Atrevimientos

Oliver Kozlarek y la modernidad como conciencia del mundo

De manera corriente, la palabra modernidad significa vivir en el presente y anhelar el futuro: implica que habitamos un tiempo contrapuesto al pasado y a la vida tradicional de nuestros ancestros. Aunque suene abstracta, representa los sueños de la clase media y, cada vez más, las aspiraciones de la población de escasos recursos. A llenarla de contenidos se apresuran todos los días los políticos, con sus espectaculares frases y promesas de obras. Saben bien que ofrecer el mundo moderno seduce a los electores, pues pocos se resisten al deseo que provocan las imágenes de la infraestructura y el estilo de vida de los países avanzados.

No es, por supuesto, un afán que tenga pocos años. México ha perseguido el ideal la modernidad por lo menos desde principios del siglo diecinueve. El liberalismo, el principal proyecto político de nuestra historia, tuvo como meta hacer de esta nación un país industrializado, capitalista, urbano, secular, organizado científicamente, respetuoso de la ley e integrado por ciudadanos.

La modernidad se originó en Europa, pero alcanzó su cenit en Norteamérica donde se expresaron las tendencias más extremas de una transformación social, política y cultural que se consideró de alcance universal. Por eso, los Estados Unidos se convirtieron en la principal referencia, el modelo a seguir, no sólo para México, sino para un enorme sector de la humanidad. En gran parte del mundo, la política concentró sus energías en secularizar la cultura, industrializar las economías y organizar racionalmente las instituciones de manera que fueran adecuadas para la vida moderna. También el socialismo marxista se propuso desarrollar las potencialidades productivas y organizativas de los países llamados atrasados.

Después de la Segunda Guerra Mundial, se impuso la idea de que todas las sociedades tenían el mismo camino por delante y el mismo punto de llegada. Se concibió a la organización técnica de la sociedad y la producción como la gran boca devoradora a la que habría que sacrificar las diferencias culturales de las naciones. Fue profetizado el fin de las ideologías y la convergencia de las sociedades industrializadas. Capitalismo y socialismo, más allá de su rivalidad, servirían a la ingente tarea de modernizar, desarrollar, urbanizar, educar, secularizar, edificar, producir y construir...

Hoy, ese afán de modernizar ha sido moldeado por la intensificación de la globalización. Ésta ha traído consigo tendencias contradictorias: por una parte, ha incrementado la uniformidad de muchos aspectos de las sociedades, como la producción y el consumo, la mercadotecnia y los estilos de vida; por la otra, ha ocasionado la defensa de formas de vida particulares y la lucha por el reconocimiento de identidades de muchos grupos sociales que no se miran en el espejo de lo moderno.

El mundo se ha hecho más pequeño y ha unificado muchas costumbres y maneras de ser, pero con ello también ha expandido las posibilidades de crear una conciencia compartida, a la vez común y plural, de toda su complejidad y diversidad. En nuestros días ha quedado claro que la modernidad no significa un sendero único para todas las sociedades, sino que cada una puede seguir su propia marcha histórica; con ello, cada sociedad puede ofrecer un aporte particular a la experiencia contemporánea de vivir el mundo.

De todo esto, y de muchísimo más, nos habla el filósofo social alemán, Oliver Kozlarek, en un libro recientemente publicado, por la Editorial Siglo XXI, que se titula Modernidad como conciencia del mundo, Ideas en torno a una teoría social humanista para la modernidad global. Su idea fundamental es que en el presente asistimos a la posibilidad de concebir la modernidad de una manera distinta: ya no como una trayectoria constituida por etapas que tienen que ser transitadas linealmente por todos los países, sino como un proceso que adquiere particularidades de acuerdo con los rasgos, tradiciones y condiciones de cada uno de ellos.

En vez de poner el acento en el contraste entre el pasado tradicional y el presente, la idea de modernidad como conciencia del mundo reconoce la diversidad espacial de las sociedades, y la legitimidad de cada una de ellas, en términos de su derecho a seguir su propia manera de hacer advenir la modernidad. Kozlarek se inspira en el viajero alemán Alejandro von Humboldt, quien precisamente se distinguió por su conciencia del espacio geográfico y social, y por reconocer que la modernidad europea no es la única posible.

En nuestro tiempo, el mundo se ha convertido en el mundo de todos los hombres, dice Kozlarek, quien, por cierto, dedica dos capítulos a Octavio Paz. La modernidad se ha expandido pero no a partir de la irradiación de un patrón único de cambio, sino de manera contingente y compleja, asumiendo características distintas en cada sociedad que se interconecta a esa red de experiencias sociales que cohabitan en la Tierra.

 

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