Atrevimientos

Tony Judt y el olvidado siglo veinte

Tomar en cuenta el pasado no sólo importa por sí mismo como objeto de interés: es esencial para comprender el presente e imaginar sus posibilidades. La mentalidad política contemporánea se enfoca en un mañana sin proyecto y en un presente sin memoria. Actuamos como si nuestra voluntad cívica se redujera a la tarea de olvidar el ayer, y éste no fuera otra cosa que una amenaza a la libertad conquistada tras los acontecimientos con los que se inició el momento histórico actual: la caída del Muro de Berlín, el colapso del socialismo real y la superación de la capacidad reguladora de los gobiernos.

Algo así se colige de lo que afirma Tony Judt en su libro El olvidado siglo veinte, centuria que resolvió sus tensiones mediante un compromiso con la vida pública democrática, el bienestar social y el disciplinamiento del capitalismo. Así ocurrió en Europa Occidental y Norteamérica, pero también en México, donde con todo y nuestros problemas tuvimos nuestra versión de los años dorados del siglo veinte, el periodo que va de mediados de los cuarenta a mediados de los setenta, cuando no tuvimos mucha democracia liberal, pero sí crecimiento económico sostenido, estabilidad política y cierto bienestar social.

Al olvidar los logros del siglo veinte -los derechos sociales, el estado benefactor y las regulaciones que ponen límites al capitalismo salvaje- corremos el riesgo de perder muchas cosas ganadas mediante trágicos procesos políticos y sociales plagados de guerras y calamidades. Por dormir el sueño del pasado podríamos despertarnos otra vez en el siglo diecinueve o en la primera mitad del siglo veinte: entre guerras promovidas por intereses imperiales y en sociedades atravesadas por injusticias inadmisibles, y con líderes demagógicos que promueven ideologías racistas o excluyentes.

Creo que hoy ya estamos despertando en el pasado, con los viejos problemas otra vez encima como si fueran un castigo por haberlo olvidado, y con la consecuencia de pretender que la libertad consiste en despojarnos de toda regulación y autoridad que pongan límites al egoísmo individualista. Estamos pagando el precio de asumir que la democracia es una práctica vacía de espíritu: sin proyecto cívico y protagonizada por partidos sólo enfocados a la obtención de votos como vía para la acumulación de poder político, sin ciudadanos organizados y conscientes de sus obligaciones y derechos, sin liderazgos comprometidos con ideales y dispuestos a responsabilizarse del bien público.

Por eso, es importante recordar el siglo veinte y asumir que la estabilidad de ayer no resultó de la impasividad ni la apatía, sino de la acción política dotada de propósito colectivo. Se equivocan quienes piensan que gobernar se reduce a establecer reglas para la competencia entre particulares, como si éstos se bastaran a sí mismos y pudieran ignorar a los demás. También yerran quienes reducen los objetivos de la política pública al crecimiento y la eficiencia económica, y se olvidan de que una democracia estable requiere consensos entre todos los sectores sociales sobre la necesidad de actuar bajo el imperativo del bien público.

En otro libro que se titula Algo va mal, Judt explica cómo tras la Segunda Guerra Mundial se construyeron instituciones dedicadas a promover el bienestar y regular las tendencias desordenadoras del capitalismo. La paradoja de esto es que la estabilidad ganada con ello generó el mito de que el orden y la paz social se reproducen solos y ya no requieren la participación e interacción política entre ciudadanos y gobernantes. Al olvidar las realizaciones del siglo veinte nos quedamos sin herencia política y sin lenguaje moral para referirnos a lo público y a nuestros intereses ciudadanos comunes.

En México todo esto se presenta con los matices del caso. El PRI regresó al poder porque muchos ciudadanos se ilusionaron con recuperar la parte luminosa de nuestro olvidado siglo veinte mexicano. Ellos esperan una recuperación actualizada de nuestra herencia política, una puesta al día de los lenguajes con los que ayer nos referimos a los propósitos colectivos que realizamos más allá de nuestras diferencias. Eso esperan también muchos mexicanos que votaron por López Obrador y creen en él.

Los buenos años del siglo veinte son una de las mejores herencias de México, pero de la cual parecemos no tener consciencia. Todo parece borrarlo esta amnesia para reconocer nuestro pasado. Si en los años noventa los mexicanos nos abrirnos a la globalización y la liberalización económica, hoy necesitamos asumir un nuevo compromiso con el bienestar colectivo, y corregir lo que se ha hecho mal mediante la restauración, modernizada, de aquello que alguna vez se hizo bien. Debemos recordar la historia del corazón del siglo veinte mexicano si no queremos despertar, otra vez, en sus primeras décadas, las pobladas de guerras, diferencias irreconciliables y conflictos.