Atrevimientos

Videgaray y las patologías de la economía

El sábado fui de compras a un supermercado Soriana. Después de pagar la cuenta, un anciano, situado al extremo de la mesa del cajero, comenzó a acomodar las mercancías en bolsas de plástico. En su pecho portaba una especie de credencial que decía “trabajador voluntario”. Nervioso, hacía su mejor esfuerzo para superar las limitaciones físicas de su edad. Detrás de mí venía otro cliente apresurado y eso hacía más incómoda la situación; al final, terminé tratando de ayudarlo para que culminara más pronto su tarea. Del cambio que me dio el cajero tomé seis pesos y se los entregué.

Al salir conversé con un amigo que me acompañaba y le dije: ¿Cómo puede ser que este pobre hombre, a su edad, tenga que trabajar y, además, sin recibir un salario por ello?, ¿por qué el empresario, en vez de hacerse cargo, le deja al consumidor la responsabilidad ética de compensar con unos pesos la ayuda del anciano? ¿Acaso el empresario no obtiene ganancias suficientes como para remunerar estas actividades laborales? ¿Por qué el gobierno permite estas prácticas anticonstitucionales en las que también participan niños?

La leyenda en el pecho (“trabajador voluntario”) parece resolver cualquier problema legal y eximir de responsabilidad a la empresa y al gobierno. A final de cuentas, todos somos libres de ofrecernos para trabajar como voluntarios en cualquier organización. Dudo, sin embargo, que el anciano haya decidido, de manera libre, gastar los últimos días o años de su vida en un trabajo que, lejos de generarle placer, lo tortura con una gran presión y angustia. Si encontrara una satisfacción pura en ello, y si fuera un verdadero voluntario, no aceptaría ninguna propina de los consumidores.

Después del episodio reviso en Internet un grupo de notas que me llaman la atención. Podrían sintetizarse con una formula sencilla: Algunos sectores políticos, empresariales y comentaristas coinciden en una fuerte crítica a Luis Videgaray, el secretario de Hacienda y Crédito Público. Algunos piden su remoción. Se habla de que las políticas económicas del actual gobierno recuerdan a las de los años setenta y de que se están tirando por la borda las lecciones del pasado.

La principal razón de la embestida es el aumento de los impuestos que llevó a cabo el gobierno. Quienes perciben entre 750 mil y un millón de pesos al año pagarán el 32 por ciento de sus ingresos, quienes ganan entre uno y tres millones pagarán el 34 por ciento, y los que tienen percepciones por más de tres millones entregarán al fisco el 35 por ciento. Se trata de cifras récord, sobre todo si tomamos en cuenta que el gobierno federal tiene más de cuarenta años tratando de hacer una reforma fiscal.

Además, se le critica al gobierno la reducción de las expectativas de crecimiento económico: Esta se interpreta como consecuencia del incremento de los impuestos, pues a mayor tributación, dicen, menos incentivos para la inversión, el consumo y el ahorro. Una crítica adicional apunta al hecho de que el gobierno de Peña Nieto incrementó en 4.1 por ciento el déficit presupuestal con el propósito de elevar el gasto en infraestructura y programas sociales.

Las clases medias y los sectores que tradicionalmente pagan impuestos están siendo golpeados por la reforma fiscal. No es casual que actualmente el gobierno de Peña Nieto atraviese por uno de los momentos de más deterioro en su popularidad. También los sectores más ricos están resintiendo las medidas. El resultado es un mal ambiente para el presidente, quien trata de capear el temporal anunciando medidas para recuperar el crecimiento económico y apoyar con recursos a las pequeñas y medianas empresas.

¿Quién tiene la razón en todo esto? ¿La tiene el gobierno al pretender dejar atrás varios lustros de ortodoxia económica mediante el aumento de los impuestos, el incremento al déficit fiscal y la elevación del gasto público para promover el crecimiento? ¿La tienen los grandes empresarios que no quieren saber nada de compartir su riqueza con el fisco y amenazan veladamente con retirar su apoyo al gobierno? ¿La tiene el PAN que también quiere echar atrás la reforma fiscal y critica lo que ve como estancamiento económico sin remedio?

Una cosa es cierta. El equipo de Peña Nieto está obligado a construir acuerdos con el sector empresarial que propicien un mayor crecimiento económico. Debe usar toda su fuerza política para domesticar al gran capital y hacerle entender que es necesario distribuir mejor la riqueza. Los años de la disciplina fiscal y la contracción del gasto a toda costa, no trajeron el crecimiento para el país en la medida necesaria y tampoco resolvieron las patologías económicas. Una prueba de ello es el anciano que vi el sábado quien está obligado a trabajar a cambio no de un salario, sino de las propinas que quieran dejarle los clientes. ¿Por qué no abrir un debate serio que ponga en cuestión las políticas aplicadas durante los últimos años y explore nuevos caminos?

 

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