Atrevimientos

Comprender el terrorismo

El ataque del 14 de julio en Niza confirmó que el terrorismo es uno de los principales rasgos del presente. “Hemos cambiado de época, Francia va a tener que vivir con el terrorismo”, reconoció el primer ministro francés Manuel Valls. La declaración refleja un obligado sentido de realismo imposible de disimular: el gobierno de ese país tendrá que intensificar las medidas de seguridad que tenía previsto relajar próximamente, luego de que la Eurocopa de Futbol y el Tour de Francia habían transcurrido en relativa calma.

Pero la historia, cuando marcha, lo hace de prisa y no sólo no se detiene a considerar los buenos deseos de los hombres, sino que se presenta en muchos sitios del globo. La ola terrorista se vuelve importante y dolorosa para Occidente, porque recientemente ha descargado su furia en Francia, Bélgica, Dinamarca, Estados Unidos y Turquía, pero manifiesta más saña en Irak, Túnez, Egipto, Yemen y Líbano, por mencionar los lugares más conocidos. En verdad, el mundo se ha vuelto más inseguro; los estados nacionales se muestran incapaces para ejercer su función primordial de monopolizar los medios de violencia y propiciar la tranquilidad de los ciudadanos.

La violencia es, con toda certeza, el acto más irracional y sin sentido que puedan ejercer los hombres. Esto es más claro cuando se trata de violencia terrorista, es decir, aquella que procede de sujetos que matan a víctimas inocentes y desconocidas en su singularidad personal. La violencia procede de un abismo insondable de la psique humana: sorprende cuando menos se la espera y no ofrece razones o motivos claros para su despliegue. Y resulta más inconmensurable cuando quienes destruyen la vida de los demás lo hacen ofrendando la propia.

El terrorismo, como todo acto de violencia, es un acto condenable y los gobiernos deben emplear todas sus capacidades para erradicarlo. Sin embargo, sería un error cancelar todo esfuerzo por comprender sus orígenes y su significado. A pesar de toda la irracionalidad manifiesta en actos tan cobardes e injustificables, y no obstante que parecen no tener otro sentido que ser la consecuencia lógica del odio, las manifestaciones terroristas también pueden y deben ser entendidas. Por lo menos, es necesario intentar conocer los motivos y las intenciones detrás del terrorismo para tratar de evitar que se sigan reproduciendo las condiciones que lo originan y provocan su propagación.

Que el terrorismo no surge de la nada y tampoco flota en el aire, sino que se incuba en circunstancias históricas determinadas, debería ser una consideración fundamental a la hora de diseñar una política para combatirlo. La razón de estado es derrotada cuando confía únicamente en la aplicación o la amenaza de la fuerza para motivar la obediencia y la observancia de la ley por parte de los ciudadanos. Prueba de lo que digo es lo ocurrido a lo largo del elegante Paseo de los Ingleses en Niza: para el estado francés, con todo su despliegue de inteligencia, vigilancia y prevención, resultó imposible evitar una masacre perpetrada por un solo individuo dominado por una pasión superior a las consideraciones de respeto a la ley a la que está obligado todo ciudadano y, más sorprendente aún, poseído por una “moral” que incluso considera que la vida propia puede no ser lo más importante.

La verdadera paz sólo se consigue cuando la inmensa mayoría de las personas que habitan un país son empáticas unas frente a las otras, de manera que consideran que todas tienen el mismo derecho a vivir con tranquilidad y a buscar su propia felicidad sin atentar contra la de las demás. Si para lograr la paz dependemos de espiar, vigilar, infiltrar, amenazar y castigar, estamos perdiendo la batalla.

Por eso, el verdadero camino para revertir la ola de terrorismo que recorre el mundo pasa por tratar de comprender lo que está detrás de los miles de jóvenes reclutados por las organizaciones terroristas. No hay que considerarlos simplemente como unos desadaptados y psicópatas, incapaces de sentir empatía con los demás; esa hipótesis puede ser correcta, pero no agota el análisis ni satisface la necesidad de explicación y comprensión de lo que pasa. Es necesario ir más allá y tomar en cuenta la escena completa: por una parte, la falta de razones para que muchos jóvenes europeos de origen extranjero se sientan parte de su país; la carencia de oportunidades los hace vulnerables frente a las ideologías religiosas extremistas que les ofrecen lo que el capitalismo contemporáneo no les brinda: significado de la vida y la muerte.

Por la otra, está la geopolítica: las secuelas del colonialismo, el odio sembrado por los países imperialistas en las naciones históricamente dominadas. En última instancia, los estados nacionales no pueden erradicar el terrorismo porque éste también debe entenderse como algo que resulta de lo que ocurre en un plano supranacional; por eso, la solución tendrá que pensarse desde allí.