Atrevimientos

Hizo el bien mientras vivió

A la memoria de Francisco Camberos Gadea

He llegado a creer que Dios
se cumple en su creación...

El hombre es capaz de intuir
y concebir a Dios; es la

criatura indispensable.

Juan José Arreola

 

Apreciado Don Juan José:

Busqué su diario para encontrar alivio, y lo leí con la mejor atención que pude. Cuenta usted muchas cosas que parecen sencillas, pero no lo son. Debo meditarlas sin prisa.

Por lo pronto, necesito decirle que yo conocí a un hombre al que le vendría bien el epitafio de la tumba del esposo de Virginia. Era un hombre imperfecto, pero todos los días se empeñaba como pocos en dejar de serlo. ¿Que por qué? Es un misterio. Para mí que la bondad estuvo con él desde antes de que naciera, y luego la supo cultivar.

Todos los que se cruzaron en su camino sintieron su cuidado, su modo tan atento y considerado. Le daban su respeto y su cariño porque intentaban corresponderle. Como dice el refrán: nobleza obliga.

Ojalá, Don Juan José, que un día podamos ir juntos a su pueblo para pedirle a la gente que nos platique de él.

Para mi madre él fue su hijo mayor. Ella y su madre eran verdaderas hermanas. Recuerdo que se escribían mucho o se hablaban por teléfono: la distancia no las separaba. Si pudiera les preguntaría, de broma para hacerlas reír, por qué se buscaban tanto. No era que se quisieran por obligación, era que se entendían. Compartían la vida porque se la contaban. Siempre hablaron: de los asuntos y las preocupaciones de los días, de los hijos, de mi papá, de sus sobrinos, de sus hermanos, de la gente, de los trabajos... Nunca supe que tuvieran diferencias o se guardaran cosas.

Cada que mi mamá paría, mi tía venía de El Rosario para ayudarle y estar con ella varios días. Una vez, mi mamá tuvo que acompañar a mi papá a la ciudad de México para internarse en el Hospital Militar porque le dio parálisis. Viri, como le decía mi mamá, se hizo cargo de la casa; las cartas fueron y vinieron de Tepic a Lomas de Sotelo. Todos los años que tuvo salud y posibilidades, nunca nos dejó de visitar; tampoco nosotros dejamos de ir a su casa. Ella, que era unos diez años mayor que mi mamá, me dio el amor de la abuela que no tuve. Creo que mis hermanos sienten lo mismo que yo.

De ella llegó Pancho al mundo, varios años antes que mis hermanos y yo. Por eso, él estuvo desde siempre allí, y participó de los momentos importantes de nuestras vidas. Quiso mucho a mis padres y mis padres lo quisieron mucho. Me entristece que tuviera que partir para que yo pudiera apreciarlo con mayor claridad. Hay cosas de nuestros seres queridos que sólo descubrimos hasta que se han ido. ¿Será algo así, Don Juan José, como esos testamentos cuyo contenido se conoce hasta que son revelados? A veces, las enseñanzas que dejan los que se van son como un jardín que hace brotar sus flores poco a poco.

Pancho fue parte del tronco que sostuvo a nuestro hogar. Fue consuelo para mi padre y felicidad de mi madre. Su presencia siempre nos traía alegría a todos nosotros. Quizás mi padre, sin pretenderlo, fue para él un trozo de la raíz que necesitaba. Quizás nosotros, también sin darnos cuenta, fuimos unas ramas que salieron de su árbol.

Desde pequeño, a los once años, trabajó en la farmacia de la familia. Allí se hizo y allí se quedó. Aprendió a ejercer el oficio con honestidad y profesionalismo. A mí no me gusta halagar por halagar, porque de tanto hacerlo las palabras se vacían y ya no significan nada; de eso sobran los ejemplos, pero en este caso todo lo que digo es cierto.

Pancho siempre estuvo al pendiente de las dos maravillosas familias que formó, y que ahora son una y la misma. Sus hijos mayores fueron como mis hermanos. Y todos ellos son herederos de su luz. Sólo él y su familia saben los difíciles momentos por los que pasó: su valor, su espiritualidad y su devoción lo sacaron adelante.

Yo, desde que me acuerdo, sé que estaba allí. Me bautizó junto a su segunda hija. Me colmó de tantas atenciones que no tengo manera de agradecer. Sobre todo, me hizo sentir su amparo hasta el pasado miércoles que se fue de este mundo.

Va a ser muy difícil llegar a su farmacia sin que esté él. Yo siempre pensé que iba a vivir más años, y que con suerte se acercaría a los noventa. Pero cuando la vida se va, no hay nada que la detenga. Por eso, hay que adelantárnosle y evitar, hasta donde se pueda, que nos juegue malas pasadas. Quiero decir que hay que contarnos las cosas antes de que sea demasiado tarde. Al final será imposible decirle a los seres que queremos todo lo que debemos decirles, pero algo se puede hacer.

Como se podrá dar cuenta, Don Juan José, la muerte de Pancho me movió. Creo que tiene que ver con que era un hombre bueno, sabio y justo, alegre, atento, considerado. Un ejemplo como ese nos compromete, nos desnuda y nos hace preguntarnos: ¿estoy viviendo bien mi vida? ¿Soy justo? Su recuerdo puede ser fuente de luz, alegría y esperanza. Así lo siento. Ojalá que así lo viva, aunque sea un poco. Lo menos que puedo hacer es reconocer que hizo el bien mientras vivió.

Con infinita gratitud.