones provocadas en su cerebro por cuatro compañeros, quienes lo golpearon contra la pared en pleno salón de clases y ante la presencia de su maestra. La profesora estaba revisando unos cuadernos y no atendió la llamada de auxilio que le hizo Héctor Alejandro. De acuerdo con lo que señala la madre de la víctima, la maestra tampoco le informó del daño sufrido por su hijo.

Han sido detenidos dos prefectos y una trabajadora social; están pendientes, por lo menos, dos detenciones más, la de la maestra responsable del grupo y la subdirectora de la Secundaria General número siete. Como era de esperarse, el hecho adquirió una dimensión nacional y el presidente Peña Nieto anunció medidas para combatir y erradicar este tipo de hechos.

Se trata del llamado bullying, en español hostigamiento o acoso escolar, que no es, por cierto, una práctica novedosa, pero sí algo que se ha intensificado en los últimos años y ahora alcanza niveles alarmantes.

El diario MILENIO ha informado que, de acuerdo con un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, México está en el primer lugar mundial de casos de bullying. Según esta investigación, cerca de 19 millones de estudiantes mexicanos, de primarias y secundarias públicas y privadas, han sufrido algún tipo de acoso. Ello incluye insultos, amenazas, violencia física y maltrato a través de las redes sociales.

Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos, en México, el número de menores víctimas de bullying se incrementó un diez por ciento durante los últimos dos años. Esta fuente también afirma que siete de cada diez menores han sufrido algún tipo de violencia.

Si el lector quiere darse una idea del tamaño del problema, le recomiendo dar una mirada por Internet. Allí encontrará toda clase de expresiones de este tipo de actos violentos y otros que involucran a mayores. Desde el niño que murió en Jalisco el año pasado por los daños causados en sus pulmones a causa de que sus compañeros metieron su cabeza en un sanitario, hasta la madre que tapó la boca de su hijo con cinta canela y a quien también amarró de pies y manos. Investigadores señalan que se están dando casos en que unos jovencitos obligan a otros a cometer robos y les cobran derecho de piso.

La violencia y el desprecio de los adolescentes por sus semejantes muestran con crudeza las tendencias antisociales del ser humano; ponen en evidencia el fracaso de nuestras instituciones y creencias para socializar a las nuevas generaciones en valores de respeto y cuidado de los demás. Y lo peor: se trata de conductas difíciles no sólo comprender y explicar, sino también de revertir y evitar.

La cantidad e intensidad de conductas agresivas de los niños indican el grado de integración de la sociedad y anuncian el tipo de futuro que vamos a tener. Y no se trata, tan sólo, del gran número de jóvenes lesionados físicamente, sino también de las consecuencias emocionales que sufren, entre las que se encuentran la depresión, los bajos rendimientos escolares y el suicidio.

Urge comprender lo que está ocurriendo y tratar de identificar sus causas. No es una tarea sencilla, pues la agresividad y la violencia son fenómenos causados por muchos factores. Hay, sin embargo, un hecho que está en el origen de esta situación: la erosión de la autoridad que padece nuestra sociedad, fenómeno que forma parte de la evolución de las sociedades contemporáneas y que se ha agudizado durante las últimas décadas.

Desde la llegada de la democracia, entendida como igualdad de condiciones, comenzó a perderse la legitimidad incuestionada de la autoridad. Si todos somos iguales, nadie tiene derecho a mandar y nadie está obligado a obedecer. Todo se vale y todo está permitido. Este afán igualitario penetró en las familias. ¿No es evidente que los padres de ahora tienen mucho menos autoridad sobre sus hijos que los de antaño? Remo Bodei expresa las implicaciones de este hecho con extraordinaria claridad. Y no lo hace desde una perspectiva autoritaria ni conservadora, pero sí realista:

“Si en la familia falta una autoridad considerada fuerte pero justa, capaz de poner límites y prohibiciones contra los cuales eventualmente enfrentarse, si existe un padre ‘gelatinoso’, demasiado condescendiente o equívoco, parecido a una pared de goma o a un objeto en desuso, los hijos no crecen psicológicamente robustos, porque no hallaron un antagonista con quien medir el grado de su propia autonomía. Aquel que no ha luchado por la libertad no es libre”.

La familia no es la única institución donde se incuban las conductas antisociales, pero sí es una de las más importantes y de las que más han sufrido las consecuencias indeseadas de la llegada del mundo moderno e igualitario. Allí está una de las claves de lo que nos pasa. Hay que reconocerlo aunque sea políticamente incorrecto.

 

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