Atrevimientos

Holanda-México: la frustración

El ánimo nacional está decaído. Inesperadamente, la selección mexicana quedó fuera de la Copa del Mundo. El destino fue cruel: con el cuidado de un talentoso dramaturgo ideó la trama perfecta para provocarnos la más lastimosa de las frustraciones.

Primero, se encargó de que en la ronda inicial del campeonato los nuestros tuvieran un desempeño sobresaliente. Dos victorias contundentes ante Camerún y Croacia y un empate con Brasil, que supo a triunfo, nos hicieron creer que México podría ganar el cuarto partido e incluso ir más allá de los cuartos de final. Los jugadores lucieron compenetrados, hábiles y acertados; practicaron un futbol ordenado y mostraron tal hambre de triunfo que nos hicieron pensar que, por fin, estaban dando el salto al primer nivel. Estaban para ganarle a cualquiera.

Luego, en el partido de ayer, el destino también cuidó los detalles para seguir haciéndonos creer. Los nuestros encararon el partido igual que ante los brasileños y los croatas: le jugaron a los subcampeones mundiales de tú a tú, fueron fieles a su estilo y durante más una hora de juego superaron al rival. El destino los premió: con habilidosas triangulaciones alcanzaron la zona de disparo a la meta y prácticamente nulificaron la profundidad de Holanda. Giovani dos Santos terminó de inyectarnos el narcótico del dulce sueño; su maravilloso zurdazo cruzado tuvo la fuerza y colocación precisas para superar al portero holandés y arrancarnos un grito liberador y feliz. El rostro de Giovani, iluminado por la gloria, nos conectó a los mexicanos en una comunión de alegres sentimientos.

El gol llegó temprano, al minuto tres del segundo tiempo, y aunque algunos pensábamos en las dificultades para capear el temporal holandés, creímos con más fervor. La Naranja Mecánica comenzó a adelantar sus líneas y arrinconó a los mexicanos en su cancha. El destino siguió empecinado en hacernos sufrir las penas de la decepción. A pesar de los embates holandeses, la portería nacional parecía infranqueable: cuando la valentía y los extraordinarios reflejos de Memo Ochoa no bastaban, venían los postes en su auxilio. Además, nuestros defensas seguían haciendo bien su trabajo y parecía que Holanda, esta vez, tendría vedada la meta.

El hado nos elevó hasta lo más alto: faltaban tres minutos para que terminara el tiempo reglamentario y los comentaristas ya anunciaban que nos enfrentaríamos, el próximo fin de semana, al ganador de Costa Rica o Grecia. Después, en el minuto 88, cuando a pesar de la angustia acariciábamos la victoria, México cedió el enésimo tiro de esquina. Esta vez, el cansancio o la desconcentración provocó que ningún defensa pudiera cortar el servicio; un delantero holandés conectó cómodamente el balón con la cabeza para atrasarlo hacia el corazón del área donde Wesley Sneijder, sin marca, lo prendió a media altura con técnica impecable para dejar sin oportunidad al inexpugnable Ochoa.

No era la derrota en los números, pero sí en el plano psicológico: los nuestros no pudieron sacudirse la presión del rival para llegar a los tiempos extra y replantear las cosas. Lo que vino después fue la obvia consecuencia de la debacle mexicana. El asedio provocó el penal en contra cuando iban cuatro minutos del tiempo de compensación. La ejecución hundió a todo un pueblo. Otra vez, como cada cuatro años, recibimos la frustrante carga que llevamos a cuestas todos los mexicanos que gustamos del futbol.

¿Pero de veras fue el destino el dramaturgo de nuestra desgracia? ¿Es cierto que México dejó ir la victoria en los últimos cinco minutos? Los comentaristas deportivos nos ayudan a entender lo evidente: México jugó bien 60 minutos y luego tiró por la borda lo que había hecho. Después del gol de Dos Santos, el equipo mexicano no pudo mantener el mismo esquema de juego; en vez de mantener la iniciativa y seguir atacando, dejó que los holandeses tuvieran el control del balón. Aquello se convirtió en una especie de frontón: los mexicanos se dedicaron a romper la pelota y dejaron de hilvanar acciones de juego. Tanto fue el cántaro al agua, hasta que se rompió.

La derrota es el juez implacable que deja sin argumentos a cualquier abogado defensor. Miguel Herrera se equivocó al sustituir a Giovani dos Santos con Aquino: se quedó sin un hombre que prometía dar más y desfiguró su medio campo. Del otro lado, el técnico holandés Louis van Gaal, hombre que goza de fama de ser gran estratega, atinó al relevar a Van Persie y con ello superó al Piojo en los asuntos tácticos.

Más allá de todo, creo que nuestros jugadores son muy buenos y en este Mundial nos regalaron espléndidos partidos. Dos frases del argot futbolístico vienen a cuento: dejaron todo en la cancha y el rival también cuenta. Merecen una felicitación sincera, sin regateos. Son los hombres de pantalón largo que conducen el futbol profesional mexicano quienes deberán hacer su acto de contrición. Veremos si llegarán a fondo o si seguirán conformándose con lo que hacen.

 

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