Atrevimientos

Carta al autor de la "Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos"

Estimado señor:

Desde la primera vez que leí su Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos, me causó admiración. Seguro que a usted no le queda el saco del que le cobró por echarle a perder su calzado. Usted ama su oficio y lo cultiva como dice: con el entusiasmo de un joven que está aprendiéndolo y tratando de perfeccionarlo. Por eso escribe tan bien; sin exceso y sin falta de palabras, con claridad y sencillez. Eso, si no divierte al lector, por lo menos no lo confunde ni le enreda la cabeza.

Además, resulta barato comprar lo que usted escribe. A diferencia de los zapatos, sus escritos no se desgastan ni dejan de servir. Es al revés; con el tiempo se les saca más provecho: uno descubre que contienen cosas que antes no había visto.

Hoy su carta es más importante y más necesaria que cuando la hizo. Si usted estuviera aquí no le alcanzaría el tiempo para redactar las misivas que hay que enviar a todos los que no respetan sus oficios y ganan un dinero inmerecido. En nuestros días, además de zapateros que dejan de observar las sagradas leyes del trabajo, hay albañiles, maestros de escuela, arquitectos, sacerdotes, médicos, intelectuales, empresarios, policías, empleados, abogados, carpinteros, regidores, políticos...

Los perjuicios de la mala artesanía se notan pronto. No se necesita ser un experto para saber si algo tiene defectos: es suficiente prestar atención al sufrimiento que provoca todo lo que se hace mal. Usted examinó sus zapatos e inmediatamente sintió las fallas de la reparación. Estaban torcidos, duros como el hierro y con cortes descuidados; en suma, tan inhóspitos para la blandura y delicadeza de los pies que ni siquiera pudo calzarlos.

En mi ciudad casi todos andamos con tanta incomodidad, que parece que traemos zapatos malhechos. Usted ha de suponer que son demasiados los carpinteros que no entregan a tiempo su trabajo y que también abundan los albañiles que hacen el enjarre disparejo. Tiene razón, pero el problema no termina allí. Nuestro malestar es más profundo. Ahora muchas cosas funcionan al revés y muchos profesionales ocasionan un efecto contrario de lo que supuestamente es su propósito. Permítame explicarle.

En lugar de atrapar ladrones y propiciar la tranquilidad pública, los policías extorsionan y, a veces, hasta matan a los ciudadanos. Así le ocurrió hace unos días a un joven inocente que fue detenido para una revisión dizque de rutina; según la versión oficial, al policía se le disparó el arma de manera accidental, cosa que nunca debió suceder porque no existía razón para que el uniformado desenfundara su pistola.

De los sacerdotes se espera consuelo, humildad y amor, pero muchos confunden su deber con regañar feligreses y esclavizar sus almas con ideas que los llenan de temor y los vuelven más fanáticos. Ha de ser que así los señores obispos, arzobispos y cardenales se sienten más importantes, más cerca de Dios.

El oficio de profesor consiste en formar seres humanos inteligentes, creativos y dotados de un juicio independiente. Pero muchos maestros se molestan si algún estudiante los critica o disiente de lo que le dicen. Lejos de enseñarlos a razonar y a distinguir el conocimiento de la información, los confunden con frases tan ampulosas como vacías de contenido. No nos debería extrañar, entonces, que al final de sus cursos muchos alumnos salgan igual o más bárbaros de lo que estaban cuando entraron a las aulas: sin haber aprendido a pensar, sin saber leer y escribir de forma correcta.

De las distorsiones profesionales, ninguna causa más desilusión que la provocada por políticos y funcionarios. En la teoría, los diputados y los presidentes sirven a los electores: representan su voluntad y favorecen su felicidad pública. En la práctica, casi todos actúan bajo una ley celosamente venerada: quitarle a los ciudadanos la mayor cantidad de poder y convertirlos en objetos pasivos de sus decisiones. Mientras más inermes, mejor.

Pero no quiero, estimado señor, hacerle perder toda esperanza en la humanidad. Aún quedan en este mundo buenos artesanos. El otro día un magnífico dentista hizo lo que mejor pudo con una muela que me tenía con la cara inflamada. Desde el principio fue diferente a su zapatero y no me prometió una muela flamante: no se haga muchas ilusiones, advirtió, una de las raíces parece fracturada.

Luego, con mucho cuidado, abrió la encía y retiró la podredumbre. Al final, cuando la realidad se impuso, me habló con suavidad: lamentablemente es imposible, hay que retirar la pieza y mejor será de una vez para aprovechar la anestesia. Lo hizo tan bien que, a pesar de que perdí mi muela, quedé contento: más vale un diente de menos que un absceso de más.

Antes de despedirme le quiero pedir, estimado señor, sea tan amable de enviar una carta a tan excelente cirujano. Ese mensaje que hubiera querido enviarle a su zapatero: una hermosa carta de gratitud, que lo presente como hombre cumplido y modelo de artesanos.

Con mi afecto.