Atrevimientos

Norman Manea: el exiliado en la FIL

En la ceremonia inaugural de la trigésima Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara el representante del presidente de México le entregó el Premio FIL de Literatura a Norman Manea, escritor rumano avecindado en Nueva York. Con expresión seria, pero cálida, hizo evidente, a través de su discurso de aceptación, que el jurado eligió a un hombre que vive la literatura como ejercicio de sobrevivencia personal.

No soy nadie para hablar del escritor Manea. Hablo por lo que vi y escuché. Entendí el efecto que puede tener en un ser humano decir lo que piensa, mostrar lo que siente, las consecuencias vitales de la escritura. Manea me dio la impresión de cargar un gran dolor, pero, al mismo tiempo, estar en paz, liberado del sufrimiento.

A la edad de cinco años, Manea fue arrancado de su natal Bucovina y puesto en un vagón de vacas con destino a un campo de concentración situado en una región conocida como Transnistria. El exilio sería la marca de su vida.

Cuando tenía nueve años, terminada la Segunda Guerra Mundial, Manea regresó a su ciudad de origen. Tiempo después abandonaría Rumania de nueva cuenta y acaso de forma definitiva, aunque nunca, por cierto, la dejaría en realidad. Seguramente por eso comenzó sus palabras haciendo un homenaje a los escritores a los que se les obligó a dejar su país y su lengua materna, pero quienes tuvieron siempre presentes “las raíces lingüísticas y espirituales de su biografía y bibliografía”.

¿Existe un sitio para refugiarse de la persecución y el exilio? Afortunadamente sí, parece contestar Norman Manea. El sitio lo encontró en un libro de cuentos populares rumanos, de dura pasta verde, que alguien le regaló cuando cumplió “la importante edad de nueve años”. El libro de cuentos le hablaba. “En la penumbra de la habitación escuchaba una voz que era y no era la mía”, dice Manea. Y más adelante remata con el efecto provocado por esa experiencia: “Pienso que fue entonces cuando se produjo en mí el milagro de la palabra, la magia de la literatura. Herida y consuelo a la vez”.

El refugio también lo encontró cuando se dejó llevar por la desesperada intención de escribir. Y lo habría de hacer en rumano, a pesar del contacto que tuvo desde niño con otros idiomas. La lengua propia es la casa, es la “lengua domicilio”. Esto es algo que también se revela con absoluta claridad en la extrañeza del exilio.

Ayer, en su conferencia de apertura del Salón Literario Carlos Fuentes, Manea volvió a comenzar con una referencia al exilio, y esta vez, me parece a mí, de modo más vehemente:

“Traumática dislocación y desposesión, el exilio es una experiencia humana esencial. Los textos antiguos nos hablan siempre de esta historia radical y extrema. Abraham en la Biblia y Ulises en la mitología griega son sólo dos ejemplos de esta vasta bibliografía vieja y nueva sobre el exilio humano”.

La escritura literaria de Manea es célebre por sus críticas al totalitarismo. A final de cuentas, la falta de libertad y democracia lo hizo salir de Rumanía. A pesar de ello, no hay en Manea una entrega fácil a la creencia en que las libertades del mercado son la solución a los problemas irresueltos por el socialismo estatista. En su discurso de aceptación del Premio FIL de Literatura afirmó:

“La caída del comunismo europeo me encontró muy lejos, pero exaltado por el cambio inesperado. Sin embargo, fui y sigo siendo escéptico con respecto a los nuevos eslóganes sobre la muerte de la ideología y el comienzo de la armonía universal. Mientras exista la humanidad existirán ideas e ideologías, conflictos y rebeliones, el ciclo de proyectos de la radicalización del futuro no se detiene en cualquier fase prometedora”.

Las palabras de Manea nos ayudan a entender el cambio de época que vivimos. Parecemos condenados a padecer, cada cierto tiempo, las mismas calamidades de siempre. El exilio se ha generalizado por las incontenibles olas migratorias de nuestros días, las consecuencias patológicas de las dictaduras siguen presentes y se mezclan con las “delicadas complicaciones de la libertad”. No hay paraísos de salida a esta situación. Con todo, nos queda el recurso de la lectura: emular al niño de nueve años que encontró en su libro de cuentos su refugio.

“¿Dónde podemos encontrar el lugar de la cultura y la literatura bajo el asalto de la vulgaridad, el comercialismo y las maniobras políticas del mundo contemporáneo? Recordé el bloqueo de Leningrado o Petrogrado o San Petersburgo, como quieran, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los cautivos comían ratones y gatos y perros y basura; no se podían defender del frío y las enfermedades, pero sobrevivieron, como iban a testimoniar, leyendo a la luz del candil y las velas a Tolstoi y Dostoievski en las viejas ediciones usadas de sus viviendas”.

La esperanza, pues, reside en ejercer la libertad del espíritu que resulta de la lectura, y también de la escritura. Aunque sea imperfecta, es lo mejor que hay.