Atrevimientos

Dheepan, Francia y la violencia

El viejo dicho acierta: uno valora lo que tiene hasta que lo ve perdido. Así nos pasó hace pocos años con el Cine del Bosque y antes con el Cinematógrafo de Avenida Vallarta, ¿se acuerda? Ahora el excelente video club de la glorieta de Arcos y Niños Héroes ha cerrado sus puertas. Lo siento porque era un paraíso para los cinéfilos que no tendrán más remedio que incursionar en el ciberespacio para ver las películas de su gusto.

Lo bueno es que aún nos queda otro paraíso: el Cine Foro de la Universidad de Guadalajara. Hay que cuidarlo como uno de los últimos reductos del buen cine en Guadalajara. Y la mejor manera de hacerlo, por supuesto, es acudiendo a sus funciones. Por cierto que acaba de comenzar un nuevo ciclo llamado “Preámbulo a la 60 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca”. Créame que vale la pena acudir.

Tanta introducción para contarle que el sábado pasado vi allí una película que me dejó un excelente sabor de boca. Se llama Dheepan y ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2015. Su director es Jacques Audiard, un distinguido cineasta francés que es autor, entre otras, de dos películas que también dejaron huella por nuestra ciudad: Un profeta, y Hueso y Metal, también llamada De óxido y metal. Como estos dos filmes, Dheepan es un canto a las ganas de resistir la adversidad y sobrevivir a lo que venga, esa determinación que muchas veces manifiestan las personas situadas al margen de la vida, los que caen en las cárceles, las víctimas de las guerras, los que padecen las injusticias más extremas.

Bien dicen los sociólogos, o digo yo, por lo menos, que cualquier episodio cotidiano puede expresar toda la realidad. Lo que vemos en cualquier instante, lo que sufrimos y sentimos, y también lo que disfrutamos, depende de muchas cosas que se mueven en varias direcciones pero que en un momento confluyen como si algo lo hubiese dispuesto de esa manera. La gracia del buen cineasta es plasmar todo eso mediante unos cuantos diálogos, algunas imágenes y un curso bien organizado de acciones y reacciones.

Dheepan es un combatiente derrotado en la guerra civil de Sri Lanka, isla situada al sureste de la India, que junto con una mujer y una niña hasta entonces desconocidas para él, escapa a Francia, país que les ofrece asilo político. Ni qué decirlo: los tres están en el borde de la vida civilizada; han perdido a sus familiares y deben huir si quieren evitar la suerte de muchos miles de tamiles que son exterminados por razones políticas y de odio racial. ¿Podría haber mejor alternativa de paz y oportunidades que Francia, una de las naciones más exitosas de la Unión Europea? Utilizan pasaportes de una familia que murió y van a su cita con el destino: el padre, la madre y la hija que no son, pero que quizás terminen siéndolo --no le cuento el final-- por fuerza de las circunstancias o por gana del sentimiento.

Audiard nos pone en los zapatos de la gente que migra y da cuenta de las dificultades de adaptarse a un mundo extraño. Hannah Arendt decía que lo primero que pierde un migrante es la familiaridad del lenguaje y, por eso mismo, la familiaridad de las cosas y del mundo. Entonces, más bien, no se trata tanto de adaptarse a otra realidad, como de construir una nueva para hacerla propia. Esa es la lucha de todos los migrantes.

Deephan, luego de intentar ser vendedor de chácharas en París (pasa sus días corriendo para no ser alcanzado por la policía), consigue un puesto de conserje en un vetusto edificio de apartamentos situado en los suburbios y habitado por seres marginales. Es un clásico conjunto de “proyectos”, como les dicen en Nueva York, controlado por una banda de delincuentes. Pero Deephan se dedica a trabajar como si en ello le fuera la vida, y logra el respeto de los residentes.

Illayaal, la pequeña, es la mejor dotada para abrirse paso por la lengua francesa. Al poco tiempo es retirada de la clase especial de francés y se le incorpora a los cursos a los que asiste la mayoría de los niños. Aunque Illayaal también es la más vulnerable. En la escuela la desprecian otros niños y su insuficiente resistencia emocional la lleva a reaccionar violentamente.

Yalini, la que juega el falso papel de esposa de Dheepan, es el personaje que impulsa el movimiento de la trama. Se contrata como cocinera de un hombre mayor que es el líder de una banda de delincuentes y vive en uno de los edificios. Allí conoce a un agraciado joven llamado Brahim, recientemente salido de la cárcel; su destino, ineluctable, es la barbarie y el crimen. La policía ni por asomo acude a los edificios; estos son el escenario de sus terribles disputas por el territorio.

Yalini se resiste a terminar allí sus días. Francia no es, para ellos, la tranquilidad, sino, otra vez como en Sri Lanka, la sordidez del margen, el vacío dejado por un estado que no hace imperar la ley ni garantiza la seguridad de nadie. La película es buena porque nos hace ver el mundo como seguramente lo ve la inmensa mayoría de la gente que habita el planeta.