Atrevimientos

John F. Kennedy: cincuenta años

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Este 22 de noviembre se cumplirán cincuenta años del asesinato del presidente John F. Kennedy. El magnicidio, escalofriante, muy triste, aún espera ser valorado en toda su dimensión: sigue siendo necesario que se conozca públicamente qué ocurrió exactamente y por qué.

Tenemos la costumbre de mandar al olvido hechos como éste y seguimos adelante: resulta muy pesado cargar a diario con la desmoralización que nos provocan.

Pasa algo similar con el crimen que segó la vida de Luis Donaldo Colosio: aún no tenemos una idea clara y completa de sus implicaciones; todos estos años oficialmente se ha pretendido que estuvo a cargo de un autor solitario, nada que insinúe una revelación de nuestro modo de vida, nada que descubra, aunque sea un poco, el rostro oscuro de nuestro sistema político.

La capacidad para soportar la verdad y asumir sus consecuencias da la medida de la grandeza de un hombre y un pueblo. Recuerdo un texto de W. G. Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción, que se refiere a la devastación que sufrieron muchas ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Dresde, Colonia, Frankfurt, Hamburgo, entre 131 ciudades que sufrieron ataques, fueron arrasadas por la fuerza aérea de los aliados; se calcula que murieron aproximadamente 600 mil civiles, que fueron barridas tres millones y medio de viviendas, y que siete millones y medio de personas quedaron sin hogar.

Los alemanes, nos cuenta Sebald, concentraron sus energías en la reconstrucción y en el futuro, pero borraron de su memoria los hechos de la catástrofe. Había ocurrido una especie de autoanestesia social, una negación de los hechos dolorosos que ponían a prueba la fortaleza psíquica del pueblo alemán. Tendrían que pasar muchos años para que la literatura y el periodismo alemanes desempolvaran estos acontecimientos del desván de la prehistoria.

El caso de Kennedy es similar y diferente. No ha sido negado porque es imposible hacerlo, pero el ámbito oficial ha confinado los hechos incómodos al mutismo del olvido o los ha simplificado. A pesar de las evidencias, no se ha reconocido que el crimen pudo haber tenido más de un autor material y que fue resultado de muchos factores cuidadosamente organizados y planificados.

El periodista americano David Talbot publicó en 2007 un libro llamado Brothers, que en la edición española lleva por título La conspiración, la historia secreta de John y Robert Kennedy. El libro se sustenta en la visión de un hombre que conoce el sistema político estadunidense desde sus entrañas: Robert Kennedy, quien a los 38 años era el fiscal general de los Estados Unidos. Bob era el guardián protector del presidente y su principal operador político, formaba parte del grupo de “hermanos” que habían acompañado a John desde hacía muchos años y que estaban irrumpiendo, con otra forma de hacer política, en la escena pública norteamericana.

El 22 de noviembre de 1963, a eso de la 1:45 de la tarde, Robert acababa de salir de la piscina de su casa de los suburbios de Washington, D.C., cuando recibió una llamada de J. Edgar Hoover, el director del FBI. El tono de Hoover fue seco e indiferente: Tengo algo que anunciarle: le han disparado al presidente. Veinte minutos después, Hoover llamó de nuevo a Robert para decirle lo siguiente: El presidente ha muerto. Colgó inmediatamente. Años después, Robert recordaría su llamada con Hoover así: Creo que sintió placer al comunicarme la noticia.

Talbot examina la lucha de Robert Kennedy por sobrellevar las consecuencias del asesinato, esclarecerlo y recuperar la presidencia. Según Talbot, Robert fue el primer teórico de la conspiración para eliminar a John Kennedy. Desarrolló su propia investigación en el marco de una situación de pérdida de su propio poder a manos de la nueva administración comandada por Lyndon Johnson. Como lo demuestra la llamada de Hoover, existían rivalidades entre las distintas agencias gubernamentales estadunidenses que reflejaban una lucha de intereses y visiones políticas encontradas.

John Kennedy cayó presa de las contradicciones de su tiempo. Anhelaba la paz y terminar con la guerra fría. Por eso se acercó a Nikita Kruschev, con quien tuvo una entrevista histórica. Por eso también se enfrentó al complejo militar industrial que impulsaba la guerra de Vietnam y la intervención militar en Cuba. Kennedy era anticomunista y cultivó la relación con América Latina como una forma de evitar la exportación de la revolución cubana. Sin embargo, fue incapaz de ofrecer a los sectores anticastristas la política hacia Castro que estos buscaban. El incidente de la Bahía de Cochinos provocó un distanciamiento con el lobby cubano del que nunca se recuperaron los Kennedy.

Creo que el problema de Kennedy es que se esforzó por hacer un cambio profundo en la política exterior e interior de su país, pero que, a pesar de su carisma, careció de la fuerza para ello. Tal vez eso explique su trágico desenlace.