Atrevimientos

Justicia para reconstruir el orden

Las sociedades del siglo veintiuno, a escala global, han perdido el rumbo y avanzan en una deriva que las lleva por una incertidumbre que todo lo invade. Esto es algo que tiene muchas manifestaciones: algunas, las más evidentes, van de la gran recesión global de nuestros días al terrorismo que crece, de la migración incontenible al resurgimiento de las xenofobias y nacionalismos.

El fenómeno, que podemos llamar la ruptura del orden, tiene antecedentes históricos. Se presentó en el colapso que ocasionó las dos guerras mundiales, y en la crisis del capitalismo de los años treinta del siglo pasado. Fue resuelto con relativo éxito después de 1945 y hasta mediados de los años ochenta: en los países occidentales un capitalismo modificado, organizado y regulado, contuvo las tendencias centrífugas, individualistas y lucrativas de las sociedades; en los países del Este un socialismo totalitario implantó una fuerza centrípeta inexpugnable de costosas consecuencias para las libertades; en el resto del mundo, diversas combinaciones de autoritarismo, capitalismo dependiente, y corporativismo propiciaron un sentido de orden, aunque con irrupciones de violencia e inestabilidad aquí y allá.

Después de los años noventa, a pesar de que fue una década de optimismo motivado por un buen desempeño económico, volvimos a caer en el desorden. Fallaron las profecías que anunciaban una era de convergencia de los países en torno a los principios y las instituciones liberales: capitalismo sin fronteras combinado con democracia electoral, imperio de la ley, respeto a los derechos humanos y protección de las libertades fundamentales. Todo esto resultó un mito.

Luego del colapso de la Unión Soviética, surgieron movimientos religiosos tradicionalistas y también nuevas formas de autoritarismo en Rusia y en China. Esto, junto a las consecuencias de las incursiones de Estados Unidos en Irak y otros países, y junto a las secuelas del conflicto de Medio Oriente, se ha convertido en una amenaza para la estabilidad global. Por eso, inexorablemente, se ha hecho astillas la utopía de un sistema mundial que combine integración comercial con orden, estabilidad y paz.

Así llegamos a nuestros días, cuando la deriva se presenta de nuevo y con consecuencias desconocidas. Más aun: ni siquiera son imaginables. Las fuentes del riesgo y la incertidumbre son múltiples. La globalización las ha potenciado: aparecen en cualquier momento y en cualquier sitio, surgen de la economía, pero también de la política, de la sociedad civil, y la cultura y la religión; pueden obedecer a lógicas globales y también a fenómenos de orden local; también pueden tener origen en un lejano pasado histórico que rebrota de pronto, o resultar de la irrupción de hechos novedosos. Otra fuente de problemas, no menores, es la presión que las sociedades ejercen sobre los ecosistemas y sobre la misma base biológica y psíquica que sustenta la vida de los seres humanos.

Los recursos e instrumentos para enfrentar el riesgo y la incertidumbre se han vuelto más limitados y escasos. A medida que se intensifica la individualización y que las fuerzas capitalistas se despliegan con mayor libertad en el planeta, se hace más difícil disciplinarlas. Y, también, a medida que los fundamentalismos y fanatismos se desatan, no parece haber ninguna fuerza capaz de comprenderlos y darles un cauce adecuado.

Nos atenaza una modernidad irrefrenable que corre en múltiples direcciones y hace mucho ha olvidado uno de los principios que le dieron sustento conceptual: la justicia. El capitalismo contemporáneo atenta contra la justicia, pero también el terrorismo y el autoritarismo nacionalista o religioso. Mientras los estados nacionales y sus gobiernos sigan siendo incapaces de contribuir a la realización de la justicia, en sus distintas expresiones, no podrán recuperar la capacidad de dirigir a las sociedades, estabilizar a las economías y dar tratamiento a los conflictos.

P.D. En México vivimos todo esto de una manera particular, pero igualmente catastrófica. Héctor Aguilar Camín, en un ensayo publicado en enero de este año en la revista Nexos, asume, refiriéndose a la violencia generada en torno al narcotráfico y su combate, que atravesamos por una guerra civil. No es convencional, pero sus consecuencias, medidas por el número de muertos y desaparecidos, son como las que producen las guerras.

Es una guerra, estoy de acuerdo, pero no va terminar con la derrota militar de uno de los contendientes, sino con la recuperación del orden, la concordia nacional, y la legitimidad y eficacia de nuestras instituciones. Más que recuperar el orden se necesita reconstruirlo. Para ello, hay que asumir que vivimos una crisis y no un problema pasajero. Preguntarnos si todo esto tiene algo que ver con la falta de justicia. El texto de Aguilar Camín merece un comentario más extenso. Lo haré la próxima semana.

 

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