Atrevimientos

Ich bin ein berliner

La iglesia dedicada al Káiser Guillermo I fue testigo del atentado terrorista del pasado lunes en Berlín, en el que 12 doce personas perdieron la vida y 48 resultaron heridas. También lo fue de la destrucción ocasionada por la Segunda Guerra Mundial. Corrijo para evitar un eufemismo: fue iglesia alguna vez, pero hoy es un monumento, un fragmento cuidadosamente rescatado de los bombardeos para recordar la insensatez de la guerra.

Lo que sobrevive es una torre pequeña y una parte de su torre principal, a la que falta el remate superior; de allí su apariencia de muela picada, que es como se le conoce popularmente. En 1950 iba a ser demolida por completo y los berlineses se opusieron. A su lado han sido edificadas dos construcciones modernas, una capilla y una tienda de souvenires a las que llaman la polvera y el lápiz labial.

A los pies de la torre está uno de los mercadillos navideños donde los berlineses y turistas compran regalos y artesanías, toman vino caliente y comen salchichas. Con la apariencia de casas de muñecas, los mercadillos comprueban el gusto de los habitantes de Berlín por la Navidad. Se ubican en muchas partes de la ciudad y tras el atentado les han colocado vallas de concreto para evitar un nuevo ataque.

La convivencia entre lo moderno y lo clásico acusa en Berlín un carácter particular. La devastación bélica provocó ese destino de mixtura arquitectónica por obligación, pero no estaba escrito que los berlineses lo alcanzaran con equilibrio y armonía; en ello, manifiestan la extraordinaria creatividad que los mantiene a la vanguardia.

Así es Berlín, con sus raíces que vienen de un pasado muy lejano y una vocación de futuro como la tienen muy pocas ciudades en el mundo. Pueden verse, por ejemplo, edificaciones clásicas al lado de estructuras que combinan el hierro, el cristal y los colores más vivos, las zonas comerciales más estrambóticas en vecindarios que trasladan la imaginación del visitante al esplendoroso periodo Guillermino.

Durante la guerra fría Berlín dividió su destino entre el totalitarismo de corte soviético en su parte oriental y la democracia liberal florecida en su zona poniente. Por eso Berlín fue, a un tiempo, asiento del autoritarismo policiaco más terrible y tierra propicia para las expresiones culturales más avanzadas.

El documental titulado B-Movie lo demuestra. Entre los años setenta y ochenta, Berlín occidental fue un experimento de creatividad estética, musical y contracultural, que mantuvo viva la llama de la libertad intelectual y moral en toda Europa. Fueron célebres los conciertos de rock y música pop realizados junto al muro de manera que los berlineses del este también pudieran disfrutarlos. Algún efecto tuvieron, qué duda cabe, en la mentalidad de cambio democrático que alimentó la transición política de fines de los ochenta y principios de los noventa.

Pero el impulso de Berlín hacia la modernidad más transgresora viene de más atrás. Por lo menos se sitúa alrededor del cambio del siglo diecinueve al veinte, y alcanzó su cenit en el periodo democrático de Weimar cuando Alemania se convirtió en uno de los escenarios más notables de la creatividad cultural y la innovación en los estilos de vida. Muchos comentaristas reconocen que Berlín, junto con Viena, París y Londres, era una de las capitales de Europa.

Alemania en su conjunto no sólo se levantó de las cenizas de la guerra: se reconcilió con la historia; los alemanes se comprometieron con la creación de un régimen que dejara atrás la pesadilla nazi y los lanzara a una modernidad política y social incluyente, con bienestar y libertad, crecimiento económico y participación de los ciudadanos en la vida pública.

El proceso fue todo menos indoloro. Como resultado de la guerra, la zona oeste de Berlín dejó de pertenecer oficialmente a la República Federal Alemana y quedó rodeada por el emplazamiento comunista de la Unión Soviética. Su gobierno estuvo a cargo de Estados Unidos, Reino Unido y Francia. Con todo, Berlín fue ese faro del que surgió una luz democrática para Europa y el mundo. Es un sitio de tolerancia y cosmopolitismo como pocos.

Hace 53 años, el presidente Kennedy hizo una visita a Berlín que se sigue recordando. Su presencia selló el compromiso de Occidente con la preservación de la libertad de los berlineses, la esperanza para seguir adelante con todo y la ignominia que entrañaba el muro.

La multitud lo vitoreó entusiasta. No era un hecho casual. Atrás estaba la historia del bloqueo soviético y el puente aéreo que salvó a la ciudad de la escasez. El presidente terminó uno de sus discursos más célebres de su vida con estas palabras: “Todos los hombres libres, dondequiera que vivan, son ciudadanos de Berlín. Y por lo tanto, como hombre libre, con orgullo digo estas palabras: Ich bin ein Berliner”. Soy berlinés, dijo Kennedy, para dejar clara la pertenencia de la ciudad a la estirpe de las metrópolis democráticas del mundo. 

Por vacaciones, nos vemos dentro de quince días.