Atrevimientos

Federico Solórzano Barreto

La comunidad de ciencias sociales y humanidades, de la Universidad de Guadalajara, debe recordar el 23 de mayo de 2015 como el día en que perdió a uno de sus más distinguidos profesores: Federico Solórzano Barreto. Pero debe recordar, más que su muerte, la luz de su larga y generosa existencia.

Fue un destacado catedrático de paleontología, paleo-antropología y prehistoria, se significó como un pilar de nuestra querida Facultad de Filosofía y Letras y como uno de los más importantes estudiosos de la riqueza paleontológica de Jalisco.

Nuestra deuda de gratitud para con él es enorme: por todos esos, sus años de trabajo en los que forjó su maravilloso legado, y por todo lo que supo entregar a las generaciones de estudiantes que formó.

Si la región que nos circunda tuviera consciencia y palabra, desde Chapala y Zacoalco de Torres hasta cualquier rincón de Jalisco, nos contaría de un hombre peculiar que la visita con frecuencia y cuya pasión es desentrañar de la Tierra sus tesoros: los vestigios de enormes criaturas de otras edades del planeta, las osamentas persistentes de los primeros seres humanos y los restos de sus rudimentarios instrumentos de civilización.

El hombre que la tierra jalisciense ve caminar por ella la explora con curiosidad. Se comporta como un antiguo naturalista. Observa y encuentra lo que atrape su atención, una roca, un minúsculo fósil... Luego acude al laboratorio para clasificar y ordenar; piensa y extrae conclusiones... Busca relacionar sus hallazgos, un fragmento de cráneo o una pieza dental, con la estructura física de aquellos hombres antiguos y con sus formas de vida social.

El más lejano pasado lo fascina. Parece existir una afinidad electiva entre la personalidad de Federico Solórzano y aquella época todavía sin historia y narración. Los relatos de la prehistoria están hechos con la gramática de las partículas óseas. Esto él lo comprende muy bien. Hasta creo que donde se siente más cómodo es en la solitaria exploración de aquel distante pasado. Su discreción, humildad y sobriedad le permiten perfeccionar en silencio su capacidad para interpretar los indicios de aquel mundo perdido.

Una de las fuentes de este conocimiento sobre cómo era Federico Solórzano es mi esposa, callada admiradora suya. Me hace saber de su extrema seriedad, su seductora cortesía, y también de su fineza personal.

El curso de prehistoria que impartía tenía como principal recurso el libro de Juan Comas que no se conseguía en Guadalajara y que en aquellos días había que mandar traer de la Ciudad de México. Pide a sus alumnos que abran el libro. Luego comienza a leer y, al término de la clase, ofrece sus propias conclusiones y termina transmitiéndoles enseñanzas de carácter personal y vital.

Es el tipo de profesor cuya autoridad intelectual impone, pero también despierta respeto y cariño. Obtener de él una alta nota es casi imposible. Al concluir el curso, frente a la inminencia del examen final, los estudiantes le piden un temario que les permita estudiar algún aspecto particular de la materia. Él contestaba: estudien lo que vimos en la clase, el libro.

Pero esa disciplina, en vez de provocar la molestia de los estudiantes, motivaba su respeto. No había más alternativa que estudiar. Después los alumnos iban a su casa para preguntarle, desde la puerta, a través del intercomunicador, el resultado del examen.

El profesor Solórzano tenía una capacidad que no abunda: con la magia de su erudición, transmitía a sus discípulos su amor por la paleontología y la prehistoria. Son proverbiales los viajes de estudio que organizaba y las invitaciones a su casa en la que mostraba a sus estudiantes los tesoros que allí guardaba. Ellos se maravillaban ante la experiencia de estar frente a los vestigios reales del pasado.

Este es el legado fundamental de Federico Solórzano Barreto y también el compromiso que nos deja a quienes tenemos la responsabilidad de contribuir a que la Universidad de Guadalajara siga cumpliendo su encomienda. Tenemos que mirar en el doctor Solórzano un ejemplo digno de inspiración. Tratar de ser generosos con los estudiantes e infundirles el amor por el conocimiento.

Tenemos que vivir más en el ámbito de la vida del espíritu, esa región habitada por seres dedicados a la satisfacción de la curiosidad científica, seres que no se distraen por ningún otro afán que no provenga de la busca de la sabiduría.

Federico Solórzano Barreto demostró que se puede ser erudito y sencillo a la vez. Nos hará falta a los jaliscienses y a los universitarios. Hará más falta a sus familiares y amigos, a quienes les expreso mis más sinceras condolencias. Sin embargo, su ausencia, insisto, se compensa con su ejemplo, con ese regalo que fue su vida, y que estará presente en las aulas y en los museos de Jalisco, si somos capaces de preservarlo siendo un poco como él.

Descanse en paz el ingeniero Federico Solórzano Barreto.


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