Atrevimientos

Se apagan las luces de Venezuela

A principios de 2014, parecía que la oposición venezolana tendría la oportunidad de conquistar el poder. Capitalizaba el descontento de la sociedad con los errores, las incapacidades y los excesos de la revolución bolivariana: la debilidad estructural de la economía por la dependencia de las exportaciones petroleras, la crisis de inseguridad pública, la inflación galopante, el desempleo, la corrupción oficial, el desabasto generalizado y la inadmisible pérdida de libertades en un país históricamente democrático.

Durante varios meses los opositores realizaron intensas movilizaciones. Era cuestión de tiempo para que una mayoría civil lograra poner fin a la gestión del presidente Maduro. Ya sin el carisma y el liderazgo de Chávez, Maduro sería incapaz de mantener a flote el atormentado barco bolivariano. Esto, llegué a pensar, podría ocurrir por la vía de la presión callejera o, a la postre, por medio de la voluntad expresada en las urnas.

Sin embargo, el tiempo se ha encargado de evaporar las esperanzas de quienes prefieren alternativas al proyecto socialista venezolano o de aquellos que aspiran a que éste programa no signifique, necesariamente, una cancelación de la democracia. El tiempo se ha encargado, también, de hacernos entender que no sólo a Venezuela, sino a muchas partes del mundo, les esperan días de oscuridad.

No parece haber la más mínima disposición del gobierno de Maduro para el diálogo con las fuerzas opositoras, y mucho menos para intentar una reconciliación. Todo lo contrario: la reacción de las fuerzas gubernamentales venezolanas ha sido implacable. Según la información que ha circulado, ocurrieron centenares de detenciones y actos violentos contra los manifestantes. A la fecha, en los dos años de la gestión de Maduro, hay 175 presos políticos y 674 heridos, además de 31 muertos. Hace unos días murió en circunstancias sospechosas Rodolfo González, opositor al régimen.

Todo parece indicar que detrás de Maduro hay una coalición política, militar y burocrática que está decidida a permanecer en el poder a cualquier precio. Es el signo de los tiempos: los poderes constituidos apuestan por la continuidad. Si se puede hacer respetando las formas democráticas qué mejor; así lo hizo Hugo Chávez y le funcionó, pues gozaba de gran apoyo popular; por eso, varios mandatarios latinoamericanos apuestan por las modificaciones constitucionales como vía para perpetuarse en el poder legalmente. En el caso de Venezuela, da la impresión de que el presidente Maduro apostará a la permanencia de cualquier manera.

La medida anunciada el pasado día 9 de marzo, por el presidente Obama, de declarar una “emergencia nacional” con respecto a Venezuela y considerar a esa nación como una “amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad nacional y política exterior” de Estados Unidos, así como las sanciones aplicadas a funcionarios del gobierno de Maduro, ayudan poco, paradójicamente, a las libertades democráticas del país sudamericano.

Maduro aprovechó la ocasión para hacer un llamado a la unidad nacional en torno a valores como la defensa de la soberanía, la integridad y la dignidad de su país, frente a las arbitrariedades imperialistas del norte. Hábil, apela a la historia de intervenciones realizadas por los Estados Unidos en países latinoamericanos y no para mientes en señalar que los americanos intentarán derrocarlo.

Y su reacción no se ha reducido al plano retórico. Ha solicitado a su congreso, cuya mayoría le es afín, la concesión de poderes especiales para hacer frente a la emergencia. La habilitación ha sido concedida y durará seis meses. Le permitirá gobernar por decreto en prácticamente todas las áreas del gobierno. También ayer fue realizado un ejercicio de movilización militar en el que participaron miles de ciudadanos de varias regiones.

Ante una amenaza del exterior, no sólo contra las conquistas del pueblo bolivariano de Venezuela, sino contra la misma soberanía nacional, la democracia y las libertades pueden esperar. Ya de por sí, Maduro ha llamado fascistas a quienes piensan diferente al régimen; ahora, lo más probable, es que los llamará traidores y agentes del imperialismo yanqui: todo aquel que salga a la calle a protestar contra el gobierno estará haciendo el juego a los Estados Unidos. Habrá que reprimirlos y encarcelarlos. La patria lo exige.

Fidel Castro, Evo Morales y Rafael Correa, ya mostraron su solidaridad con Venezuela. Por otra parte, nada hay que haga suponer que Venezuela será invadida, pero lo grave es que el país sudamericano forma parte del escenario de conflicto mundial que se está presentando entre Estados Unidos y Rusia. Y en esta circunstancia, los países latinoamericanos que antagonizan con el Tío Sam podrán aprovechar la oportunidad para endurecerse internamente y lesionar las libertades democráticas. Por eso pienso que las luces se apagan, pero no sólo en Venezuela.