Atrevimientos

El Papa Francisco y Juan XXIII

Hannah Arendt dedicó uno de los ensayos que integran su libro Hombres en tiempos de oscuridad a alguien con quien ahora el Papa Francisco está siendo comparado: Angelo Giuseppe Roncalli, nombre original de Juan XXIII, máximo jerarca de la Iglesia entre 1958 y 1963, y cuya acción dejó una marca indeleble en el catolicismo del siglo veinte. Entre las cosas que comparten estos dos papas, hay una que llama la atención: la sencillez personal, el trato de cercanía hacia los demás, y la convicción de que todos somos iguales.

Juan XXIII fue conocido como el Papa bueno, calificativo que, dicho sea de paso, nos lleva a una pregunta irónica: ¿no deberían todos los papas ser hombres buenos? Que Roncalli lo era es algo que parece estar fuera de duda: esta percepción forma parte del imaginario colectivo y se repite en muchos textos y sitios de Internet. Pero su bondad no era, nunca lo fue, sinónimo de incapacidad política o falta de voluntad para comprometerse con los hechos. En una ocasión, Juan XXIII escribió: “ser cortés y humilde no es lo mismo que ser débil y acomodaticio”.

Sorprendida de que un verdadero cristiano haya llegado a ser Papa, Arendt afirma que Roncalli “decidió tomarse al pie de la letra, y no ya simbólicamente, cada uno de los artículos de fe que le habían enseñado”. Él realmente quería, continúa Arendt citando a Juan XXIII, “ser aplastado, despreciado, menospreciado por amor a Jesús”. Un episodio que demuestra el talante moral de Roncalli ocurrió cuando un embajador alemán, de nombre Franz von Papen, le solicitó utilizar su influencia para que el Papa Pío XII apoyase a Alemania, en el marco de la segunda guerra mundial. La respuesta de Roncalli fue tajante: “Y qué diré de los millones de judíos que sus compatriotas están asesinando en Polonia y en Alemania”. Recuérdese que Pío XII dio su aquiescencia al régimen de Hitler y actuó con disimulo ante el exterminio de millones de judíos.

Roncalli llegó inesperadamente a la silla de San Pedro, pues no pertenecía a ninguna de las corrientes que se disputaban el papado; además, por su avanzada edad, se pensaba que el suyo sería un corto periodo de transición, sin la mayor trascendencia. Al mundo le esperaba una sorpresa, desde el principio tuvo conciencia de que la Iglesia debía encarar una tarea histórica: ponerse al día, iniciar un diálogo con la modernidad y con otras religiones cristianas. El 25 de enero de 1959, mediante un pequeño discurso, Juan XXIII anunció al mundo la celebración del Concilio Vaticano II, ejercicio de revisión crítica que llevó a la Iglesia a un mayor acercamiento con los fieles. Nuestra actual modernidad debe mucho a este hombre. Baste con señalar que antes de su papado las misas se celebraban en latín y con los oficiantes dando la espalda a los asistentes.

El Papa Francisco ha demostrado tener, además de sencillez y una actitud que supera el tradicional modo de ser monárquico de los jerarcas eclesiales, la disposición para asumir el reto de cambiar aspectos importantes de la institución. Francisco ha sido capaz de afirmar su propia personalidad, humana y cálida, comprensiva y tolerante, frente a la sombra que aún proyecta la impactante presencia de Juan Pablo II, cuya fuerte autoridad marcó más de dos décadas en las que la Iglesia dio un giro hacia el conservadurismo doctrinal. No es un asunto menor, sobre todo si consideramos que Benedicto XVI no logró llenar el hueco de su antecesor.

Francisco ha reconocido que la Iglesia está perdiendo credibilidad y adeptos. No sólo por la renuencia de la institución a adaptarse a la modernidad y reconocer algunas de las libertades contemporáneas, sino por su incapacidad para dejar de solapar a los sacerdotes que abusan de sus feligreses. En estos momentos, Francisco necesita exigir que la reforma de los Legionarios de Cristo sea auténtica y profunda. Por otra parte, el Papa está empeñado en transparentar las finanzas del Vaticano y en erradicar las prácticas incorrectas de su banco.

Dice el experto en religión Bernardo Barranco que Francisco está poniendo más énfasis en la agenda social, la preferencia por los pobres, que en la agenda moral, es decir, las cuestiones de los homosexuales, los nuevos matrimonios y el aborto. No es un hombre revolucionario, sino un reformador sensible y humilde que probablemente no se va a enfrentar a la tradición moralista católica, pero tampoco la va a reforzar. De cualquier manera, está impulsando cambios que serán muy importantes. Para consolidarlos, deberá derrotar a las resistencias que tiene en el camino.

El Papa Francisco nos está recordando el valor que tiene un individuo dotado de voluntad. Me hace pensar que Arendt tuvo razón al afirmar que en los tiempos de oscuridad podemos esperar cierta iluminación, y que ésta “puede llegarnos menos de teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que irradian algunos hombres y mujeres en sus vidas y obras”. Ojalá que sea su caso y pueda equipararse a Juan XXIII.