Atrevimientos

Francia: El terror y los desafíos de la civilización

Adiós amigo Boris, ojalá podamos seguir la conversación

Los acontecimientos de Francia de la semana pasada –el ataque terrorista contra los redactores y caricaturistas del semanario Charlie Hebdo, el asesinato de una mujer policía y la muerte de varios rehenes— se suman a una cadena de acontecimientos similares, que cada vez se vuelve más larga y más ominosa. En 2014, todos los meses del año, sin excepción, ocurrieron atentados perpetrados por fanáticos en muchos países del mundo. Nigeria, Irak, Pakistán, Israel, Siria, China, Kenia, Filipinas, Afganistán, Yemen y Egipto son los países donde más han ocurrido, pero la lista también incluye ciudades de Occidente: Montreal, Ottawa, y ahora París, deben ser incluidas.

Estos acontecimientos no se reducen al año pasado: ya son un rasgo histórico del siglo veintiuno. Después de la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, siguieron muchos hechos similares en cuanto a su intención y efectos. Destacan los siguientes: el ataque en Bali, Indonesia, en 2002, el ataque en Casablanca, en 2003, la masacre en una escuela de Beslán, al norte de Rusia, en 2004, las bombas del metro de Londres en 2005, los bombardeos en Yazidi, en 2007, el bombazo a la Embajada de Estados Unidos en Nairobi, en 2008, los atentados contra los trenes de Madrid del 11 de marzo de 2004, y también el ataque en el maratón de Boston de 2013.

Aunque no todos estos crímenes tienen exactamente el mismo sentido, ni son reivindicados por la misma organización, por lo menos algunos de ellos podrían entenderse en el marco de la llamada Jihad (guerra santa) que organizaciones musulmanas radicalizadas han asumido contra Occidente. El asunto tiene, en toda su gravedad, más dos décadas de existencia. Puede ser considerado como una de las desembocaduras históricas del fin de la guerra fría, el derrumbe del mundo comunista y el triunfo de la globalización capitalista contemporánea.

En lugar de una época signada por la paz y la integración mundial gracias a la interdependencia económica, el desarrollo tecnológico y la generalización de la democracia liberal, lo que ha advenido es un creciente desorden en el que están chocando, por una parte, las fuerzas que imponen las visiones del consumo, las formas de comunicación de masas y los estilos de vida occidentales, contra las fuerzas sociales y culturales que luchan por recuperar el sentido de pertenencia de los seres humanos a una comunidad cultural, étnica, religiosa o lingüística. Un ejemplo de esto último, quizás el más importante, es el crecimiento que ha mostrado la religión islámica en Europa. A la soledad individualista de Occidente, el Islam opone la fe en una vida que está más allá de este mundo.

En 1993, Samuel P. Huntington publicó un artículo que luego se convertiría en un polémico libro, llamado El choque de civilizaciones. Allí, Huntington argumentaba que la política mundial ya no iba a estar dominada por las viejas divisiones ideológicas o económicas, sino, primordialmente, por los conflictos culturales. Una civilización es una entidad cultural dentro de la cual amplios grupos humanos definen su identidad. Como es lógico, la presencia en el mundo, o en un país, de varias civilizaciones distintas, cada una con una cosmovisión diferente, tiende a provocar tensiones y conflictos.

En estos momentos, se vive en Francia una situación delicada porque hay una reacción en favor de las instituciones que protegen las libertades y una convivencia pacífica de ciudadanos de culturas religiosas diversas, pero, al mismo tiempo, una preocupación por el crecimiento de la población de religión musulmana. Se teme que ésta, por la naturaleza de sus creencias, en cierto momento ponga en riesgo el modo de vida y las costumbres occidentales. No significa que la religión islámica sea violenta en sí –sólo lo son estos grupos radicalizados–, pero sí que algunos musulmanes, en su defensa a ultranza de sus tradiciones, podrían caer en posturas de intolerancia frente a las visiones occidentales.

En caso de seguir ganando presencia demográfica, el Islam tendería a socavar instituciones tan importantes para Occidente como el estado laico y muchas libertades individuales. Resulta irónico que también, desde la ultraderecha occidental, por ejemplo el llamado Frente Nacional, en Francia, se asuman actitudes de xenofobia que también terminen por minar las bases de tolerancia y aceptación de la pluralidad en los estilos de vida que caracteriza a las abiertas sociedades europeas. El fin de los valores de la civilización europea podría estar cerca si no hay una afirmación clara de la vocación democrática y libertaria de aquel continente, lo cual implica un esfuerzo de cohabitación con quienes piensan diferente pero no por eso dejan de ser seres humanos. Es un enorme desafío.

 

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