Atrevimientos

Claudio Magris y la utopía que nos falta en México

Su presencia y la empatía de su voz, pero sobre todo sus palabras cálidas y profundas, dieron a la ceremonia inaugural de la FIL un aire fresco, reparador del mundo. No exagero al decir que el tono poético de Claudio Magris me transmitió paz y una suerte de fe en los seres humanos la cual, aunque no vaya muy lejos en el tiempo, me quedará como un bello recuerdo. Uno siempre se llena de confianza cuando encuentra a hombres que tienen el valor de vivir de acuerdo con su vocación, y más si lo hacen de manera auténtica, humilde y tan talentosa.

En el ambiente se respiraba la pesadumbre que han provocado los acontecimientos de Guerrero. Es una sombra que cubre el futuro de los mexicanos. Pero el mensaje de Magris trajo consuelo. Escuchar a alguien así, con vocablos transparentes y que penetran en los problemas humanos, me hace pensar que la labor intelectual vale la pena.

Mario Vargas Llosa, en La civilización del espectáculo, nos advierte contra los escritores que publican best-sellers, es decir, trabajos destinados a ser consumidos y “desaparecer, como los jabones y las gaseosas”. Allí mismo, el novelista peruano lamenta que muchos intelectuales, decepcionados por el desaire que les inflige la frívola sociedad contemporánea, dejan de debatir los asuntos públicos y se refugian en sus especializados mundos académicos.

Ninguno de los dos casos tiene que ver con Magris: ha construido una maravillosa embarcación que lo transporta por el río de su viaje literario y simultáneamente le permite llevar sus ideas a la liza de la discusión pública. Magris intenta hacer gravitar, en el destino colectivo, las conclusiones que resultan de su examen racional, pero también esperanzado, de los acontecimientos de la época. Pretende ayudarnos a superar los desengaños de la historia, sobre todo el desencanto que surge del desplome y la instrumentalización de las utopías.

Así se llama, Utopía y desencanto, uno de sus ensayos emblemáticos. Lo encuentro tan cercano en sus puntos de vista que, utópicamente, yo querría haber sido capaz de escribirlo. Me refiero al primero de los que aparecen en el libro que lleva ese mismo nombre y que se publicó originalmente en 1996, todavía al calor de la caída de los socialismos reales, con la proximidad del nuevo milenio y bajo el peso de las profecías que algunos hicieron de que habíamos llegado al fin de la historia.

Magris mantiene un delicado equilibrio moral que le permite asumir el llamado de mejorar el mundo sin caer en el ilusionismo de quienes buscan soluciones totales y absolutas para los problemas. La caída del comunismo y los socialismos reales no debería significar la derrota de las ideas de la democracia y el progreso y tampoco el derrumbe de la utopía de la redención social y civil. “El fracaso de la pretensión de poner fin de una vez por todas al mal y a la injusticia de la Historia afecta a veces a cualquier otra concepción de la solidaridad y la justicia”.

No debería de ser así, pues si las revoluciones provocan desenlaces paradójicos de eso no se sigue que sus propósitos deban abandonarse. La manera de pensar de Magris me hace recordar la famosa máxima del novelista Francis Scott Fitzgerald: la señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas al mismo tiempo y no dejar de funcionar. Según Magris necesitamos unir la utopía al desencanto; éstas, “antes que contraponerse, tienen que sostenerse y corregirse recíprocamente”. Es mejor dejar correr la pluma de Magris:

“El final de las utopías totalitarias sólo es liberatorio si viene acompañado de la conciencia de que la redención, prometida y echada a perder por esas utopías, tiene que buscarse con mayor paciencia y modestia, sabiendo que no poseemos ninguna receta definitiva, pero también sin escarnecerla”.

La tragedia de los normalistas de Ayotzinapa exige plantearnos la utopía de hacer de México un país verdaderamente justo en todos los sentidos. Es urgente que el gobierno invite a los mexicanos a sumarse a un proyecto de reconciliación nacional al amparo de esa gran aspiración. La utopía debe asumirse de manera desencantada: como quien vive con un sueño del que sabe que nunca logrará concretar del todo, pero del que tampoco abandonará jamás la lucha por alcanzarlo. Sólo así se mantendrá viva la esperanza y se procurará la unidad de la nación.

Quiero terminar citando las palabras con que Magris terminó su alocución luego de recibir el Premio FIL: “Escribir es un intento de construir un Arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar –deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable—cada vida. No sé qué color tenga este grácil y maltrecho barquito de papel que podemos construir con nuestras palabras; sabemos que está destinado a hundirse pero no por eso dejamos de escribir. Y si se hunde, su escritura no será de color negro, que es ausencia de color, sino blanco, o sea la unión de todos los colores”.

 

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