Atrevimientos

Michael Ignatieff y el triunfo del autoritarismo

Hace unos días el biógrafo de Isaiah Berlin, Michael Ignatieff, publicó en The New York Review of Books un artículo que le quiero recomendar porque nos ofrece una lúcida reflexión sobre las dificultades políticas de nuestro tiempo. Es una exhortación a volvernos realistas y precavidos, más conscientes de que vivimos una época de riesgo e incertidumbre. He anotado algunas afirmaciones que extraigo de Ignatieff.

1. - Con asombro y decepción estamos despertando del sueño en el que algunos caímos desde la década de los ochenta, cuando Francis Fukuyama predijo el fin de la historia. Por aquellos años creímos que los fascismos y los comunismos estaban condenados al basurero de los tiempos: el verdadero y único camino para el mundo entero, el monopolio del destino político y social, lo poseían las naciones democráticas occidentales. Las ideologías no liberales, y todo tipo de autoritarismos, habrían de erosionarse inevitablemente.

2.- La predicción de Fukuyama se acompañó de una creencia generalizada que también ha perdido vigencia: la tesis de que al fin de la guerra fría le habría de seguir un duradero orden mundial unipolar bajo la égida de los Estados Unidos como garante absoluto de la paz y la estabilidad. Los años noventa forjaron esa convicción: los americanos lucían inexpugnables. La primera guerra del Golfo Pérsico así lo confirmaba.

3.- Ahora, en cambio, vivimos una fragmentación político-militar del mundo. ¿Una prueba? Lo ocurrido en Ucrania recientemente y la recomposición de la tradicional zona de influencia rusa con sus países amigos y aliados.

4.- Hoy Rusia y China son poderes más que emergentes. No sólo desafían la capacidad de los Estados Unidos para mantenerse como el único poder hegemónico global; también socavan el prestigio de la democracia y el gobierno americanos. La ineficacia de la democracia estadounidense se hace evidente en la incapacidad de su clase política para acordar el presupuesto del gobierno federal, aplicar una política exterior que logre sus objetivos, garantizar una mejor educación y una mejor salud para sus ciudadanos, y regular las campañas electorales, por ejemplo.

5.- El gobierno chino, en cambio, es capaz de construir en poco tiempo un tren bala que comunica Beijing con Shanghai. Esto va más allá de provocar la envidia y el desánimo de los regímenes occidentales. Es la muestra de que los autoritarismos compiten con la democracia liberal sobre todo en el terreno de la eficacia y el control. Según Ignatieff, “el comunismo puede haber terminado como sistema económico, pero como modelo de dominación de estado está muy vivo en la República Popular de China y en el estado policiaco de Putin”.

6.- El nuevo autoritarismo impulsa “una forma familiar de modernización, dice Ignatieff, que asegura los beneficios de la integración global sin sacrificar el control político e ideológico sobre la población. Su modelo económico es un capitalismo de estado como mecanismo para fijar los precios, y su sistema legal opera por decretos (con frecuencia corruptos) en lugar del imperio de la ley”. Así, el mensaje que están lanzando estos nuevos autoritarismos a las élites de Eurasia, América Latina y África, es que hay una ruta alterna para el desarrollo moderno que consiste en crecimiento sin democracia y en progreso sin libertad.

7.- El prestigio de los regímenes autoritarios va a crecer más y más, sobre todo en la medida en que las democracias liberales estén siendo más y más penetradas por el poder del dinero. Los estados nacionales han perdido capacidad para regular los intereses que se suponían deberían controlar, provocando con ello que se sobrecargue a las clases medias y que se conculquen los derechos sociales de los ciudadanos. El drama de las democracias liberales es que son ineficaces para gobernar y tienden a concentrar la riqueza en pocas manos. Con ello pierden legitimidad y popularidad.

8.- La esperanza para las democracias liberales radica en el grado en que sean capaces de combinar un poder legalmente coercitivo con un régimen de libertades para la iniciativa, la participación y la invención, un estado que distribuya bienestar y reconozca derechos constitucionales, y que regule los intereses económicos que suelen enquistarse alrededor del capitalismo. Lograr lo anterior significa ser eficaz, pero también democrático, solidario y libertario. Históricamente, ésta ha sido una conquista particular de Occidente, sobre todo en ciertos momentos del siglo veinte. La pregunta, y lo que ahora se debate es cómo alcanzar estas metas.

México vive esta encrucijada: o la búsqueda de la eficacia para gobernar nos lleva a reeditar el semiautoritarismo del pasado, o intentamos alcanzar una democracia gobernable, un estado fiscalmente equilibrado y capaz de reconocer, en forma neutral y solidaria, los derechos de los ciudadanos. ¿Triunfarán los autoritarios también en nuestro suelo?

 

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