Atrevimientos

La pregunta de Ciro Gómez Leyva para Peña Nieto

El gobierno de Enrique Peña Nieto alcanzó el éxito donde otros fracasaron. Y no me refiero sólo al tema de las reformas estructurales, sino sobre todo a lo que las ha posibilitado: la habilidad para emplear los recursos de autoridad, la utilización de los instrumentos políticos necesarios para impulsar una agenda de gobierno en un contexto de escasa popularidad presidencial y relativo pluralismo político.

Desde la época de Salinas de Gortari, no se veía en México un gobierno con tal claridad de propósitos y con la vocación de poder suficiente como para concentrarse en su consecución. Algo más en favor de Peña Nieto: Salinas tenía menos dificultades para tomar decisiones de gran calado, pues el viejo sistema político estaba casi intacto y en ambas cámaras contaba con la fuerza mayoritaria de su partido.

Otra cosa, muy distinta, es determinar si serán positivas las consecuencias de los cambios legales realizados a través de las 58 modificaciones constitucionales aprobadas. Son tan complejos los temas abarcados por las reformas, y tan profundas sus implicaciones, que dudo que haya alguien, en el mundo político, académico y empresarial, capaz de emitir un juicio conclusivo sobre lo que nos espera en los próximos años.

Vamos hacia la incertidumbre en la misma medida en que abandonamos toda una época en la historia de México. En muy pocos años, Pemex será una más entre las empresas que nos surtirán de gasolina, y muchas otras compañías, aparte de la CFE, participarán en la provisión de energía eléctrica. Lo que se juega es mucho más que el valor simbólico de algunas siglas: alguien saldrá ganando con todo esto, pero ahora es imposible saber quién y de qué manera. Tampoco se puede saber si el país en su conjunto, como augura Peña Nieto, será más próspero, mejor educado, más productivo y con un mejor ejercicio de sus derechos.

Lo que sí se sabe es que la calidad de las deliberaciones sobre las reformas, por parte de los legisladores, no fue la deseable. Tampoco la sociedad se involucró en las discusiones de manera que se manifestara un entusiasmo colectivo. Más bien, ocurrió lo contrario: la inmensa mayoría de la población permaneció ajena a lo que ocurría en las cámaras; eso ayuda a explicar la incapacidad de la izquierda más radical para bloquear la reforma energética o darle otro rumbo.

No. Las reformas no fueron un ejercicio de democracia deliberativa y participativa de gran calidad, como cabría esperar al tratarse de transformaciones que se sitúan más allá de la política normal y que, por consiguiente, modifican las instituciones básicas del orden político y social mexicano. Las reformas ocurrieron porque se conformó un poder político decisorio gracias a la voluntad del Gobierno de la República y las cúpulas de los principales partidos políticos nacionales. El Gobierno y los titulares de los partidos son quienes detentan la soberanía. La observancia de la forma es el envoltorio de un contenido integrado por la capacidad política real: el control de los votos de los diputados y senadores por los líderes de los partidos.

A estas alturas del desorden que impera en el mundo, y del desprestigio de la democracia realmente existente, nada de esto debe sorprendernos. La política es real o no es. Si López Obrador estuviera en Los Pinos no sería un campeón de los valores de la democracia liberal, deliberativa y representativa. Por su parte, los panistas demostraron que la eficacia combinada con la democracia tampoco es lo suyo. Lo que los mexicanos esperan de las reformas y de la acción del gobierno es una cadena de realizaciones públicas que vaya en la dirección de solucionar los grandes problemas nacionales.

Hay que reconocer que el contenido programático del Pacto por México refleja esa esperanza de la mayoría de los ciudadanos. Acaso por eso se convirtió en un dispositivo de inestimable valor político: a pesar de la apatía ciudadana, existe un consenso básico nacional que los elementos del Pacto por México sí consiguen expresar.

Lo que viene ahora es más difícil que lo logrado en veinte meses. El desafío de Peña Nieto es aplicar las reformas de una manera en que imperen la equidad, la transparencia, la legalidad y la promoción del interés público. De ello dependerá su destino… y el de México. Me parece muy clara la forma en que Ciro Gómez Leyva expresó esta idea en el pasado programa Tercer Grado.

“Para mí  -dijo Ciro- el gran tema es si el presidente va a querer ser el primer gran estadista de México en el siglo veintiuno o va a querer ser Carlos Salinas de Gortari en el siglo veintiuno. Después de hacer lo que parecía imposible, ¿lo va dilapidar todo por una obsesión por ganar elecciones?” Habrá que ver si, como dice Ciro, el presidente cumplirá sus promesas, implementará correctamente las reformas y se pondrá por encima de los conflictos políticos. Yo añadiría que no es un asunto sólo del presidente, sino también de todos los mexicanos.

 

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