Atrevimientos

El "Poli" y la oportunidad de Osorio Chong

Frente al conflicto del Instituto Politécnico Nacional, Miguel Ángel Osorio Chong tuvo una actuación innovadora y valiente. Así lo han reconocido varios analistas y algo similar se desprende del clima de aprobación que propició entre los estudiantes del IPN.

La actitud de Osorio Chong es inédita; su disposición a hablar de tú a tú con las impetuosas masas juveniles no abunda entre los funcionarios mexicanos. El secretario mostró profesionalismo. Al final, salió bien librado: la presión disminuyó y el Poli ha dejado de ser un foco rojo en el tablero del gobierno federal.

La realidad, sin embargo, como siempre, admite más de una lectura. Una cosa es evitar un incendio político en una institución, y otra, diferente, es procurar avanzar en la solución de los problemas de fondo que provocaron la crisis. Esta es la tarea que tiene por delante el gobierno.

Más allá de que tal vez era inevitable la remoción de la directora general del IPN, y de que había que evitar el desbordamiento de la situación, ¿fue lo más correcto conceder todas las peticiones estudiantiles sin siquiera hacer ninguna consideración de lo que está en juego? ¿No hay ningún elemento rescatable en los cambios al reglamento del IPN que buscaba implantar su directora general? ¿Qué tratamiento le debería haber dado al tema la Secretaría de Gobernación si se hubiera asumido que es necesario hacer cambios en el IPN y que por lo menos algunas de las propuestas de la directora general iban en la dirección correcta?

Es cierto que la doctora Yoloxóchitl Bustamante pudo haberse mostrado más sensible frente a las preocupaciones de los estudiantes, a pesar de que concedió el aplazamiento por un año en la aplicación de los cambios aprobados en el reglamento del Instituto Politécnico. En una entrevista con Carmen Aristegui interpretó la movilización de los alumnos como una acción impulsada por motivaciones políticas ajenas a los estudiantes de su centro educativo. En otras palabras, descalificó de un tajo el activismo estudiantil; eso, naturalmente, fue un error.

No puede negarse, pues, que ella exageró en sus apreciaciones, o que, por lo menos, no fue políticamente correcta, y careció de la pericia que se requiere cuando se trata de impulsar cambios en la vida de las universidades mexicanas, las cuales, ya sabemos, suelen estar atravesadas por dinámicas políticas que vuelven difícil su conducción.

Se puede aceptar, entonces, que se provocó un distanciamiento infranqueable entre Yoloxóchitl Bustamante y la comunidad politécnica. Además, se debe reconocer que una vez despierto el gigante estudiantil podía convertirse en una fuerza incontrolable capaz de arrasar con todo, no sólo con la continuidad de la vida institucional del Poli, sino con la tranquilidad política del país. Había que calmar los ánimos; y si era con la frescura y eficacia del secretario Osorio Chong, todavía mejor.

Sin embargo, las preguntas de arriba siguen allí. ¿No hay, en la propuesta de un nuevo reglamento y en las modificaciones a planes de estudios, nada que sirva, ningún aspecto en favor de los estudiantes del Politécnico y sus necesidades educativas? ¿No es cierto que luego de más de quince años sin cambios en algunos planes de estudios del Poli, estos se han vuelto indispensables?

Lo relevante es si la formación que reciben los miles de estudiantes del Poli los capacita para ganarse un buen futuro profesional, y si este instituto universitario está a la altura de lo que el país necesita. El gobierno federal tiene esta responsabilidad, máxime que el IPN carece de autonomía.

El gobierno de Enrique Peña Nieto ha asumido una vocación reformista. ¿Cómo realizar reformas entre comunidades tan complejas como las universidades? También en estas se juega el eslogan “Mover a México”. Empero, lo ocurrido en el Poli nos vuelve a recordar que en México resulta muy complicado reformar las instituciones educativas. No es sencillo propiciar el entendimiento entre autoridades, profesores y estudiantes, pues a las naturales diferencias de visión generacional hay que agregar las dificultades de comunicación que resultan de la existencia de perspectivas ideológicas y políticas de distinto signo que habitan en las casas de estudios.

Muchas veces no se comprende que la educación implica un compromiso que está más allá de las visiones ideológicas, las coyunturas políticas y los intereses de grupo. Asumir la necesidad de la mejora de las universidades implica mucho más que superar una coyuntura crítica provocada por medidas de cambio erróneamente concebidas o implementadas.

El asunto de fondo es construir un acuerdo entre estudiantes, profesores y autoridades, incluyendo al gobierno, para que se renueven las prácticas del trabajo en el aula y se asuman las obligaciones y los derechos de todos los involucrados en el quehacer universitario. Si Osorio Chong se encaminara a ello, alcanzaría una altura insospechada.

 

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