Atrevimientos

Octavio Paz contra Octavio Paz

Paz acercó nuestro país al mundo e impulsó la formación de una perspectiva sobre las tareas políticas del México contemporáneo.

Entre los centenarios que se conmemoran en 2014 está el del natalicio de Octavio Paz (1914-1998). Paz imprimió a la conciencia intelectual de México una marca poética, ensayística y política de la que no es posible sustraerse, independientemente de los sentimientos que ello nos provoque. De ahí la ola de celebraciones, críticas, adhesiones y distanciamientos que en torno a su figura estamos presenciando.

Vaticino que el renacimiento del interés por Paz apenas comienza: con la perspectiva que da la distancia, en los próximos años se estudiarán con mayor profundidad las relaciones entre su vida y su obra, y los nexos entre sus posicionamientos personales y los graves episodios que configuraron el siglo veinte.

Paz tuvo la extraña capacidad para combinar la vida contemplativa y la vida activa. En 1989, al recibir el Premio Alexis de Tocqueville (de manos del Presidente Mitterrand), dijo:

“Quise ser poeta y nada más. En mis libros de prosa me propuse servir a la poesía, justificarla y defenderla, explicarla ante los otros y ante mí mismo. Pronto descubrí que la defensa de la poesía, menospreciada en nuestro siglo, era inseparable de la defensa de la libertad. De ahí mi interés apasionado por los asuntos políticos y sociales que han agitado a nuestro tiempo”.

Y vaya que Octavio Paz se apasionó con los problemas de su tiempo. Estuvo presente, vivencial o intelectualmente, en acontecimientos cruciales. Desde la guerra civil española hasta la caída del muro de Berlín, el fin del imperio soviético y el arribo de la democracia en Europa y América Latina, pasando por la guerra fría, la descolonización, la revolución cubana, la protesta cultural juvenil, los movimientos estudiantiles de1968, la crisis del régimen priista y las acciones de la izquierda política latinoamericana.

Como editor de las revistas Plural y Vuelta, Paz promovió el conocimiento en México e Hispanoamérica de una pléyade de autores de importancia mundial identificados con la democracia liberal y la crítica al socialismo real: Isaiah Berlin, Daniel Bell, Cornelius Castoriadis, Hans Magnus Enzesberger, Leszek Kolakowski, Jorge Semprún, Agnes Heller, entre otros. A través del diálogo con estos pensadores, Paz acercó nuestro país al mundo e impulsó la formación de una perspectiva sobre las tareas políticas del México contemporáneo.

Examinar la vida de Octavio Paz contribuye a desentrañar la contradictoria trabazón de ideas y política que hace avanzar la historia. A la luz de su centenario algo se ha hecho evidente: Paz es tan central para México que en torno a él, a sus pensamientos y a sus actuaciones públicas, se seguirán definiendo posiciones adversarias de la lucha política e intelectual en el país. El destino que tenga su obra en los próximos años, el modo en que se interprete, discuta y se utilice, o en que no se lean y se tergiversen sus textos, será un indicador de la calidad de nuestra democracia y del talante ideológico del régimen actual.

Hace unos días, en una celebración de Paz, el presidente Peña Nieto señaló: “Octavio Paz fue la mente mexicana más clara, plena y brillante del siglo veinte… Paz nos proporcionó una visión para comprender los elementos de nuestra identidad nacional, para repensar la historia de México, pero sobre todo para asumir nuestra responsabilidad contemporánea.” Sobre este pasaje inobjetable sólo quiero externar una advertencia: hay que valorar a Paz, pero teniendo cuidado de no convertirlo en una figura de mármol, en un engrane de un sistema de legitimación ideológica al servicio del poder.

Estoy de acuerdo en que Paz, hacia los últimos lustros de su vida, abandonó su marginalidad política y se volvió aquiescente con el estado mexicano. Sin embargo, eso no suprime las dimensiones críticas de su obra, y tampoco oscurece los momentos más luminosos de su quehacer, como cuando renunció a la embajada de México en la India, en protesta por la masacre del 68. En Posdata, esa extensión de El laberinto de la soledad escrita para responder a lo ocurrido en el 68, Paz escribió las que quizás son las palabras más lúcidas que se puedan decir sobre la tarea de la crítica en la construcción de una democracia: “Si la política es una dimensión de la historia, es también crítica política y moral (…) La crítica: el ácido que disuelve todas la imágenes (…) La crítica es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de la fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo. La crítica nos dice que debemos aprender a disolver los ídolos: aprender a disolverlos dentro de nosotros mismos. Tenemos que aprender a ser aire, sueño en libertad”.

Si se está de acuerdo con estas palabras, debemos utilizar a Paz contra Paz y evitar que se convierta en objeto de culto oficialista. Más importante que escribir su nombre con letras de oro en el Senado, es promover la lectura de sus obras entre las nuevas generaciones.

raulso@hotmail.com