Atrevimientos

Fernando del Paso: palabras que valen

Pero no vine aquí para contar mi vida y mis obras, ni para comentar mis penas. Tampoco a hablar de las guinguingas de nadie, ni siquiera de las de Don Quijote, aturdidas y compungidas como debieron estar, tras tantas tan tremendas tundas que le propinaron durante su azarosa profesión caballeril. Vine y estoy aquí hoy, 23 de abril de 2016, en el que se conmemora el aniversario número 400 de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, discurso en ristre y con los colores de España en el pecho, muy cerca del corazón, para agradecer…”

Así comienza el último párrafo del discurso que pronunció Don Fernando del Paso, el sábado pasado, en la Universidad de Alcalá de Henares, con motivo de la recepción del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes. Y en lo que sigue agradece a mucha gente, desde los reyes de España, por su hospitalidad, hasta la Providencia, la casualidad o la causalidad, que le dieron al castellano como su lengua…

Pero no voy a repetir aquí a todos los depositarios de su gratitud que él menciona, porque, en realidad, todo su texto es un gran agradecimiento, sobre todo, a la vida misma, a su país, a los amigos que le abrieron las puertas de la literatura, a Cervantes y todos los demás creadores de ficción que le dieron un mundo para habitar, a los cirujanos que tras quince operaciones lo han mantenido con vida para fortuna de él, los suyos y Guadalajara, ciudad en la que vive desde hace ya muchos años.

Somos nosotros, los tapatíos, los mexicanos todos, mejor dicho, quienes debemos agradecerle su entrega, su amor por las palabras, su convicción por ser fiel a sí mismo y a su vocación. También su determinación de seguir adelante a pesar de todo. Ha sido un gusto enorme ver, aunque sea por televisión, la recuperación de su habla, luego de los dos infartos cerebrales que padeció hace no tanto tiempo y que le habían afectado seriamente.

Sería una omisión imperdonable dejar también de agradecerle su sentido crítico por México. Desde el principio de su alocución lo dejó claro:

“Las cosas no han cambiado en México sino para empeorar, continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, los abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo. Criticar a mi país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza y aprovecho este foro internacional para denunciar a los cuatro vientos la aprobación en el Estado de México de la bautizada como Ley Atenco, una ley opresora que habilita a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas. Subrayo: es a criterio de la autoridad, no necesariamente presente, que se permite tal medida extrema. Esto pareciera tan solo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir. No denunciarlo, eso sí que me daría aún más vergüenza”.

No son cosa menor estas líneas. No todas las palabras valen igual, aunque signifiquen lo mismo; depende quién las pronuncie y dónde. Del Paso acierta porque México no tiene defensa: no ha salido de su postración y aún no se ve luz al final del túnel. Pero es verdaderamente significativo que estas cosas las diga un hombre a quien las autoridades en la materia le reconocen valía universal por su aportación a la literatura. Y los que deberían tomar en serio sus palabras no son los reyes de España o los españoles, sino los mexicanos. La vergüenza que él sintió de tener que hablar así de México en el extranjero, la deberíamos sentir los mexicanos, que no hemos sabido recuperar la esperanza. Ni modo. Cada quien a ponernos el saco que nos quede.

Heredar es un compromiso que no se puede rehuir. En este caso, los mexicanos tenemos en la obra de Del Paso, por fortuna todavía en construcción, una herencia para aquilatar. Ésa sería la mejor manera de agradecerle a don Fernando su trabajo.

Pero volvamos a su texto que es, insisto, sobre todo, una expresión de gratitud. “La vida ha sido bastante cuata conmigo. Quise escribir y escribí. Nunca escribí para ganar premios, pero ya ven ustedes, aquí estoy. Quise casarme con Socorro y me casé con ella. Quisimos tener hijos y tuvimos hijos. Quisimos tener nietos y tuvimos nietos. Y desde hace unos dos años tenemos una bisnieta: Cora Kate McDougal del Paso. Espero que algún día sus padres le recuerden que su bisabuelo le deseó que ella agradezca haber venido al mundo a compartir la vida con todos nosotros… También desde aquí le mando mil besos a nuestra otra casi bisnieta, Ximena, a quien le digo casi bisnieta porque es la nieta de un casi nuestro hijo, Arturo”.

En el discurso, del Paso aclara lo de las “guinguingas”. Se refiere a la forma en que él, siendo niño, modificó un eufemismo familiar que se refería a los glúteos. Supongo que Don Quijote las tenía esmirriadas aún sin las tundas. Felicidades al maestro del Paso.