Atrevimientos

"Narcobloqueos": la manifestación de lo obvio

A veces, lo obvio es lo más difícil de reconocer. Lo ocurrido el viernes pasado confirmó algo que ya se sabía: que Jalisco vive la ocupación de un verdadero ejército irregular, con hombres, armas, recursos, capacidad de organización, dinero y mentalidad suficientes para desquiciar la vida de la entidad y llevar a una crisis a sus autoridades e instituciones.

Digo que ya se sabía porque los indicios de esta situación han sido claros por lo menos desde hace unos cinco años. Recordemos los bloqueos de marzo de 2012 y los cadáveres depositados en una camioneta cerca de los Arcos del Milenio. Las ejecuciones, los desaparecidos y las fosas clandestinas que se volvieron parte de la vida cotidiana.

Por si todo aquello no hubiese bastado para hacer evidente el problema, en fechas recientes tuvimos una estela de eventos que mostraron más consolidada a la criatura criminal que asfixia a Jalisco: algunas estructuras municipales capturadas por la delincuencia, asesinatos de funcionarios y políticos, enfrentamientos armados, atentados y ataques al personal de la Fuerza Única de Jalisco, advertencias criminales con mantas, presencia de delincuentes en amplias zonas del estado.

El viernes quedó claro que la emboscada del 6 de abril, en San Sebastián del Oeste, fue sólo un preludio. ¿Qué sigue? ¿Estamos bajo una amenaza con motivos concretos misteriosos, pero cuyos efectos visibles no nos dejan más opción que imaginar desenlaces terribles? Podría ocurrir cualquier tipo de hecho violento y en cualquier escala. Para muestra, el botón de las novedades del 1 de mayo: la quema de gasolineras, bancos y comercios puede ser el primer paso en una escalada que incluya acciones abiertamente terroristas: cualquier cosa que las bandas consideren necesarias para sus fines.

Otra conclusión acerca de lo que podría ocurrir se desprende de manera natural si analizamos el caso de Michoacán: en su operación libre, con el territorio controlado a lo largo y ancho de Jalisco, las bandas criminales seguirán penetrando: vendrán las extorsiones generalizadas a empresarios y comercios, los secuestros serán cosa de todos los días y en cualquier sitio, el control criminal de las instituciones policiacas.

¿Pero por qué todo esto que es tan claro en sus manifestaciones, y cuyos orígenes datan de hace varios años, no ha recibido por parte de la sociedad y el gobierno la respuesta que se necesita? ¿Por qué todos estos años hemos seguido igual, como si nada grave estuviera pasando en el seno mismo de la sociedad jalisciense? Porque lo obvio no sólo es algo difícil de reconocer: frente a ello a veces también resulta complicado reaccionar. Hemos perdido el sentido de lo importante y lo urgente, que en este caso se combinan. No hacemos la lectura correcta de lo que tenemos frente a nuestros ojos y por ello no actuamos, ya no digamos para anticiparnos a los críticos escenarios que se ciernen sobre nosotros, sino para tratar de mitigar su peligrosidad y riesgo.

El apogeo de las industrias criminales no significa un simple desafío policiaco o militar, y no es nada más la consecuencia de que en México no tengamos estrategias eficientes de investigación e inteligencia. Es, sobre todo, efecto de un conjunto de complicaciones sociales de la mayor complejidad que rebasan a Jalisco. En ello se traslapan problemas de salud pública, como las adicciones a las drogas; problemas de corrupción y falta de funcionamiento adecuado de las instituciones; pero también problemas derivados de la exclusión de amplios grupos poblacionales de los beneficios del desarrollo social y cultural.

Estamos sumidos en una crisis que nos obliga a un debate profundo sobre los fundamentos mismos de nuestro acuerdo social como nación. Lo que más debería sorprendernos es que la retórica pública con la que se interpreta este problema no se suele articular con nociones como solidaridad con los sectores desfavorecidos, compromiso con la juventud y sus expectativas vitales, y búsqueda de alternativas para encontrar estrategias de desarrollo económico más incluyentes. Y lo más grave es que esa carencia proviene también de los ciudadanos comunes. Si fuésemos un país más maduro ya estaríamos llevando a cabo una transformación civil y política mayor.

Lo ocurrido el viernes debería servirnos para darnos cuenta de que somos una sociedad y tenemos problemas que no podemos resolver como individuos ni como grupos o partidos políticos. Se aplica como nunca la frase de que todos vamos en el mismo barco. Por ello, los jaliscienses deberíamos ser más solidarios entre nosotros y con nuestras autoridades, con los policías y militares que cumplen con su deber, con las familias de los que han fallecido, y con ese policía cuyo nombre no se dio a conocer, pero que el viernes pasado, estando en su día de descanso, persiguió a un delincuente para impedir su acto de barbarie. Afortunadamente, ahora se recupera en un hospital.

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