Atrevimientos

Regresar la filosofía al pantano

Le quiero recomendar un artículo de Robert Frodeman y Adam Briggle, profesores de la Universidad del Norte de Texas, aparecido en Letras Libres en abril pasado. Se titula “Cuando la filosofía perdió su camino”. Sospecho que más de alguno estará en desacuerdo con lo que los autores plantean: la crítica a la pretensión moderna de convertir a la filosofía en una disciplina científica dedicada a la acumulación progresiva de conocimientos sobre un campo de investigación delimitado, y regida por los criterios técnicos de las ciencias empíricas.

Quienes se incomoden frente a la postura de Frodeman y Briggle, aducirán que es cuestión de tiempo, a pesar de las dificultades que ello entraña, para que la filosofía termine por encontrar su lenguaje formal particular, sus objetos específicos de investigación y su manera de probar que hace avances medibles en la tarea de describir una parte del mundo.

Para los que así piensan, la filosofía debe olvidar su larga historia enraizada en la Antigüedad y la Edad Media. Ese pasado no es más que una colección de errores y falsos problemas que extraviaron a los pensadores durante miles de años. Intentar recuperar la vocación filosófica clásica estorba en la tarea de convertir a la filosofía en una ciencia racional y analítica a la manera de las ciencias modernas. De lo que se trata es de purificarla, alejarla del pantano en que se mete todo el que argumenta en favor de ciertas posiciones sobre los asuntos prácticos y morales que nos presenta la vida.

Pero recuperar la vocación clásica de la filosofía es, precisamente, lo que se deriva de las afirmaciones de Frodeman y Briggle: la filosofía debe, otra vez como antaño, indagar cómo hacer prevalecer el bien y desarrollar la virtud entre sus cultivadores. ¿Quiénes somos?, y ¿cómo debemos vivir?, son los complicados dilemas de la vida de los que se deben hacer cargo los filósofos. Esta vocación se perdió cuando la filosofía dejó de ser el tronco del que proceden las demás cepas del conocimiento y se convirtió en una rama más al lado de la ciencias modernas, la física, la biología, la química, etcétera, y las ciencias sociales.

Antes, según Frodeman y Briggle, las ciencias trabajaban al amparo de la filosofía que reinaba sobre ellas y unidas buscaban las respuestas a las preguntas mencionadas. Ahora, convertida la filosofía en una disciplina más, a sus cultivadores se les desarrolló un complejo de inferioridad. Luchan desesperadamente por alcanzar el prestigio y la influencia de los científicos, para sólo constatar que se han marginado de la sociedad y que también ocupan un papel secundario en la universidad. 

Los filósofos no asumen, como me lo hizo ver un joven licenciado en filosofía por la Universidad de Guadalajara, que la inutilidad práctica de su saber no le quita su sentido, pues puede servir para orientar a los seres humanos en su decidir cotidiano frente a las encrucijadas de la vida. Si quieren hacerlo deben convertir su vida en testimonio de lo que profesan, comprometer su existencia en los posicionamientos públicos que sostienen.

Algo similar afirma William Barrett en su libro El hombre irracional. Interpreto lo que dice en el sentido de que los profesores de filosofía modernos, incrustados en los departamentos de investigación de las universidades, son especialistas sin alma que exploran técnicamente un ámbito de conocimiento y se olvidan del antiguo sentido de misión que orientaba la vida de los filósofos; nada hay ya que implique una conexión entre la manera de vivir y la manera de pensar, entre el modo de escribir, educar y ser ciudadanos.

¿Están en la universidad los encargados de dilucidar cómo debemos vivir, qué significa el bien y cómo alcanzarlo? ¿Qué papel les toca en la formulación de tales respuestas a los químicos, los agrónomos, los epidemiólogos y los odontólogos, por ejemplo? Y los filósofos, ¿cómo pueden participar en ese esfuerzo de elucidación crítica y moral?

Véase lo que plantean Frodeman y Briggle:

“...nuestro reclamo es el siguiente: la filosofía nunca debió haber sido purificada. En vez de percibirse como un problema, “ensuciarse las manos” debió entenderse como la condición natural del pensamiento filosófico: presente en todos lados, frecuentemente intersticial, esencialmente interdisciplinario y transdisciplinario por naturaleza. La filosofía es un pantano. Las manos de los filósofos nunca estuvieron limpias y nunca debieron estarlo”.

Hay que superar el divorcio entre el conocimiento y el bien, el hiato que separa el saber y la virtud, la distancia que aparta la comprensión del todo y el análisis de sus partes. Intentarlo no implica dejar el rigor en el análisis y tampoco echarnos en brazos de un irracionalismo sentimental y absurdo. Todo lo contrario, pues es posible y urgente, creo, arriesgarse a reconciliar la razón con el  juicio moral, la especialización técnica con la visión de conjunto.