Atrevimientos

Octavio Paz, el pasafronteras

Nunca terminaremos de valorar la obra de Octavio Paz porque está destinado a convertirse en un clásico. Podemos leer y releer sus líneas sin agotar su significado: siempre nos dirán algo que ensanchará nuestra comprensión. Paz discurre con ideas y también con imágenes, procura revelar ese juego de correspondencias, analogías y ecos infinitos en que se despliega la realidad. Poesía y prosa son la forja de su obra: su conjunción es, tal vez, el principal método que realiza la vocación intelectual de Paz.

Estamos, es cierto, en 2014, celebrando el centenario de su nacimiento. Pero no debemos volver a Paz, o ir hacia él, por una costumbre ritual o por la fascinación numérica del siglo transcurrido; tenemos una necesidad más profunda: tratar de entendernos y de entender el mundo de hoy. Nos urge porque vivimos, como él lo dijo, en una coyuntura mortal. Actuamos, sin saberlo, de acuerdo con lo que dictan las nociones que Paz nos legó: buscamos a tientas una nueva forma de comunión que nos haga superar la soledad.

Los caminos ensayados a lo largo del siglo veinte ya no llevan a ninguna parte. Desde fines de los años sesenta quedó claro que el socialismo real y el capitalismo existente no resolverían los problemas concretos de los hombres y sus comunidades. Vino un periodo de luchas por la libertad cuyas connotaciones variaron según tiempo y lugar: desde Praga hasta San Francisco, pasando por la Ciudad de México y París. Todas, sin embargo, manifestaron una similar necesidad de reconocimiento, fueron un intento de encontrar formas capaces de expresar a seres humanos que no se reconocen en sus instituciones y que son petrificados por la burocracia.

A pesar de que han transcurrido muchos años desde los sesenta, creo que seguimos en la misma coyuntura mortal. En el fondo, esas luchas rechazaron la idea de que estamos condenados a perseguir un futuro que nunca termina de llegar, se rebelaron contra la idea de que tenemos que imitar un modelo único de modernidad organizado con arreglo a un tiempo lineal en el que el porvenir se supone mejor que el ayer. En su Posdata al Laberinto de la Soledad, Paz dice textualmente: “Debemos concebir modelos de desarrollo viables y menos inhumanos, costosos e insensatos que los actuales. Dije antes que ésta es una tarea urgente: en verdad, es la tarea de nuestro tiempo. Y hay algo más: el valor supremo no es el futuro sino el presente; el futuro es un tiempo falaz que siempre nos dice ‘todavía no es hora’ y que así nos niega. El futuro no es el tiempo del amor: lo que el hombre quiere de verdad, lo quiere ahora. Aquel que construye la casa de la felicidad futura edifica la cárcel del presente”.

Este pasaje de Paz es extraordinario por la genialidad que revelan su estilo y sus palabras, pero también porque reverbera más allá del espacio de la política y lo institucional. En ello reside su contundencia. Nos conecta con lo real: los sentimientos de los hombres que están detrás de sus decisiones. El futuro es una realidad hipotética: el plano de las promesas. El presente, en cambio, es el plano de la acción: la dimensión de lo que es, de lo que se hace o se deja de hacer.

Creo con Paz en que el presente tiene la potencialidad de la reconciliación: sólo ahora podemos realizar lo que verdaderamente somos, hacer lo que realmente podemos, buscar aquello en lo que sinceramente creemos. La noción del tiempo lineal, por el contrario, nos erosiona: lanza nuestros sueños hacia un adelante que nunca llegará, pospone nuestros actos y, por lo tanto, nos nulifica.

En nuestros días, algunos sociólogos apoyados en las ideas Paz, como Oliver Kozlarek, a cuyo trabajo me referí la semana pasada, están imaginando nuevas vías para que la globalización no signifique la imposición de un modelo de organización que humille culturalmente a los países llamados periféricos, sino que favorezca el diálogo entre las civilizaciones. Hay esperanza porque la actual interconexión del mundo ha provocado que todos los países se estén “provincializando”. Dice Paz, en El peregrino en su patria, que hoy “el centro, el núcleo de la sociedad mundial, se ha disgregado y todos nos hemos convertido en seres periféricos, hasta los europeos y los norteamericanos. Todos estamos al margen porque ya no hay centro”.

Con Kozlarek podemos decir que un signo fundamental de nuestra época es la práctica de algo que distinguió a Paz: pasar fronteras. “Pasar fronteras -dice Kozlarek- especialmente aquellas que separan países, culturas, idiomas, es algo que cada vez más personas están haciendo en la modernidad”. Los que a diario pasan fronteras saben, entonces, que su cultura no es la más importante y que es necesario aceptar al que es diferente. A final de cuentas, las diferencias culturales posibilitan que tengamos un mundo cuya conciencia es más rica, un mundo que por fin se nos presente como lo que puede ser: un espacio múltiple, construido por todos, y que nos puede hacer sentir como en casa.

raulso@hotmail.com