Atrevimientos

Segunda parte del sexenio: ¿nuevo comienzo?

Resulta lógico el propósito del presidente Peña Nieto: iniciar la segunda parte de su periodo buscando generar la sensación de que sus ánimos se han renovado y su compromiso con la nación se ha reafirmado. Era más que necesario, sobre todo si se asume que la baja en los índices de popularidad del presidente refleja algo más que fallas en el manejo mediático de su imagen personal. Otros analistas han resaltado los rumores sobre la pérdida de su salud y así explican el énfasis puesto en que el presidente tiene nuevos bríos para seguir adelante. El tema de fondo, más que mercadológico o de terapéutica médica, es político.

El reto consiste en respaldar lo que se dice y se hace con los resultados que la mayoría de los mexicanos esperan del gobierno federal y que no pueden ser fabricados mediante ningún subterfugio mediático. Por eso, en esta segunda parte de su gestión, Enrique Peña Nieto y su equipo deben desplegar todo el talento político del que sean capaces. La situación objetiva internacional y nacional así lo exige. Se trata de una de esas circunstancias que son propicias para sacar la casta. Veamos.

Hoy recorre al mundo el fantasma de la recesión económica, la inestabilidad financiera y el desplome de los precios del petróleo. Para el caso de México, esto se traduce en insuficiencia de recursos para mantener un gasto público que contenga la caída del nivel de vida de la población mayoritaria. Aunque el secretario Videgaray acaba de anunciar que no se crearán nuevos impuestos ni se elevarán los ya existentes, lo más probable es que el presupuesto del gobierno federal se reduzca para 2016 y que sigamos teniendo un magro crecimiento económico, como ya se ha dicho. A esto hay que agregar los posibles efectos inflacionarios que nos traiga el alza en el precio del dólar. Todo ello presagia que los indicadores de pobreza seguirán deteriorándose, que ya de por sí venían in crescendo.

En algunos países cercanos, como Brasil y Guatemala, los ciudadanos, decepcionados de la política, se manifiestan de manera virulenta y exigen la caída de sus presidentes. La motivación, más que ideológica, se funda en el hartazgo que les provoca la percepción de que los políticos y los funcionarios ejercen sistemáticamente actos de corrupción. Esto, naturalmente, debilita la legitimidad de los gobiernos, socava su apoyo ciudadano, y no sólo propicia la movilización popular en su contra, sino que pone en riesgo la vigencia de las instituciones, pues no pocas veces se alzan voces que ven en la violencia política el camino a seguir. El peligro de que caiga algún presidente latinoamericano por esta vía radica en el efecto dominó que pueda tener en los sectores sociales más radicalizados de México.

A estas circunstancias hay que sumar el conflicto entre el gobierno y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, sobre todo en Oaxaca. Más allá de que es necesario mejorar sustancialmente la educación elemental en México, y de que en ello intervienen muchos factores, el asunto es ver si el gobierno tendrá la capacidad de mantener bajo control el movimiento de la CNTE y evitar el contagio del conflicto en el resto del país y en otros sectores sociales organizados.

Otra posibilidad de foco rojo es el primer aniversario de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Es probable que los ánimos se vuelvan a encender, pues la herida no ha cerrado y no sabemos si pueda profundizarse más en la medida en que aún no termina de aclararse lo sucedido y tampoco de procurarse la necesaria y exigida justicia.

Me pregunto si los cambios en el gabinete, que en buena medida reflejan el fracaso de algunos secretarios sobre temas puntuales -Ayotzinapa, fuga de Joaquín Chapo Guzmán, incapacidad para llevar a buen puerto la reforma educativa-, son suficientes para que realmente se renueve el ánimo no sólo del presidente, sino de los millones de mexicanos que cada día ven cómo la idea de que algún día tuvimos país se desvanece entre nuestros recuerdos y nuestros sueños.

¿No será que necesitamos un cambio de estrategia encaminado a recuperar la confianza de los ciudadanos en el presidente y en las instituciones? ¿No será que necesitamos, más que discursos, una comunicación de ida y vuelta, entre los ciudadanos y el gobierno, entre los partidos y el gobierno, y entre los empresarios, los líderes sociales y el gobierno, en los que se expongan nuestros problemas y se discuta la manera de resolverlos?

La clave es que el gobierno de Enrique Peña Nieto mande la señal, con acciones inequívocas, de que está del lado de la gente, de que México y su destino le importan. No es necesario decir aquí cuáles son las acciones que los ciudadanos esperan. Todos las conocemos. Una de ellas, tal vez la principal, es el combate a la corrupción.