Atrevimientos

José Mujica

A la memoria de mi maestro Jesús Pérez Castellanos

 

A su paso por la Universidad de Guadalajara, con su figura encorvada y de andar lento, su cabello cano a medio despeinar y una actitud que no busca quedar bien con nadie, el presidente uruguayo José Mujica, entre vítores, nos dejó su carisma y algunas reflexiones que deben ser tomadas en serio.

Es extraordinariamente elocuente y tiene un pensamiento de fortaleza literaria. Improvisa con la fluidez de quien está leyendo. Nada de esto importaría si no viviera de acuerdo con lo que cree. Al final de cuentas, lo que hace convincente a la palabra es la calidad moral de la persona que la profiere.

Mujica ha forjado una imagen de coherencia porque es una especie de santo republicano que sobresale de entre el pecaminoso mundo de la economía y la política de hoy. Dona el noventa por ciento de su salario a proyectos para ayudar a los pobres, no vive en la residencia presidencial sino en su casa y se transporta en un volkswagen. Pasó de la guerrilla a la política institucional y en 2010 llegó a la presidencia de su país desde donde se ha ganado simpatías por todo el mundo.

Según la información que consulté, Uruguay ha logrado abatir el desempleo y ha disminuido la pobreza. También se reconocen sus logros en materia diplomática, pues ha construido una relación más amigable con Argentina. El gobierno de Mujica ejemplifica una de las versiones más inteligentes de la izquierda latinoamericana, por moderada, sensata y eficaz.

Cuando irrumpió en el escenario del auditorio Salvador Allende, por la parte derecha, lo esperaba un público lleno de afecto del que se escuchaban las palabras “Pepe, Pepe”. Luego de recibir cúmulos de cálidos aplausos, y de escuchar palabras de reconocimiento del rector de la Universidad y el presidente de la Federación de Estudiantes, Mujica no cayó presa de los elogios y las porras:

“Que tragedia tendría yo si fuera más joven y me tomara al pie de la letra tantos elogios... porque yo veo en el aplauso y en el calor una cosa que no soy yo, y es la necesidad de creer en la esperanza que tienen ustedes; porque para vivir hay que creer en algo cuando muchas cosas se tambalean, y me agarran a mí como esperanza, porque así estamos hechos los seres humanos. La gente inventa algo, algo que no se ve... El hombre moderno, por muy moderno que sea, no puede escapar a lo que es, y sé que ustedes pasan un mal momento”.

De ahí, Mujica pasó a explicar las causas de nuestro mal momento. Vinculó la violencia que aqueja a los países latinoamericanos con el hecho estructural de la desigualdad. “De las cincuenta ciudades más inseguras del mundo, 41 están en América Latina”, el cual es, según Mujica, el continente donde la riqueza se distribuye la forma más desigual.

Pero esta situación no se puede resolver con facilidad, pues “para darle trabajo a la gente es necesario abrirle las puertas a la inversión privada” y los inversionistas exigen condiciones para acumular riqueza. Si esto no ocurre, las inversiones terminan yéndose a otros países y con ellas las oportunidades de empleo. “En la lucha diabólica en la que estoy, y está cualquiera que gobierne, uno termina por ayudar a que la riqueza se siga concentrando”. ¿Cómo salir de esta trampa?, preguntó varias veces.

Mujica reconoce que la única manera de imponer regulaciones efectivas al capitalismo sería que todos los gobiernos actúen al unísono para que el dinero no tenga opciones donde emigrar y se acepten políticas impositivas y redistributivas de los ingresos. Propuso dos tipos de medidas. Por una parte, que paguen más los que más ingresos tienen, “tenemos que quitarle algo de riqueza a los que tienen mucho, mucho”. Y, por la otra, propuso que los trabajadores se ganen un salario digno con trabajo y cumplimiento. No se debe tolerar la holgazanería. También reconoció la importancia de los empresarios.

La crítica de Mujica al capitalismo es de índole moral. La ideología que sustenta a la sociedad de mercado no es una ideología teorizada, sino práctica, real. “La sociedad de consumo nos lleva a un nivel de compromiso permanente con el trabajo y enajenamos nuestra libertad porque estamos enganchados; se trata de deber lo más que se pueda”, para comprar lo más que se pueda. Y luego esta otra frase demoledora: “cuando compras algo no lo compras con dinero, sino con el tiempo de trabajo empleado para conseguir el dinero necesario para pagarlo”.

De ahí, a su corolario: la vida es el valor supremo, es casi un milagro estar vivos; todo conspira contra eso y hay millones de posibilidades de que el milagro termine en cualquier momento. El tiempo de vida que tenemos es nuestra riqueza fundamental; por eso, hay que saber emplearlo en cosas que realmente nos motiven. Lo triste es que, muchas veces, “acabamos pensando cómo vivimos y es al revés: debemos vivir como pensamos”. Al fin y al cabo, “no hay ningún premio al final del camino, el premio es el camino mismo”.

 

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