Atrevimientos

El Paseo Chapultepec

Para quien esto escribe los sábados suelen ser días pesados, pero no porque impliquen una carga adicional de trabajo. Después de una semana de quehacer abrumador y asuntos que quedaron pendientes, uno ya no quiere saber nada. A lo más, aislarse en una burbuja hasta que llegue el lunes para comenzar de nuevo. Si no hay alguna obligación casera, sólo atino a tratar de descansar lo más que se pueda para reponer fuerzas físicas y emocionales.

Raras ocasiones hay un buen partido de futbol en la televisión. Lo más común es que el Cruz Azul siga sin convencer, a pesar de que por momentos juegue bien; antier perdió, imagínese usted con quién: los ya casi descendidos Dorados. Y del Atlas mejor ni hablemos: su delirio es perder sin merecerlo, como ante el Morelia. Y lo peor también ocurrió hace dos días: el América goleó. Tal vez por eso, muchas veces ya por la noche, el techo y las paredes de mi habitación conspiran en mi contra: me reclaman huir hacia la calle para refrescarme con una caminata que me quite la espesura.

Cuando logro superar la resistencia al movimiento, voy al paseo Chapultepec. Algo tiene que llama la atención. Nada más llegar y se vuelve evidente que Chapu es, sobre todo los sábados, un núcleo vital de Guadalajara. No se compara, por supuesto, a un sitio como Andares, que hoy encarna la máxima realización a la que pueden aspirar las clases altas tapatías y aquellas que pretenden emularlas. Chapu es diferente. Es algo mucho más enraizado en el entorno social y urbano: se ubica en pleno corazón de la colonia Americana y se vincula a barrios como Santa Tere, la Capilla de Jesús, el de San Antonio o la colonia  Moderna. Para acabar pronto, Chapu es más real porque el consumo y el estilo de vida que ofrece están más al alcance de la mayoría de la gente.

No son de celebrarse, hablando de los negocios en la zona, aquellos que se dedican a vender micheladas, alitas y cosas por el estilo, y tampoco otros que vuelven las calles muy ruidosas y complicadas ya bien entrada la noche. De todos modos, en honor a la verdad, esos giros tienen derecho a existir y atienden a una franja juvenil para la que son accesibles. También hay otros negocios, algunos restaurantes, cafés, neverías, salones de belleza, pubs, librerías, que le dan a la zona un toque particular, casi rayando en lo fresa. Es el caso del nuevo “Mercado México” que reúne una oferta gastronómica diversa y de calidad. A unos cuantos meses de su apertura, parece consolidarse como un proyecto moderno y atrevido.

Pero la verdadera gracia de Chapu está en su camellón de varias cuadras de largo. Su remodelación no fue extraordinaria, pero tampoco estuvo mal. Sigo pensando que las luminarias deben sustituirse por unos faroles más clásicos, pero el conjunto es afortunado. Hasta puede hacer recordar a Las Ramblas de Barcelona con la diferencia de que aquí las cuadras son muy cortas y es necesario atravesar las bocacalles que cruzan la avenida para continuar el trayecto.

Durante la semana el camellón de Chapu es un lugar preferido de los jóvenes. Sin embargo, el momento estelar llega los sábados. Cientos de transeúntes acuden a mirar, comprar, escuchar, bailar, patinar, pasear a sus niños y cualquier otra cosa, al lado de vendedores, expositores, bailarines, payasos, masajistas, mimos, artistas, eskatos, músicos, dibujantes, libreros de usado, artesanos, indígenas, cácaros y cualquier cantidad de personajes que se le ocurra imaginarse.

El camellón es una colección de fantasías de muchos sectores sociales que, sin saberlo, dan vida a la ciudad y la convierten en una casa común. Allí puede usted mirar niños, parejas, jóvenes, adultos y ancianos que simplemente quieren caminar y sentir el aire en la cara, ver una película y perder los sentidos en la realidad. Van al encuentro de aquellos que acuden allí para mostrarse. Creo que la esencia de lo urbano es una voluntad por expresar cualquier forma de manifestación estética que rompa con lo establecido.

Llaman mi atención unos jóvenes que ponen una grabadora en el suelo, la hacen tocar y enseguida bailan una danza improvisada llena de vigor, acrobacia y optimismo; se contorsionan, se tiran al piso y se vuelven a levantar. Son uno con la música: nada importa, sólo el momento. A la altura de la calle López Cotilla miro unos percusionistas que con cualquier objeto entrelazan una mezcla de ritmos contagiosa y animante. En la perpendicular de Libertad, una pareja de cantantes, muy posesionada, hace llevadera la tarde; se les nota su necesidad de ser escuchados. Otros ponen unos tapetes sobre el piso para dar masaje al que se anime.

Sólo menciono unas cuantas cosas que demuestran que los tapatíos están haciendo del Paseo Chapultepec y sus zonas aledañas un área emblemática de Guadalajara. Lo han hecho con alegría a pesar de que caminar por ahí, como por otras partes de la ciudad, significa un reto para protegerse de los asaltantes y lidiar con los que viven de dar cristalazos a los automóviles.