Atrevimientos

Leo Zuckermann contra el Fondo de Cultura Económica

Cumple ochenta años el Fondo de Cultura Económica, ese paraíso de palabras, ideas e imágenes del mundo que ha formado a muchas generaciones. Para las celebraciones se ha organizado un “festival del libro y sus lectores”, se ofrecen descuentos y promociones especiales, y se anuncian nuevas ediciones.

Además, sus directivos han convocado a gente de letras para que reflexionen sobre los desafíos de la editorial frente al futuro. En los actos han estado presentes el Secretario de Educación Pública, ex directores del Fondo, y destacados escritores e intelectuales vinculados a la historia de esta institución.

Todo esto ocurre en estos días, aunque ya desde la Feria Internacional de Libro pasada, en Guadalajara, se llevó a cabo una mesa de intercambio de puntos de vista bajo la pregunta ¿Qué esperar del FCE al inicio de su novena década? En aquella ocasión, participaron Fernando del Paso, Ricardo Piglia, Sergio Ramírez, Álvaro Enrigue, Juan Villoro, Jorge Volpi, José Woldenberg y Pablo Raphael.

Para las discusiones de ahora, se han sumado, por lo menos, las siguientes personas: José Narro Robles, Rafael Tovar y de Teresa, Javier Cercas y Arturo Arango, además de José Carreño, director del FCE, y varios de los que estuvieron en la conversación de Guadalajara.

Quizás los lectores demasiado jóvenes requieran un poco de contexto para alcanzar a comprender, en su justa dimensión, la importancia del FCE. Fue fundado en 1934, en plena etapa de la construcción de las instituciones que dieron estabilidad, cohesión e identidad al México que emergía de la Revolución de 1910, y que buscaba afirmar su personalidad cultural en Hispanoamérica y el mundo.

Su fundador fue Daniel Cosío Villegas, uno de los académicos más importantes de su tiempo, economista, historiador, sociólogo, ensayista y politólogo mexicano, quien también participó en la creación de la Casa de España, antecedente de El Colegio de México; Cosío Villegas también fue fundador de la Escuela Nacional de Economía.

El propósito inicial de la editorial fue ofrecer a los estudiantes mexicanos de economía los textos que necesitaban para su formación, pues no se encontraban en lengua española. Luego el Fondo amplió sus horizontes y forjó una serie de colecciones que abarcan, prácticamente, todas las dimensiones de la cultura: literatura, ciencias, sociología, historia, antropología, psicología, arte… 

La importancia de la labor del Fondo no se puede soslayar. El FCE fue, como ha sido reconocido ahora, una institución central para promover la integración espiritual de México e Iberoamérica, así como el conocimiento de la cultura universal entre nuestros países. En un momento en que España pasaba por circunstancias difíciles, primero por la Guerra Civil y luego por la dictadura franquista, el FCE se convirtió en la principal institución promotora de las letras y las ciencias en el mundo de habla hispana.

Hace unos días, el politólogo Leo Zuckermann, señaló en Excélsior que ya no se justifica la existencia del FCE como institución subsidiada por el Estado mexicano. Su argumento es que ahora hay muchas editoriales privadas que cumplen la función originaria del FCE, y que los contribuyentes no tenemos por qué subsidiar libros que van a las clases pudientes de este país, pues quienes en verdad necesitan esta clase de apoyos no reciben los beneficios de este costoso esfuerzo. Lo dice así: “Y no nos hagamos bolas. Aquí los contribuyentes no estamos subsidiando a los más pobres de México, sino a una élite académica, cultural e intelectual que, por desgracia, es la que lee en el país. ¿Necesitan ellos este subsidio?”

No estoy de acuerdo con Zuckermann. Una revisión de sus propias premisas revelaría que no sólo no debe dejar de existir el FCE, sino que éste debe buscar la manera de contribuir, más claramente, a la democratización del acceso a la ciencia y la cultura. Promover la lectura entre los mexicanos, y ampliar el mercado de los libros en el país, deberían ser parte de los objetivos del Fondo. Para esto, por ejemplo, podría aprovechar las facilidades de los formatos digitales y electrónicos del libro contemporáneo.

Cabe preguntarnos cuál es el papel de la política cultural de Estado en estos tiempos de fragmentación de las identidades y de crisis de los valores que nos dan sentido de unidad. Necesitamos ciudadanos interesados en el destino de su país y dispuestos a participar en la construcción de una sociedad más decente; nos urgen personas con suficientes capacidades morales, espirituales y culturales. Esto sólo será posible si generalizamos los medios educativos y si forjamos una cultura diversa, libre, rica, y en la que se puedan reconocer la mayor cantidad de sectores sociales. En estas tareas veo, sin un dejo de duda, la acción del Fondo de Cultura Económica para las próximas décadas.

Afortunadamente, parece que son más lo que piensan así que los que dan la razón a Zuckermann.

 

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