Atrevimientos

Las Patronas de Veracruz

Debo confesar que sí sabía de su existencia, pero de manera muy vaga; sólo por menciones de la televisión o comentarios verbales. Fue hace ocho días que comencé a conocer la increíble historia de las Patronas: asistí al Cineforo de la Universidad de Guadalajara y vi la película **Llévate mis amores. Es, en realidad, un documental aparecido a fines de 2014. Lo dirigió Arturo González Villaseñor con la producción de Indira Cato, quien también ha sido la guionista. De acuerdo con un artículo de Elena Poniatowska, el fotógrafo del filme es Antonio Mecalco y los tres son menores de treinta años.

Aunque dignos de reconocimiento por su talento y entusiasmo, estos jóvenes no son los héroes a los que me quiero referir, sino las personas cuya tarea se describe en la filmación. Son unas quince mujeres las que merecen el calificativo de heroínas. Con su esfuerzo cotidiano, iniciado desde hace más de veinte años, dan de comer y beber a los migrantes que viajan en **La bestia, como se conoce al tren carguero que atraviesa el sur mexicano a partir de la frontera con Guatemala -desde Tapachula y Tenosique-, y que más al norte se bifurca de nuevo en las franjas occidental y oriental de la geografía mexicana.

Las Patronas se colocan a lo largo de la vía, junto a las carretas y carritos en que transportan sus bolsas de comida. Su propósito es cubrir la mayor cantidad de vagones posible. Saben que el tren viene hacia el norte (y, por consiguiente, repleto de migrantes) porque hace un ruido distinto al que produce cuando avanza en sentido contrario. El tren se aproxima. A veces, no siempre, el maquinista baja un poco la velocidad. La mirada fija en el objetivo. La concentración más absoluta: un error puede traer graves consecuencias para ellas o los viajantes. Estos apoyan sus pies en las escaleras del vagón y con la mano izquierda se sostienen; dejan libre la otra para tomar el bastimento.

Durante fracciones de segundo, dos intenciones se encuentran: la de quien quiere regalar un poco de alivio, y el afán del que lleva varios días sin probar alimento. Gracias, gritan los migrantes en medio del inmenso estruendo provocado por **La bestia: la bolsa con arroz, frijoles, pan y totopos o tortillas ha llegado a su destino. También las botellas de agua amarradas con hilo de vinil. Ellas sonríen un instante, quizás más, para luego dejarse aprisionar por la tristeza: miran al carguero que se aleja, duro e impersonal, y saben que a los improvisados pasajeros les espera un incierto destino. Muchos serán asaltados y algunos secuestrados, otros más asesinados. No faltará el que vencido por el sueño se caiga de **La bestia. Muchas mujeres serán violadas antes de llegar al norte.

Nada de esto desanima a las Patronas: ellas han hecho lo que consideran su deber, el grano de arena que parece poco, pero es muchísimo. Aunque todo se concreta en un instante, las labores que lo hacen posible son ingentes. Hay que conseguir en tiendas el frijol, el arroz, el agua, el pan, las botellas, las bolsas, los hilos de vinil, el aceite, tener limpios los cazos, la leña para el fuego y, cuando se pueda, algunas latas de atún. Y luego preparar todo, limpiar el frijol y cocerlo, guisar el arroz, freír los totopos y embotellar el agua. Después hay que hacer los paquetes. Una vez que todo está listo es necesario estar atentos al silbido del tren. Esto todos los días del año. 

Todo esto ocurre en el caserío conocido como La Patrona, perteneciente al municipio de Amatlán de los Reyes, Veracruz, que tiene unos diez mil habitantes y no se destaca, precisamente, por su bienestar material. ¿Cómo explicar que un grupo de mujeres campesinas y con recursos muy escasos regalen su esfuerzo a quienes no les entregan nada a cambio? Todo comenzó cuando un migrante les pidió una bolsa de pan y las muchachas de la familia Romero Vázquez decidieron regalarla por el simple deseo de ayudar al prójimo.

Estoy seguro de que sí reciben algo a cambio: la satisfacción interior que les provoca hacer el bien. Las Patronas se identifican con sus migrantes, los consideran personas que merecen una mejor suerte; padecen sus sufrimientos y disfrutan sus alegrías. Se arriesgan para ayudar a los que se accidentan en el tren, les pagan sus medicinas y hasta los curan, porque las autoridades mexicanas se niegan a atenderlos y tampoco reciben el apoyo de hospitales públicos. Después de todo, los migrantes son considerados ilegales y reciben de México un trato inhumano.

Si los políticos y muchos ciudadanos tuviéramos un poco de la calidad humana de las Patronas, México sería distinto. En diciembre de 2013, el presidente Peña Nieto le entregó a Norma Romero Vázquez, la líder de las Patronas, el Premio Nacional de Derechos Humanos. Ésta dijo en su discurso: “...cada quien desde su vida cotidiana puede propiciar un cambio. Hacemos un llamado a las instituciones y a la sociedad civil para que se pongan las pilas y trabajen para su pueblo”. Son palabras que pesan porque quien las dice es ejemplo.