Atrevimientos

Rafael Pérez Gay y el cerebro de su hermano

José María contrajo un padecimiento degenerativo de su sistema nervioso. Todo comenzó de manera imperceptible, hacia los 65 años de edad o quizás antes.

Me tomó años entender que la muerte es un hecho cruel que define la vida: sin la conciencia de ese acto sin retorno, nadie comprenderá la índole misma de la existencia; si no admitimos que los días felices están contados, no hay lugar para el placer y la diversidad de cosas magníficas que hay en el camino a la tumba”.

Éste es el párrafo más contundente, el más severo, que contiene el libro de Rafael Pérez Gay, **El cerebro de mi hermano. Pero no es, naturalmente, el único pasaje iluminador, sino un componente clave de una trama magistralmente contada acerca de un hecho irrevocable y fundamental: la enfermedad y prematura muerte del escritor, traductor, ensayista y diplomático mexicano José María Pérez Gay, ocurrida el 26 de mayo de 2013.

José María contrajo un padecimiento degenerativo de su sistema nervioso. Todo comenzó de manera imperceptible, hacia los 65 años de edad o quizás antes: primero, una desmedida necesidad de dormir y descansar que notó Rafael en los viajes familiares; luego, una cojera poco a poco se le fue quedando en el cuerpo y lo mandó a la silla de ruedas; después, perdió las capacidades de hablar y recordar. Así, José María quedó confinado a un constante murmullo gutural que abandonaba cuando sus enfermeros ponían en su boca una paleta de caramelo macizo. Su cerebro había sufrido una serie de micro-infartos que lo erosionaron.

El libro, último ganador del Premio Mazatlán, es un ejercicio de reconciliación con las durezas de la vida. Hace varios años, el poeta sinaloense Febronio Zataráin me explicó que un texto es auténtica literatura cuando va más allá de divertir al lector y penetra en la condición humana. La literatura genuina es un viaje por la profundidad de la existencia. Ésta se revela en los acontecimientos que me tocan: los que me hacen feliz o desdichado, los que me enfrentan conmigo mismo y cancelan o realizan mis sueños. La narración ordena los hechos de manera que me conducen a un sitio desconocido, pero del que yo ya tenía alguna intuición.

El buen escritor logra que nos reconozcamos en sus líneas. Una descripción de algo particular se vuelve universal: dice lo que muchos quisiéramos decir. Rafael Pérez Gay lo consigue en este magnífico libro. Su prosa es transparente, precisa y sin dramatismos excesivos: muestra sólo lo necesario y sin ornamentos que confunden al lector. Algunos pasajes me han conmovido de manera especial, tal vez porque contiene palabras que quisiera poder decirle a las personas que amo a pesar de todo.

Me refiero a este párrafo arrancado a uno de los momentos más felices vividos por los Pérez Gay, en la playa, y cuando la enfermedad de José María alcanzaba su etapa terminal:

“En algún momento de la tarde acerqué mi cara a la suya, la frente y la nariz juntas, y le pregunté:

––¿Me oyes? ––parpadeó––. ¿Quién te quiere?

Era la despedida, con un recuerdo de mamá que nos decía cuanto nos quería con esa pregunta que traía consigo la respuesta”.

Es el propio autor quien afirma que éste fue uno de los momentos más felices del proceso de la enfermedad. Me pregunto por qué lo califica de esa manera. Pienso que, con ese acto, Rafael y José María se demostraron que estaban unidos a pesar de la inclemencia de la enfermedad, y no obstante que sus vidas tuvieron algunos desencuentros.

Catorce años separaban a los hermanos. Una mañana de 1964, la familia Pérez Gay fue al aeropuerto de la Ciudad de México a despedir a un joven de 21 años que partía a Alemania para un exilio de estudios del que regresaría 15 años después. Llegó convertido en un hombre al servicio de la cultura, las letras y las ideas. Escribió ensayos, artículos periodísticos y novelas, tradujo textos de grandes autores alemanes, fue Embajador en Portugal y director del Canal 22 de televisión.

Las elecciones presidenciales de 2006 distanciaron a los hermanos porque José María se convirtió en uno de los principales asesores del candidato Andrés Manuel López Obrador. Rafael, que cubrió la campaña para la prensa mexicana, tenía sus reservas para con la izquierda política mexicana. No comprendía que Chema Pérez Gay entregara su energía a una actividad para la que no había nacido. Lo de su hermano era el aula, el argumento racional y no la perorata política. La tristeza de una derrota inesperada, sugiere Rafael, probablemente precipitó su decadencia física.

La enfermedad resolvió las diferencias entre los hermanos, pero sumió a José María en un silencio que no pudo interrumpir. En una ocasión, estando enfermo pero todavía en plenitud de facultades mentales, José María dijo que la vida es cruel. Rafael lo interpeló para tratar de profundizar en sus sentimientos. Fue inútil. Jamás habló de lo que venía después.

Rafael Pérez Gay cree tener una respuesta: “ante el ataúd de mi hermano recordé que cuando yo tenía seis años y el veinte, montábamos un arte dramático en el cual él era el Santo y yo Blue Demon. En algún lugar siempre seremos esos dos enmascarados”.

raulso@hotmail.com