Atrevimientos

"Folios": una apuesta por la libertad de expresión

El viernes pasado, en el Tercer Congreso Internacional de Ciencia Política, organizado por la AMECIP y la Universidad de Guadalajara, se presentó el número más reciente de la revista Folios, publicación del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Jalisco, dirigida por Sayani Mozka Estrada.

Con este número, el 29, Folios inicia una nueva época que no implica una ruptura con el carácter de los anteriores: es, más bien, una evolución de sus mejores rasgos que la confirma como una experiencia de comunicación pública diferente. Desde que apareció, en 2006, Folios apostó por ser algo más que un órgano oficial encargado de difundir ideas y conocimientos relacionados con las responsabilidades del instituto electoral jalisciense. Folios hace eso, pero no en un sentido estricto y restringido, sino de manera innovadora.

Destaca la pluralidad de temas que ocupan sus páginas. Van de la reflexión sobre la democracia, los partidos y las elecciones, por ejemplo, al análisis de la relación de la poesía, la música y el cine con la política. Folios se distingue también porque contiene ilustraciones originales, pinturas, caricaturas y fotografías, realizadas por artistas de gran calidad, además de poemas y colaboraciones cortas, reseñas de libros y comentarios sobre tópicos diversos.

Todo esto hace de Folios una publicación fresca y pertinente: ayuda a construir la cultura política que necesitan los habitantes de una nación democrática. La hipótesis que parece subyacer al proyecto de Folios es que el desarrollo de un país requiere que sus ciudadanos tengan un mínimo de sensibilidad cultural, concebida como fundamento de su criterio para tomar decisiones en el espacio público y juzgar el mundo de la política.

El número 29 lleva por título “Democracia ¿sin periodismo libre?” y reúne diez excelentes colaboraciones sobre los problemas que enfrentan los periodistas mexicanos para ejercer su profesión en libertad. Escriben Jorge Zepeda Patterson, Ana Lilia Pérez, Raúl Trejo Delarbre, Wilbert Torre, Carmen Aristegui, Lorenzo Meyer, Vanessa Robles, Aurelio Contreras, Agustín Ramírez y Luis Alberto Herrera. Las ilustraciones son de Omar Nava.

Los autores coinciden en que el periodismo mexicano vive un momento crítico. Una de las causas de ello radica en el clima de violencia, maltrato y amenazas que cotidianamente enfrentan los periodistas a manos del crimen organizado y de algunos representantes del poder público. Las cifras son indignantes: Carmen Aristegui, con datos de la organización Freedom House, señala que en México, entre los años 2000 y 2013, fueron asesinados 76 periodistas; además, 16 fueron reportados como desaparecidos entre 2003 y 2013. La conclusión desanima: México es uno de los países más peligrosos del mundo para el ejercicio del periodismo.

Otro factor que explica las dificultades el periodismo contemporáneo mexicano tiene que ver con las transformaciones tecnológicas de los últimos años. El Internet y los medios de comunicación electrónica han provocado la crisis del modelo tradicional de negocio en el ámbito periodístico. Los lectores de la prensa escrita han disminuido y los anunciantes de publicidad se han reducido. Ahora, la vida ocurre en el ciberespacio: allí, los lectores encuentran información gratuita y muchos chismes, y los anunciantes publicitan sus productos y servicios con mayor penetración.

La consecuencia es que los medios periodísticos son mucho más vulnerables que antes y están a merced de las inversiones en publicidad que en ellos hacen los gobiernos. Por ello, son víctimas de la cooptación, la compra y el chantaje a manos de quienes controlan las arcas gubernamentales. El tercer condicionante de las complicaciones de la vida periodística es más burdo: la impunidad que prevalece en México favorece que muchos políticos y gobernantes no se contengan de censurar, intimidar, amenazar y provocar acciones violentas contra los periodistas de espíritu crítico. Que todo esto conspira contra la salud de la democracia mexicana es una conclusión tan obvia como preocupante.

La contribución de los periodistas mexicanos a la transición democrática está siendo pagada con una cruel indiferencia. Zepeda Patterson subraya el inmenso contraste entre los europeos que salieron en masa a la calle para protestar contra el asesinato de los integrantes del semanario Charlie Hebdo y nosotros, los “ciudadanos” mexicanos (comillas mías), que no somos capaces de indignarnos frente a los crímenes que se cometen contra nuestros periodistas.

Si tuviéramos no una democracia digna de ese nombre, que no la tenemos, pero por lo menos un verdadero sueño democrático, construiríamos un muro y en él inscribiríamos los nombres de todos los periodistas que han dado su vida por la verdad, la libertad de expresión y la crítica del poder en nuestro país. Son héroes no reconocidos.